POR ARTURO J. FLORES

FOT:: Neon Desert Music Festival

¿Qué más podría pensar mientras me sumerjo en lo que los Babasónicos describieron perfectamente en una canción? “Y búscame al final de la noche por un río de escotes”. No entiendo por qué, pero varias chicas traen sólo puesto el sostén. O se olvidaron de llevar una camiseta o no se atrevieron a completar su top less.

Sea cual sea la respuesta, hay cosas en la vida que vale más agradecer que entender.

Son 40,000 personas –me informan los organizadores– las que este fin de semana feriado se reúnen en los tres escenarios montados en el centro de El Paso. Casi todas jóvenes, muy jóvenes. De pieles aún tersas, músculos firmes, cabelleras abundantes, tatuajes recién puestos, de senos turgentes –ellas– y vientres cuadriculados –ellos–.

Ya lo decía Sócrates en sus tiempos remotos: “los jóvenes son unos tiranos”.

Yo también lo fui cuando no cumplía los 20. Mi música. Mis gustos. Mi ropa. Mi tiempo. Sólo eso contaba e intentaba imponerlo a toda costa.

Así de cacique luce esta turba de ninfas y mancebos que se apretujan en el escenario Río Bravo del Neon Desert Music Festival 2017, organizado en la ciudad texana. No tienen problema es restregarse sudorosos los unos contra los otros, borrar las fronteras de la piel sean gringos, mexicanos, cholos o pochos. Ya de los límites entre naciones que se ocupen los adultos. Si de los jóvenes dependiera, se fundirían juntos en una sola y sofocante bola de carne.

Y ni cómo culparlos.

Desde lejos observo salir al escenario a J. Balvin, el headliner del primer día de Festival. Uno que se celebra el fin de semana que Estados Unidos recuerda a sus héroes de guerra. ¿Pero a quién se le antoja librar una batalla cuando mejor podríamos celebrar una orgía? De eso se trata el reggaetón. Del sexo musicalizado. La danza del apareamiento de una generación a la que los prejuicios le vienen guangos. Del sexting y el twerking.

“Yo te lo dije no me iba a enamorar/ te lo advertí a ti my girl/ que al otro día nos íbamos a olvidar/ que no nos íbamos a llamar”.

Para la mayoría de los presentes los versos que Balvin expele con su característico acento colombiano no es otra cosa que una crónica de cualquier fin de semana. Porque a los 20, en los días en que la mariguana es legal en buena parte del mundo y Tinder provee un catálogo de potenciales compañeros de one night stand a un solo un clic de distancia, qué hueva colocarse uno sólo el grillete del compromiso. Ya habrá tiempo de contratar una tarjeta de crédito, beber leche deslactosada y pensar en formar una familia disfuncional. What ever that means.

“Y fue un placer/ tenerte hasta el amanecer/ Por si acaso, baby, no te vuelvo a ver”.

El reggaetón llegó tarde a mí. Lo mismo que Tinder, la legalización de la marihuana, Snapchat y la posibilidad de que una ciudad como El Paso se cierre para organizar un festival en el que se puede beber cerveza junto a un policía. Es más, en el que los policías como los que en estos momentos vigilan la entrada del VIP, también bailan disimuladamente al ritmo de las percusiones secas que el DJ de Balvin suelta desde la tornamesa. Porque serán guardianes del orden, pero también son jóvenes con el virus del desorden circulando en sus venas.

Muchos de mis contemporáneos detestan el reggaetón. Sólo pronunciar la palabra los obliga a torcer la boca. Son como la señora que se volvió viral porque grabó un video en el que le pedía a Maluma que no cantara canciones rebosantes de sexualidad porque a su hija le gustaba escuchar sus discos.

Me recuerda tanto a quienes reprobaban el movimiento de pelvis de Elvis, las letras diabólicas de Black Sabbath y –en los 90– la impudicia que implicaba moverse al ritmo de la difunta lambada.

Yo no.

Si no perreo es porque estoy apunto de cumplir 40. Porque deseos no me faltan de contagiarme de la lubricidad que escurre a chorros de estas almas universitarias despreocupadas a quienes media hora de sueño les basta para verse frescas y que beben sin control. Pero creo que ya no me veo bien. Es decir; no tengo problema de danzar un lastimero slam junto a otros dinosaurios, pero me rehúso a ser un Humbert Humbert queriendo pasar desapercibido en medio de un jardín de Lolitas esplendorosas.

La culpa no es del reggaetón, insisto. Ese ritmo sólo es la expresión de una generación que tiene derecho, como la mía ejerció el suyo, de sacudir los huesos al ritmo que mejor le parezca.

El reggaetón no tiene la culpa de que el rock como disrupción esté muerto. De que su nostalgia venda millones. Y aquí un paréntesis: ¿por qué no habríamos de invertir unos pesos en mirar a un banda que es mi espejo, a la que no pude ver cuando yo también era joven porque la sencilla razón de que entonces los festivales y los conciertos en México eran tan inexistentes como los unicornios o los querubines?

Ni siquiera sé para donde golpear en esta explosión de alegría. Hay tantos ombligos, cinturas, cuellos, piernas, rodillas, escotes, nalgas, labios y culos a mi alrededor que intentar no mirar sería como jugar avión en un terreno sembrado de minas antipersonales.

Balvin acaba de pedir a los hombres que carguemos a las mujeres que nos acompañen porque “ellas tienen el mando”. Y me pregunto si de verdad sus letras son tan sexistas como se dice, ¿por qué aquí hay más chicas que chicos? ¿Por qué son ellas las que más gritan, berrean, celebran y sobre todo, perrean?

El reggaetón llegó tan tarde a mi vida que prefiero teorizar sobre él que ponerme a bailar. Igual que quienes escriben un ensayo sobre la heroína sin haberse picado nunca una vena.

Pero ya no estoy en edad. Si tuviera 20 seguro estaría en primera fila. Siendo tirano. Derrochando a manos llenas mi juventud. Tampoco es que me queje o quiera volver el tiempo atrás. Me gustó mi adolescencia y me fascina mi edad adulta. Sólo quise explicar por qué no perreo.

Este voyerismo también posee su encanto. Mirarlas contonearse resulta inspirador. Tanto como para abjurar de Pink Floyd.

Llegará el momento en que tanto a ellas como al reggaetón y a Balvin también les suceda.

Lo dijo Bernard Shaw, la juventud es una enfermedad que se cura con los años. Pero lo perreado nadie te lo quita.