Hay movimiento, pero no es el acostumbrado. Los autos llegan poco a poco a la puerta de acceso a la Curva 4 del Autódromo Hermanos Rodríguez, sitio en donde los autoconciertos buscan reactivar esa escena que el Covid 19 ha parado hace más de un año. Quien hoy toma el turno para sacudir a esa bestia llamada rock en vivo es nada menos que Cuca.

TXT:: David Cortés

FOTOS:: Lulú Urdapilleta

Un motociclista nos abre camino y nos conduce a nuestro “corral”, un cajón de estacionamiento en donde habrá espacio suficiente para salir del auto, de allí dirigirse al baño, pero no más posibilidad de interactuar con los demás. La sensación de estar frente a un gran escenario, con sus pantallas laterales y un gran muro de amplificadores es indescriptible. Sopla el viento y me siento como un preso que acaba de salir de la cárcel luego de una larga condena, respira con fuerza y mira maravillado una hermosa postal. Luego de más de año y medio de no asistir a un concierto al aire libre, ese sentimiento de libertad es inconmensurable.

Cuca sale al escenario diez minutos después de lo anunciado y no guardan ningún cartucho, los músicos sueltan las balas como los gatilleros profesionales que son y desencadenan temas de Semen y Pornoblattea, sus más recientes producciones, los cuales intercalan con canciones ya emblemáticas de la banda: “Cara de pizza”, “El mamón de la pistola”, “Hijo del lechero”, una versión doom-dark de “Hombre de la marcha (tus piernas”), entre otras.cuca-autoconciertos-curva-4-autodromo-hermanos-rodriguez-qk Carlos Avilez, José Fors, Nacho González y Alex Otaola están en gran forma. Cada acometida es un golpe certero, como un cartucho de TNT puesto en el regazo de tu estómago; también está allí la actitud y cada composición es irreverente y desenfadada. Da gusto de que las féminas allí presentes no se desgarren las vestiduras ante esa lírica hoy bastante incorrecta e incómoda, pero saben que en el fondo es una manifestación desmadrosa.

Una hora cuarenta después QK cierra la noche que ha rato ha caído con “La balada” (Otaola se destapa aquí con tremendo solo) y cae el telón. Todo es irreprochable: la impecable organización, el desempeño de la banda, pero… sí, algo falta. El contacto humano, los codazos, los roces involuntarios, los coros compartidos. Esa sensación vicaria que el rock ha promovido desde sus inicios está ausente. No importa que Fors saque de la chistera sus dotes de frontman, su carisma, algunas bromas; su esfuerzo no tiene eco en el público no porque éste no lo desee, simplemente están muy separados por la contingencia y la energía se diluye.

Tal vez los autoconciertos sean un paliativo, una señal de que estamos más cerca de la normalidad, pero la convivencia humana, el abrazo con el otro, el mirarse a los ojos y saber que esa canción, justo esa, se ha compartido en otros momentos, no está allí y no es culpa de nadie, sólo de un virus que hace más de un año ha conseguido disgregarnos.cuca-autoconciertos-curva-4-autodromo-hermanos-rodriguez-qk