TXT: Toño Quintanar

1972, durante el rodaje de The Exorcist…

El veterano actor Max Von Sydow repasa mentalmente sus líneas mientras aguarda para ser llamado a escena. Esa casa que la producción eligió para rodar la cinta se parece, en primera instancia, a cualquier otro ecosistema citadino forjado para albergar historias familiares; un santuario de la comodidad occidental. Probablemente, es por eso que los macabros sucesos que demanda el guión resultan tan innegablemente transgresores.

A pesar de la imagen de naturalidad que persiste en la morada, sólo hace falta mirar más allá de su fachada superflua para encontrarse con un aura inquietante; una suerte de presencia invisible que macilla todo con su tacto blanquecino y helado. Quizás lo que dicen las organizaciones cristianas es cierto. Quizás el rodaje realmente está embrujado y esas muertes que han acontecido a lo largo de la filmación son indicios de alguna fuerza que se ha apoderado de la cinta; volviéndola suya, como una especie de estandarte involuntario.

Uno de los encargados de logística le hace una seña a Von Sydow para que éste se dirija a la llamada “habitación frigorífico” (el reducido escenario donde habrá de desatarse esa cruenta batalla entre el bien y el mal que es el momento cumbre de la cinta) y el actor se ve forzado a subir por la esclareas enfundado en ese traje de párroco que se le antoja tan incómodo. Interpretar al Padre Lankester Merrin es algo verdaderamente agotador.

Ya en el pasillo de la planta alta, el histrión se cruza con su colega, Jason Miller; actor quien da vida al taciturno y atormentado Padre Karras. Jason saluda con un breve y sobrio asentimiento de cabeza. Se le ve sumamente nervioso y demacrado. No cabe duda de que le ha tocado experimentar momentos innegablemente desagradables a lo largo de la filmación. Primero, fue ese rocío de “vómito” el cual, supuestamente, debía de impactar en su pecho pero que terminó dándole de lleno en plena cara. La escena quedó magistral, no hay forma de dudarlo. La reacción orgánica de Miller se encontraba plagada de esa naturalidad que es tan necesaria en una cinta de carácter terrorífico. Sin embargo, esto no ayudó a que la molestia del actor ante semejante error de producción fuera más que evidente.

La gota que colmó el vaso fue cuando el director William Friedkin en persona detonó un arma de fuego cerca del oído de Jason con el fin de obtener por parte de éste una reacción de miedo absolutamente real. El actor se puso furioso y no dudo en decirle un par de verdades al cineasta.

Es algo ridículo. Jason Miller no tiene mucha experiencia, pero no cabe duda de que es un gran actor. No hace falta recurrir a esos métodos para obtener de él una interpretación memorable. Es como si Friedkin quisiera diseminar entre el elenco una constante atmósfera de intranquilidad. Ésa no es una táctica nueva en la historia del Sétimo Arte. Existe toda una tradición de directores reconocidos por infundir entre su elenco los mismos rasgos psíquicos que ostentan sus personajes. Sin embargo, al escrutar el sombrío y desolado semblante de Miller, Max Von Sydow no puede evitar preguntarse si, en esta ocasión, dicha pretensión no estará alcanzando terrenos verdaderamente insanos.

El interior de la habitación es como una escena congelada, un receptáculo capaz de perturbar indeciblemente a causa de su macilenta quietud. Esa criatura que está en la cama es algo indecible, una auténtica aberración capaz de volverse la regente de las pesadillas de toda una generación. Von Sydow no puede evitar pensar que los diseñadores y maquillistas han ido demasiado lejos con su trabajo de caracterización. Linda Blair luce como algo insoportablemente perturbador, una potencia icónica verdaderamente incómoda de ver.

El rodaje de la escena comienza y el actor no logra disimular ese escalofrío que viaja a lo largo de su espina dorsal mientras la pequeña Blair despliega una espeluznante actuación digna del círculo más profundo del infierno. Cuando llega el turno de Max, el hombre siente como si su lengua se hubiera petrificado en la cueva de su boca; sólo puede mantener la vista fija en ese par de ojos hipnóticos que se encuentran rodeados por un mapa de cicatrices. Todo el crew se queda pasmado en un hondo silencio hasta que la voz enfurecida de Friedkin grita la señal de corte. Nuevamente, Von Sydow se sintió tan aterrado que olvidó sus líneas.[m]

 

 

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