Junto a otros laguneros nacidos en los noventas, acá encontramos a uno de los que ha levantado la mano para continuar con la producción literaria torreonense.
Hace tiempo que cierta zona del cine hecho en América Latina —y del cine mexicano en particular— parece haber aprendido que, en los festivales europeos, la crueldad también funciona como credencial de autor ante una mirada blanca que espera del Sur una prueba de miseria o dolor.
Un festival que se ha gentrificado: el público y las bandas locales se han visto reducidos a la mínima expresión, como un pequeño grupo irreductible que defiende una ciudadela asediada, al más puro estilo de Astérix y Obélix.
El domingo 24, cuando regresé de Cannes a Lima en Perú, el taxista bajó a la Costa Verde hacia mi casa. En algún momento el tráfico se ralentizó. Abrí los ojos y vi que íbamos por el Arena 1 en San Miguel. Entre el gentío una camiseta de Me Verás Volver. Le pregunté qué concierto había. —Soda —me respondió. Levanté la ceja; más de uno en esa fila podría haber sido mi hijo. Me dominaba el cansancio.
Metrópolis siempre jerárquicas, difíciles, poco tersas, que han perdido amabilidad en las calles, la vía y el transporte público. Dónde conceptos como valores y tradición, se desvirtúan ante el avasallamiento de poderes fácticos y son motivo de sorna individual o colectiva, sobre todo en un contexto de extrema sobrevivencia – pues en las zonas metropolitanas hasta al más pudiente le es difícil gozar de sus privilegios en un contexto de estrés diario in crescendo-.