David Hume, filósofo escoces del siglo XVIII, escribió “cuando das un paso más allá del sistema del mundo, lo único que haces es excitar un humor inquisitivo que no es posible satisfacer jamás”.

Hoy ese humor inquisitivo anda disparado en las sociedades occidentales con el afán de crear un mundo donde nadie se vea ofendido ni por opiniones ni por el léxico, ni siquiera por el nombre de una calle o la sombra de una estatua

Hume fue uno de los pensadores que sacaron al ser humano de las tinieblas del idealismo religioso para llevarlo a la época de la ilustración, de la razón. Su obra introdujo el concepto de ‘escepticismo’ en la filosofía y las universidades. Gracias al ‘escepticismo’ el ser humano aprendió, académicamente, a dudar de todo, del mismo concepto de verdad, a ser libre ante cualquier credo u opinión.

Hume rebatió a las racionalistas anteriores, dándole a la pasión su lugar como motor de las acciones de los humanos. Fue también clave para la psicología por su humanismo. Su Tratado de la naturaleza humana, ofreció una perspectiva contemporánea del porqué de nuestras acciones huyendo de modelos perfectos del comportamiento.

Kant dijo que Hume le ayudó a despertar del “sueño dogmático”. Si Immanuel levantase la cabeza vería como nos estamos durmiendo de nuevo, varios siglos después, bajo el oscuro manto del dogmatismo,

La Universidad de Edimburgo, la más importante de Escocia, decidió hace un par semanas eliminar de unas de sus dependencias el nombre de David Hume, de la Torre David Hume. El motivo es la aparición de escritos de Hume con frases como: “Tiendo a sospechar que los negros son naturalmente inferiores a los blancos. Casi nunca hubo una nación civilizada de esa complexión, ni siquiera un individuo eminente”.

Estas declaraciones, de hace casi cuatro siglos, son sin duda intolerables para el ecosistema moral publicitario de hoy, como igualmente lo es Hey Joe de Hendrix : “Hey Joe, ¿a dónde vas con esa pistola? Voy a disparar a mi mujer, porque la vi con otro hombre. Hey Joe, escuché que disparaste y mataste a tu mujer. Sí, le disparé. Hey Joe, ¿a dónde vas a huir? Voy al sur, a México” Deberíamos todos avergonzarnos de haber tarareado alguna vez el compadreo del salvaje zurdo con el asesino de género.

Para qué quedarnos con la rítmica salvaje de Hey Joe, o con todo el edificio filosófico de Hume, ambos canales hacía la libertad, con sus imperfecciones humanas, cuando podemos indignarnos y sentir el pecho lleno de superioridad moral. Claro que cuidado, cuando no haya un Hey Joe ni una doctrina escéptica, más vale cada uno de nuestros actos esté perfectamente alineados con lo correcto, sino las llamas de la hoguera inquisitiva nos alcanzarán y entonces tendremos que cantar otra de Hendrix que dice ¡Fire!

La revisión del pasado, esa venganza infinita, tiene en España unos de sus puntos calientes. En Madrid esta semana el gobierno de la ciudad, del PP, partido de centro derecha, decidió quitar las placas de calles dedicadas a dos políticos destacados de la Segunda República española, Indalecio Prieto y Largo Caballero. Para los partidos madrileños del centro a la extrema derecha, ambos líderes, muertos hace décadas, contaban con pasajes turbios durante la Guerra Civil, ¿los hay de otra manera?

El simplismo de las emociones como doctrina política, al que Hume enmarcaría dentro de las pasiones que impulsan la razón, no conocía un grado de polarización como el de hoy.

100 millones de espectadores vieron ayer en directo a dos ancianos que optan a presidir la primera potencia, insultarse como principal argumento político. Hay un ánimo doliente, fruto de la indignación, generalizado.

El absolutismo de las pasiones, carente de reflexión, es en sí de una fragilidad inmensa. Ese es su mayor riesgo. Se acaba convirtiendo una propaganda de la propaganda, como denuncia el documental del 2016 The Sprawl, cuya banda sonora de Kuedo salió al fin al mercado, otra obra de arte del más importante compositor de electrónica de los últimos diez años.

La intolerancia lleva a un enfrentamiento inevitable entre las partes.  Creerse poseedor de la verdad, la que Hume negaba como hecho inevitable, nos coloca en una indisposición para el dialogo. Ir cargado de certidumbre, es una máxima del vendedor, de la competitividad del mercado, que una bola de confusión y redes-realidad ha pasado al pensamiento social y al político.

Y lo peor de todo es que no hay manera de aplicar aquello que dijo el hoy fallecido Quino, a través de su personaje Mafalda: “paren el mundo que me quiero bajar”

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