El cine de Stanley Kubrick podría definirse de distintas maneras, sin embargo, “transgresor” es, muy probablemente, el calificativo que más se nos viene a la cabeza.

No nos referimos a esa concepción clásica -exclusivamente política- del término transgresor, sino más bien a una categoría mucho más orgánica y humana.

A lo largo de su filmografía, Kubrick se dio a la tarea de explorar una serie de posibilidades emotivas que rompen con la normalidad.

Desde sus inicios en el cine hampón -Killer’s Kiss, ‘The Killing’- hasta esa serie de pasiones prohibidas retratadas en ‘Fear and Desire’ y ‘Lolita’, el director se da a la tarea de escarbar en las pasiones más tórridas de nuestra especie.

A lo largo de su filmografía nos encontramos con personajes quienes se sumergen de forma paulatina en una oscuridad que no es más que un propio síntoma de lo que nos vuelve humanos.

Por supuesto, este mismo rasgo se ve abordado en su etapa bélica.

Cintas como ‘Paths of Glory’, ‘Dr. Strangelove’ y ‘Full Metal Jacket’ nos muestran una serie de personajes haciéndole frente al absurdo de un contexto que parece engullirlos de forma definitiva, sin que exista una salida viable.

Sin embargo, es a través de esta misma construcción que Kubrick nos arroja una perspectiva casi Kafkiana acerca de los eslabones que rigen a nuestro mundo y que transforman a sus pobladores en moneda de cambio.

Muy probablemente, el aspecto más transgresor de la filmografía de Kubrick es aquel que está ligado a la representación del inconsciente así como a las distintas manifestaciones que éste es capaz de experimentar.

Su desempeño en la ciencia ficción podría definirse como el perfecto ejemplo de este fenómeno.

Por ejemplo, ‘Hal-9000’, de ‘2001: a Space Odyssey’. podría definirse como una inteligencia que transgrede los límites de la consciencia orgánica y que, inclusive, es capaz de rebelarse a sus creadores con tal de sobrevivir.

Al mismo tiempo, Alex DeLarge de ‘A Clockwork Orange’, podría definirse como la metáfora por excelencia de la brutalidad salvaje que anida en nosotros.

Misma cualidad que, por supuesto, se transforma en el blanco por excelencia de un Estado de tintes conductistas que pretende erradicar nuestros instintos erráticos como si de reprogramar una máquina se tratara.

‘Eyes Wide Shut’, su última cinta, es muy probablemente la metáfora definitiva de este fenómeno.

Esta cinta nos presenta un submundo orgiástico que yace oculto en la sociedad burguesa.

Misma representación que nos recuerda la serie de esbirros de carácter transgresor que persisten en lo más recóndito de nuestra civilización.

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