TXT: Toño Quintanar

Seguramente, en este preciso momento, en algún club gótico del mundo, está sonando alguna canción de ‘Unknown Pleasures’.

¿A qué se debe este inevitable ánimo de vigencia? ¿Por qué, después de cuatro décadas, las enseñanzas de Joy Division siguen tan vívidamente palpables?

La respuesta es harto compleja.

En primera instancia, debemos de tomar en cuenta que Joy Division es el referente definitivo de la banda underground por excelencia: una pandilla formada por cuatro tipos de a pie quienes hicieron del minimalismo y la austeridad musical un auténtico sello conceptual capaz de transmitir las emociones más densas.

La poesía musical de Ian Curtis, a pesar de ese halo legendario que la rodea, no es más que el sentir de la clase trabajadora regular: un clamor de rabia, melancolía y frustración con el que cualquiera es capaz de sentirse identificado.

Sin embargo, a pesar de estas características antropológicas, existe una sustancia un tanto más compleja y metafísica detrás de la relevancia de ‘Unknown Pleasures’.

Ninguna banda -quizás The Cure, en sus mejores momentos- ha logrado conjurar, de forma tan perfecta esa contradictoria fusión entre melancolía y euforia.

Los bajos cromáticos de “Disorder”, las voces cavernosas de “She’s Lost Control”, todo en este álbum pareciera diseñado para crear un loop emocional que se afianza en el fuero más sensible del receptor para apelar a auténticos estados de humillante iluminación.

Es imposible no aseverar que Joy Division es la banda más influyente de los últimos 40 años; al menos en cuanto a rock alternativo se refiere.

Desde The Killers a The Horrors, de Motorama a Human Tetris; su sonido es una espléndida criatura orgánica que muchos buscan no sólo imitar, sino transportar hacia nuevos límites.

Felices 40 años para esta joya negra de la música contemporánea.

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