Carta Editorial

 

Documentar el paso del tiempo es uno de esos actos profundamente inútiles en los que el hombre busca darle significado a su existencia. Hemos creado, a través de incontables civilizaciones, sistemas complejos que narran un ciclo perverso, y que no hacen nada más que trazar una imperceptible marca en jornadas idénticas, que empiezan y terminan, que se espejean la una con la otra y que, al final, no significan mucho.

Los existencialistas sabían bien esto y hacerlo los abrumó –a ellos y a cualquiera que tenga un pulso y el buen sentido común de leerlos–.La idea a mitigar, enunciada desde entonces y sospechada por cada uno de los hombres que ha rondado la tierra, es la de nuestra fatalidad, nuestra insignificancia, la de todos nuestros actos, y por ende, la total irrelevancia de su documentación. ¿De qué servirán los archivos cuando todo el universo esté en llamas? ¿No es, acaso, la  historia (irónicamente) susceptible a su propia temporalidad? ¿Al carcomer del papel o en el peor de los casos, a la desgracia de carecer de lector? ¿De quedarse, prístina y nostálgica, sin nadie alrededor para leer el cuento de la alguna vez llamada civilización humana?

Documentar pues no sólo es inútil, sino triste. Pero es también irremediable, el hombre debe aferrarse a boyas en el océano del sinsentido, incluso cuando éstas sean mentiras. Además de darnos sentido, estos actos ilusorios, nos permiten evocar, aprender y nos alejan, en la medida de lo posible, del fatal error de olvidar.

Dentro de todos los formatos bajo los cuales hemos decidido plasmar nuestro paso, es quizá el Almanaque, el más objetivo. Una recolección anual de datos duros que se desprenden de un determinado tema. Es un fotografía instantánea de un momento. Un vistazo real a una cultura y un espejo de los que la viven en ese momento.

Con motivo del cierre de ciclo anual, y tomando en cuenta lo bueno que fue el 2013 con la música, decidimos bautizar a esta edición como almanaque, darle una vena más subjetiva y recolectar lo mejor y más importante que la industria de la música dejó en la pasada docena de meses. Tras llevar a acabo esta valoración, la idea de tener a Reflektor de Arcade Fire en portada se tornó irrefutable, y es que uno de los mejores discos de este año, también trae consigo reflexiones, dignas de Camus y compañía, sobre la falsedad, la muerte, las ilusiones de vivir en conceptos tan ilusorios como el de normalidad e, incluso, el de sociedad. Este disco es un oda, crítica e himno a una generación, es una pieza de música de la cual hablaremos dentro de  cinco años, un lapso muy meritorio si entendemos la subjetiva rapidez en la que se vive el tiempo en estos tiempos.

Esta revista a su vez, representa un momento único en Marvin, estamos en un proceso de transición y ajustes, sin embargo,  pase lo que pase con el universo, el tiempo, la peste, la palabra o la música, este momento es único e irrepetible. El último de los pequeños milagros…[m]

~Jimena Gómez Alarcón

 

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