Otoño 2021, Lisboa, atascada de pulgas y visitantes. Las cuestas de la capital lusa, casi precipicios, y el Covid no intimidan ni a unos ni a otros. Las pulgas no saben de “nómadas digitales”, más bien los pies semi desnudos de éstos y los shorts que estilan son para las pulgas unos perfectos aliados a sus propósitos, ellas son argonautas en busca del vellocino de oro, del vello de pierna a pierna.

Lisboa, al igual que Ciudad de México, tiene el honor de ser unos de los destinos preferidos de los llamados así, “nómadas digitales”. Su llegada a las ciudades y el aumento dramático de su número, por obra del recién descubierto para la mass media y las corporaciones “home office”, deja tras de sí una estela de cafés con mucha madera y camareros performáticos. Una performance lenta y de mucha desgana la suya. Cada café 20 min de preparación en los que se tiene la oportunidad de observar que detrás del que te sirve la energizante bebida hay un gran profesional de cualquier cosa salvo de la hostelería. El café en estos tiempos no es un momento de subidón íntimo en una esquina leyendo el periódico del local, ahora es una “experiencia” consistente en contemplar el desdén con el que se puede llegar a manipular cafeteras que en el pasado se utilizaban a una velocidad y con una firmeza tales que hacían apreciar la solidez de semejante máquina de acero. Cafeteras relucientes que como respuesta a la velocidad y brusquedad con las que eran tratadas, respondían emitiendo bocanadas de vapor, como un dragón en la batalla. En cambio esos ingenios de procedencias alemana e italiana, manipuladas por estos camareros accidentales, parecen inútiles gigantes destinados a un cementerio de elefantes analógicos y metálicos, mientras el plástico de ridículos aparatos, que ya en manos de una estrella de Hollywood adquieren un aspecto insignificante para tan respetable y necesaria bebida, ocupa el lugar de los magnos artefactos.

Pero volvamos al hábitat de los “nómadas”. De vuelta a la Ciudad de México donde el smog ha regresado con el fin de las lluvias y el de las restricciones (¿de verdad mata más el covid que este cinturón de porquería en la garganta? ¿enferma más que este aire tóxico que provoca escurrimiento nasal y que todo el mundo confunde con catarros quizás porque bajo ningún concepto se debería aceptar vivir respirando esta muerte lenta?). Esta semana pasada Airbnb en base a una encuesta realizada por la empresa digital a 7,500 consumidores en cinco países, descubrió que 38% de los empleados encuestados que se identifican como híbridos/remotos dicen que preferirían dejar su trabajo antes que volver a trabajar en persona por tiempo completo. A su vez, 63% de todos los encuestados dijeron esperar más flexibilidad de sus empleadores en cuanto a la manera de trabajar. Por esto mismo Airbnb presentó 150 actualizaciones pensando en los “nómadas digitales”. Es decir se incorpora a este fenómeno inflactor del precio del alquiler de las ciudades que de manera espontánea y alegre ya habían provocado los susodichos nómadas solitos y sin la ayuda del gigante de los hoteles ilegales.

Habrá tiempo de sobra de conocer las 150 actualizaciones en  la espera eterna por el café, que por supuesto no te sirven en la mesa sino que hay que esperar parado para no perder detalle del proceso de llevar café molido a la máquina y de ahí, éste, a una taza. Para entretener la mirada en lo que el café está listo, si se realiza un poco disimulado giro hacía la clientela, que ya está sentada disfrutando de la bebida, si se observa, se verán. Ahí están, los “nómadas digitales”, están, pero todos detrás de una computadora. La hora es indiferente, las mesas, en muchas ocasiones ocupadas por varias personas, ofrecen la imagen de la pantalla el teclado y el “nómada”. Tras muchos anhelos de libertad y gestiones de traslado, más las incomodidades de viajar en estos tiempos de low cost y cuestionarios, al fin han obtenido su desplazamiento geográfico, a veces atravesando continentes y océanos, pero para estar en el mismo café, ante la misma pantalla y con la misma play list. Tanto ecosistema nice incita a atravesar sus oídos con el último disco de la afincada en Moscú y de origen armenio Lusia Kazaryan-Topchyan alias Margenrot, titulado Obkhod. Terrorismo sónico lleno de emotivos cantos a mundos por inventar no siempre amables.

Es de admirar el viraje de las pantallas, de objetos fijos a nómadas, la cuestión es si el precio por esta transformación no es acabar, más todavía, con el mismo sentido del viaje. No hay peores compañeros para empaparse de un lugar nuevo que la ambición y el estrés laboral. Y luego está la cuestión del poder de la pantalla sobre estos “nómadas digitales”. El escritor francés Jean-Philippe Toussaint en su libro La Televisión, una obra de 1997 en la que este pre nómada digital, ya que logró una beca para vivir en Berlín y así poder escribir su ensayo sobre el emperador Carlos V y el pintor Tiziano, época esta de su vida en la que transcurre la novela, decide de manera firme dejar de ver la televisión, acto que Toussaint solo ve posible “no teniendo televisión”. Lo que desconocía o no supo adivinar el autor es que la televisión no estaba en su sala, sino en su despacho, en la computadora que entonces parecía ser solo un instrumento de trabajo y comunicación y que hoy es simplemente imposible de apagar ya que es el emisor de contenidos, la herramienta de trabajo, el canal de comunicación con nuestros seres queridos, el súper… En el mismo espacio lumínico hay una televisión infinita de canales personalizados por obra del algoritmo. Es más, hay una ficción audio visual en la que cada “nómada”, y sedentario pero eso será masa para otro pan, es el protagonista. El viaje solo es un contenido para sumar a la producción del yo. Sentados en el café universal entre mails, zooms, diseños, artículos, excels… está la titánica tarea de mantener el contenido alimentado.

Es normal que en pos de una producción eficaz busquen entornos reconocibles, amigables, sí, también con sus “mascotas de nómadas digitales”, todos tranquilos. Por este motivo acuden al mismo café, a la misma silla incomoda, a la misma música; quizás con el atrevido añadido de ser un biker café, o tienda de vinilos, o librería, pero siempre con artistas del cómo hacer que un café sea una obra lenta.