“Sería súper cabrón y justo poder viajar en el tiempo, por lo menos una vez al año. Que sólo por una vez, cada año, puedas ir a un día entero, pasado, de tu vida”. Perdóname, Bad Bunny, por intervenir tu tuit con acentos y comas.

TXT: Arturo J. Flores.

Soy un viejo gruñón al que desde chico le educaron en la rigidez de la gramática y la ortodoxia de la ortografía. Un editor que lo ha sido durante tanto tiempo que, por más que intente, no se puede desprender del vicio de corregir ni cuando duerme. Un buzo que se mete en la cama con todo y escafandra.

Sólo por eso lo hago. Pero has de saber que igual me comporto con los mensajes de WhatsApp de mis amigos, las tareas de mis alumnos universitarios (blando el plumón rojo como Jack el Destripador lo hacía con su cuchillo rebosante de sangre) y hasta los letreros callejeros que encuentro mal redactados. Confieso disfrutar del enfermo placer de capturarlos en una foto, corregir sus erratas y colocar las tildes ausentes, para luego compartirlas en mis stories.

Hace poco me invitaron a moderar una mesa de conversación en un encuentro estudiantil sobre publicidad. Más allá de que el anfitrión no obró como tal ni me dejó a mí ser moderador de nada, me sorprendió que uno de los ponentes, un influencer de gran arrastre entre los chicos, exhibiera con gran orgullo en su presentación el tan controvertido lenguaje incluyente, pero también una falta garrafal de ortografía. Nadie en el auditorio se lo hizo notar.

No sé, yo también intento ser incluyente y escribir mejor “ser humano” y “persona” en vez de forzar a que una “x” haga el papel de una impronunciable vocal. Pero también estoy consciente de que a través del lenguaje nos transformamos como sociedad. Si los escritores de la onda no hubieran españolizado el verbo “freak out”, hoy no diríamos “friquear”.

Para eso servimos los que estudiamos Comunicación. Para corregir todo el maldito día. Somos ese arrogante destripaterrones que te acompaña a ver Joker y a la salida, te vomita encima su “reseña”: no hay quien lo pare cuando se pone a analizar el montaje, la fotografía y la psicología de los personajes.

Lo sabrás tú, que también estudiaste Comunicación Visual en la Universidad de Puerto Rico, pero a tiempo lo botaste para mejor hacer música. Habrá quien piense que cometiste un error. Yo pienso que fue la corrección de rumbo más efectiva que pudiste aplicar a la historia de tu vida. Las joyas que llevas incrustadas son el mejor testimonio.

¿Para qué escribir otro “Oh, cuervo, oh, venerable ave anacrónica, ¿cuál es tu nombre en la región plutónica de la noche?”, cuando basta un “tiene un culito ahí que lo acabó de testear, eh, pero en bajita, ella no es de frontera”, para dominar al mundo?

No conecto tanto con tu música, Bad Bunny, pero tampoco la denosto. Simplemente no es para mí. Si tuviera 20 años seguramente también barrería a tu ritmo el suelo del infierno, pero tampoco te voy a negar que una que otra vez he movido el pie, azuzado por un mezcal, en medio de una fiesta cuando suena alguna de tus canciones.

Te sigo en Twitter. A ti y a otros músicos que quizá no lleve en mis playlist, pero que me ayudan a estar enterado de lo que suena. Periodista –y chismoso– musical (y profesional) tenía que ser. Por eso me enteré que recientemente actuaste en la gala de premiación de los Pornhub Awards y cómo no, si muchas de tus canciones describen –o seguro han servido como soundtrack– para los escarceos sexuales de los millenials.

Bueno, que todo esto tenía por objeto agradecerte ese tuit que pusiste el 1 de octubre.

Estoy de acuerdo contigo, Bad Bunny. Deberíamos poder viajar al pasado por un día.

Me sentía un poco culpable porque mañana iré a Guadalajara a ver a Guns n’ Roses. Porque la policía de la vanguardia me dice que sólo debería escuchar música nueva, me acusa de desperdiciar tres horas de mi existencia disfrutando de las mismas canciones que Axl, Duff y Slash han interpretado desde que inició, hace ya más de tres años, el Not in This Lifetime Tour. ¿Pero qué le voy a hacer si sigue siendo mi banda favorita? Una a la que han acusado de lo mismo que al reggaetón, por las letras de sus canciones, hay que decirlo.

Un día, los más de 22 mil que atestarán esta noche la Arena Ciudad de México, también viajarán en el tiempo cuando ofrezcas un concierto a tus 40.

Gracias por tu buen consejo, Conejo Malo. Este viernes será el día en que yo viajaré al pasado.