Juan Carlos Hidalgo presenta Una ópera egipcia, su más reciente libro; un poemario que rinde tributo al combo español Los Planetas. La obra se da a conocer este viernes 12 de febrero a las 13:00 hrs., vía Facebook, desde la cuenta del Congreso del Estado de Hidalgo, con el autor acompañado de invitados especiales. Como preparativo para la cita, presentamos el prólogo escrito por Enrique Blanc para dicho trabajo.

En la aventura literaria que Juan Carlos Hidalgo suele emprender, muy a la par de su faceta como periodista musical, el rock es muchas veces un punto de partida. Los poemas recogidos en este libro no son la excepción y tienen como origen la admiración y el gusto que su autor prodiga hacia la luminosa obra de Los Planetas.

Una ópera egipcia —me refiero al libro del mexicano más que al álbum del grupo español— establece un juego de espejos entre los versos suyos y las canciones producto de la imaginación musical de Jota y secuaces. Aunque, hay que dejarlo en claro, Una ópera egipcia, el disco, es a su vez un juego de espejos que recoge letras y melodías de la tradición popular andaluza —junto a algunas composiciones propias— para generar un renovador fruto; coincidencia que de entrada valida el atrevimiento de Hidalgo. Una artimaña lúdica que se reproduce de nuevo como si fuese un ciclo lunar.

 

Situemos el álbum, una de las obras más acabadas y genuinas del grupo de rock granadino por excelencia. En éste se combinan aires innegables de flamenco y rabia de canción pop del sureste español. Cante y electricidad. Duende y percusión urbana. No sólo están aquí ellos: Jota, Florent, Eric, Banin y Miguel, sino también otros cómplices de calle, noche y jerez. El inmortal Enrique Morente. Esa madrileña de voz estremecedora, Ana Fernández-Villaverde, más conocida como La Bien Querida. Además de Antonio Arias de Lagartija Nick, innegable evangelista y compañero de años atrás. Una pandilla que destila aires a Granada, esa ciudad blanca, árabe y misteriosa que posee una atmósfera única, en gran medida condensada en sus canciones.

Vayamos ahora a los textos, a ese arrebato que tiene el poeta con la palabra y su musicalidad. Bien puede ser un verso de esas canciones infecciosas o el recuerdo de un paseo remoto o el dibujo sonoro de una guitarra sureña, lo que sugiere un verso, un párrafo, un poema. En su relectura, Hidalgo captura el espíritu de una ciudad marcada por una serie de melodías que la hacen dos veces irrepetible. Granada estalla en su noche estrellada e inquieta, en su día radiante y bullicioso, en su tarde parda y apacible. Y uno quiere entonces dejar de ser turista para tornarse ciudadano. Y así infiltrarse en ese bar del mirador del Albaicín a perder el tiempo y la vida en una ronda de finos, de vermuts, de tintos. Y dejarse atrapar por ese manto que cae del alto cielo, resbalando desde la colina empinada que resguarda la Alhambra, llevando consigo la lucidez burbujeante de que esa tierra ajena va haciéndose propia.

 

Pero allí no queda todo. Haciendo eco del epígrafe de Verdi que abre esta plaquette, Juan Carlos se arroja al abismo de la creación en un cuarteto de versos inspirados en los personajes que rondaron los días de alumbramiento del álbum, extendiendo así sus pasos por ese periplo andaluz que tiene a Granada como centro de gravedad.

Granada hermosa, musical a más no poder, seductora e ineludible. Granada adictiva como las buenas canciones que la evocan. Granada hipnótica como los versos que exaltan su furia telúrica, su magia y su esplendor.

Enrique Blanc