El documentalista Garrett Price se dio a la tarea de narrar cómo, desde la perspectiva de varios de sus asistentes y de algunos medios de comunicación (con MTV como principal detractor), el festival Woodstock 99 puso el último clavo en el ataúd de la música alternativa, al convertirse en la cita que hizo añicos las causas pacifistas sentadas por el fest original, el cual tuvo lugar en 1969.

TXT:: Joel Rodríguez

La década de los 90 propició un ambiente de convivencia envidiable para el rock. El mejor ejemplo de ello fue la edición de 1994 del festival Woodstock, en la que, con sus respectivas cargas de mercado, Bob Dylan, Traffic, The Allman Brothers Band, The Grateful Dead y Joe Cocker, entre otros, convivieron con algunos más, como James, Porno for Pyros, Green Day, Violent Femmes y Cypress Hill. Sin embargo, la edición de 1999 fue otra cosa, y el documental de Price (disponible vía HBO) nos permite atestiguar cómo el público de aquel lejano año, compuesto en su mayoría por jóvenes de entre 20 y 28 años de edad, no tenía interés alguno en el pasado.

 

Garret utiliza como hilo conductor las historias de algunos asistentes, quienes dejan claro que, a pesar de que en ese momento se consideraba que el festival de Woodstock reflejaba el espíritu americano, todo se salió de control. Las condiciones sanitarias fueron las peores, el agua insuficiente, el costo de una botella con agua, exorbitante; sin mencionar los actos de violencia, vandalismo y agresiones sexuales en contra de varias mujeres que tuvieron lugar, además de la trágica muerte de muchos asistentes. Esto, gracias a la pésima organización, la falta de personal de seguridad, así como médico.

 

En cuanto a lo musical, Woodstock 99: Peace, love and rage nos da una perspectiva completa de cuáles eran los actos de la corriente principal más calientes de ese verano, el de 1999. Tenía todo el sentido del mundo contar con Metallica (así es, la banda de Hetfield seguía siendo relevante, aunque odiada gracias a Lars y la entonces viva polémica con Napster), Korn, Rage Against The Machine, Bush, DMX, Insane Clown Posse, The Offspring, Sevendust y, por supuesto, Limp Bizkit, quien se robó la tarde del sábado, y probablemente el festival entero, en parte debido a que Fred Durst incitó a actos vandálicos. El desastre culminaría con la presentación de Red Hot Chili Peppers el domingo por la noche; para entonces, los asistentes habían prendido fuego a un escenario y generado otros incendios en distintos puntos del venue.

 

En Woodstock 99 imperó un glamur que mezclaba costosos abrigos y ropa de diseñador con calzado Adidas, Osiris, Circa y Ecko; todo aderezado con playeras DC o Matix; gorras y gorros, bermudas y pantalones de franela de la firma Dickies; además de la joya de la corona generacional: la naciente cultura del blin bling, que llegaba de madrazo colgada de los cuellos de Fred Durst y Kid Rock. Un delirio de apariencias que se reforzaría con 50 Cent, Lil’ Wayne, Ludacris, P. Diddy, Jay-Z, Usher y, evidentemente, Kanye West.

Woodstock 99: peace, love, and rage nos sitúa en una época hoy día inverosímil y a la vez anhelada, en buena medida gracias a que entonces no existía Internet, teléfonos inteligentes ni redes sociales. Una trabajo que sin duda echará a andar la nostalgia de quienes fuimos jóvenes entre 1996 y 2006; los viejos tiempos del nu metal, los frat boys y las gorras de béisbol.