El mundo está en el nivel más alto de contagios de Covid-19 y en el más bajo de paciencia individual, y por lo tanto social, para aceptar la pandemia que nos acecha y las restricciones necesarias para disminuir sus efectos.

Boom de raves ilegales este mes de confinamiento en Inglaterra, más de noventa fiestas clausuradas en Madrid en un fin de semana, en México quinces, bautizos y bodas hacen del puente pasado una pasarela vírica.

El Covid, desde el principio, encontró en el darwinismo su mejor aliado. Se trata de un virus selectivo, casi inofensivo para los jóvenes, los más difíciles de mantener en casa debido a ese ansia de vivir que lleva a las personas a convertirse en la bala de una russian roullette, cargada con frenesí y vanidad, que llegará al centro de la mesa en navidad, con abuelos y padres, de la mano de las dinámicas sociales convertidas en ceremonias místicas ineludibles.

Otra vieja liturgia, antigua, desde el día 00, es el victimismo. En estos días de tanto yo vociferante desde las representaciones identitarias del nosotros, una columnista narraba prosaicamente su durísima vida, según ella, de “explotación”, entre hijos, conferencias, entrevistas televisivas, agenda activista, libros por escribir… Lo peor es que se creía, tan en serio que ponía su rutina de ejemplo, una mujer “explotada”, toda una esclava. El misticismo burgués de género empezó denunciando abusos a mansalva, no en los juzgados sino en el patíbulo virtual, y empieza a convertir la existencia, hasta la buena, en un hecho denunciable. Al fin y al cabo eso de que la vida es un mar de lágrimas pulula por el sico sistema social occidental desde su mismo origen mitológico. El Evangelio comienza con Dios, por lo tanto el dolor debe comenzar con Dios, “el pecado aflige a Dios, por lo que nos debe entristecer también” (Efesios 4:30).  Debemos ir por ahí con una buena historia de sufrimiento.

Cuando las dificultades de veras te rodean, o simplemente te quieres largar de donde estás, dependiendo dónde nazcas, la cosa se pone difícil.

Según datos de un informe presentado por el Centro Delàs de Estudios por la Paz, actualmente hay 63 muros en 43 países. “Desde 1968 hasta la caída de el muro de Berlín en 1989 se construyeron seis muros nuevos, mientras que a partir de ese año se levantaron otros 57”, según cuentan los autores del estudio a publico.es. El interesante medio español recoge en el mismo espacio editorial la columna-testimonio de la mujer “explotada”, y este interesante artículo, “Seis de cada diez personas del mundo viven en un país que ha levantado muros”, para poner los sufrimientos en su sitio.

En América solo hay un muro, al que Trump finalmente solo dio una manita de pintura, pero en vista de las derivas anti migratorias de varios países, Colombia o México, no sería extraño viésemos surgir alguno nuevo. Los muros son negocio. El estudio indica que “la industria militar y de seguridad es una de las fuerzas impulsoras de la militarización de las fronteras, incluida la construcción de muros y vallas”. De nuevo la mano castrense y sus retoricas cuartelarías. Y es que cuando los militares hablan lo hacen con el tono de quien exige silencio, y vaya si lo logran. No se ve todos los días que una juez de EEUU retire los cargos, de la noche a la mañana, contra un inculpado de delito, menos si es una causa por narcotráfico. Así ha ocurrido con el ex secretario de defensa de México, que en breve dormirá en su casa. El Washington Post apunta a una presión del gobierno mexicano que amenazaba a la DEA de no colaboración futura. Lo interesante sería saber con qué argumento logró el ejército mexicano semejante cambio postura del gobierno de la Republica.  Más cuando su presidente, hace unas semanas, al conocer la detención del general en EEUU, primero lo celebró, pues era una muestra de la corrupción de los gobiernos anteriores, y luego se mostró indignado por no haber comunicado la justicia americana a la mexicana la aprehensión de un miembro destacado de sus fuerzas armadas.

Este escenario de fiestas pandemicas, víctimas de nuevos pecados originales, militares empoderados , emigrantes atrapados, millones de contagiados y muertos, tiene un aire, digámoslo claramente, apocalíptico.

Se publicó este otoño el primer libro en castellano del filósofo chino Yuk Hui. Un pensador que cuenta aparentemente con el beneplácito de la ideología oficialista de Pekin. Para Hui, en su obra Fragmentar el Futuro, hay que tomar un camino que el define como el de la tecnodiversidad, partiendo de las cosmologías locales, para evitar la secuencia occidental de Premodernidad, Modernidad, Posmodernidad y finalmente, sí, Apocalipsis.

Desconozco si la senda para salvarnos del castigo final es Tik Tok, la versión chino chip de Broadway, pero hace mucho que el medio es el mensaje, no hay identidad local que no quede reducida al show economista del reconocimiento virtual, en el momento que pone el pie como fenómeno cultural en la tecnología. El procaz conteo de likes.

Que el planeta baila, haya peste 2.0 o quejumbre identitaria, queda claro. Para los que prefieren acompañar el día final con música ad hoc al momento, el nuevo disco de Zakè, Orchestral Studies Collectanea. Un sensible trabajo de neo clásico, ambient y drone music que explora los miedos ancestrales de las civilizaciones.

Es difícil no recurrir, para acabar esta columna, a la pintada que recibía en los años 90 al visitante en Bogotá, en aquella Colombia incluso más sangrienta que la del 2020: “el país se derrumba y yo de rumba”. Pues eso, una rolita no más, pero que sea de Stiv Bators, “Gimme gimme gimme some Russian
Roulette”.