Facebook ha perdido, según su propietario, 7,000 millones de dólares por el boicot de algunas marcas contra la incapacidad de la red social para frenar los comentarios violentos, especialmente a raíz de la explosión mediática de Black Lives Matter. Una primera lectura del asunto es a nivel local y político. Las próximas elecciones presidenciales en el mes de noviembre marcan la agenda social de EEUU. La línea de comunicación presidencial es un caldo de cultivo perfecto para resaltar su discurso populista, muchas veces agresivo y frontal, contra una parte del electorado y de la población.

Además de la  disputa por el poder hay un movimiento formal de la sociedad virtual y las herramientas para organizarse y regular sus interacciones. Que empresas multinacionales reprobadas en el examen de integridad, tanto en los procesos manufactureros,  como en la salubridad de lo que producen, retiren su publicidad de la red social da a entender la fortaleza de la moralidad que siempre se muestra de doble rasero. El mundo de las marcas se sube a una propuesta activista cuyos propulsores fueron Free Press y Common Sense Media, apoyados por el principal lobby de defensa de los afroamericanos, NAACP, y el principal lobby judío, la Liga Antidifamación ;  denominada Stop Hate for Profit. Con esta adhesión al calendario político, solo por el miedo a sentirse señaladas de no sumarse a la causa, se distancian ideológicamente de millones de sus consumidores. Pero el poder del que acusa desde la supuesta superioridad moral es intimidante.

La naturaleza de las redes sociales es obscena, de eso se trata, de que cada participante se muestre, a nadie debe sorprender mensajes violentos, racistas y sectarios. De todo hay suelto por este mundo y el mundo es de Facebook. Ahora bien, quién decide qué es lo correcto y qué lo incorrecto.

“Las compañías privadas probablemente no deberían hacerlo, especialmente estas plataformas, no deberían estar en la posición de hacerlo”, son palabras del propietario de Facebook a FOX el pasado mayo criticando que Twitter etiquetase los mensaje de Trump, como si del mismísimo Tupac se tratase.

Zuckerberg no podía imaginar, incompresiblemente,  que Facebook fuese a crecer en la dirección del control moral. Pero era inevitable por la naturaleza intrusiva y exhibicionista del invento. Por supuesto esta censura a la que se suman las corporaciones empresariales proviene de EEUU. El sociólogo Greg Lukianoff lo advirtió cuando en 2013 en universidades norte americanas se colocaban  trigger warnings en los materiales de estudio. Obras como el Gran Gastby o Metamorfosis de Ovidio, eran señaladas. Ese puritanismo ruidoso que boicoteaba conferencias de ideólogos conservadores, golpeando paredes para no permitir el desarrollo normal de la plática, se ha ido trasladando lentamente, principalmente a través de las redes sociales hoy boicoteadas, a la sociedad. Lukianoff junto al  profesor de Yale Jonathan Haidt, escribió un artículo que se transformó  en libro, en 2018, bajo el título, The Coddling of the American Mind. En él alertan del puritanismo y el fanatismo de la  Generación Woke.  “Stay angry, stay woke”, mantente enfadado, mantente atento, se podía leer en pancartas de las manifestaciones contra el racismo en EEUU.

Más importante que estas marchas, es  la caza de brujas en empresas, organizaciones civiles y medios de comunicación. La jauría moralista logró que dimitiesen el presidente y el consejo de la Poetry Foundation de Chicago, que apoyaron el movimiento Black Lives Matter pero no con suficiente entusiasmo para algunos miembros en la fundación. El New York Times vivió una catarsis promovida por jóvenes del periódico al darle el rotativo espacio a un pensador conservador en una columna. James Bennet, jefe de opinión del NYT, dimitió. La columnista Bari Weiss relató que dentro del periódico había “una guerra civil entre los -sobre todo jóvenes- wokes y los -sobre todo mayores de 40- progresistas y es la misma que se libra en publicaciones y compañías por todo el país”. El editor del Philadelphia Inquirer fue despedido por  titular “Los edificios también importan” a un texto. En este atmósfera intimidatoria las empresas se suman atemorizadas, con lo que eso supone para un mundo en el que las marcas están presentes en todos los ámbitos de la sociedad y la cultura.

Se especula este sea el fin de Facebook, algo que no logró el escándalo Cambridge Analytica. Pero el puritanismo solo demanda de una conversión espiritual, por la tanto, hacerse censor en pos de una comunicación que no trasgreda el aire de centro comercial que deben tener las redes, será suficiente. Asistimos a la hermandad del ecosistema de la experiencia publicitaria con la fanática corrección política de unos jóvenes que escuchan música de voces aflautadas, siempre a punto de la fractura emocional, al estilo de la conmovedora  Ichiko Aoba, pero pocas  tan excelsas como la de la cantante japonesa.

A la libertad de expresión no le queda otra que ponerse del  lado de la procacidad de los prejuicios,  ya que  la censura ha sido tomada por la “corrección”. Parece aplicable lo que escribió Lenin en 1920, “el reforzamiento a las tendencias del idealismo filosófico, al misticismo, como disfraz de un estado de espíritu contrarrevolucionario”.

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