txt: GUADALUPE GÓMEZ ROSAS

“…acompañada del consabido reproche de no ser suficiente, que sin importar cuánto me esforzara, nunca sería suficiente, nunca empataría con la medida de su deseo”.

RESTAURACIÓN

Ave Barrera

En el camino de Restauración (Paraíso Perdido, 2019) —entre jazmines, fotografías y polvo— resulta obligatorio contemplar la carnalidad sediciosa de la obra de Ave Barrera (Guadalajara, 1980). Su reciente novela parte de un lugar común: una chica, enamorada como tantas, tal vez como todas; sin embargo, la historia robustece en pequeñas dosis, donde los detalles arquitectónicos y la podredumbre son las migas de escenarios intuitivos y a veces aprisionados. Una apuesta por leer un pasado para amotinarse y transmutar un presente.

Como suerte del clásico Barba Azul o de una matrioshka, la obra ganadora del Premio Lipp 2018 va revelando, en capas y rincones, una mansión abandonada que oculta una pavorosa historia, una que parece contener los artefactos quirúrgicos de Farabeuf de Salvador Elizondo. Precisamente, Restauración se propaga como una versión revisitada desde la arista de la mujer que está postrada en la plancha del doctor. Lo cierto, es que la obra de Barrera no es una afrenta unívoca ni soberbia, sino un diseño de muchos ápices, que lo mismo restituye vida al I Ching, que ofrece laberintos surcados sin temor a la incorrección:

Déjame sorber el aroma de tu boca y cuello. Déjame comer el cartílago de tu oído, frágil como rebanada de manzana. Siente mi peso, mi edificio. Toca ¿puedes ver lo grande que está? Mira como me pones. Ven, deja metértela. Date la vuelta. Ábrete a mí como fruta que de tan madura puede abrirse con los dedos…

En el pretexto central está la edificación amatoria de Min, restauradora con estudios de posgrado, y Zuri, un fotógrafo idealizado que representa el suceso de la felicidad. Ante la necesidad de reparar un inmueble que promete ser garantía de afecto, Min no duda en arremangarse y subsanar la casona de los ancestros de su pareja.

Sólo hay un pedimento hacia la protagonista: por ningún motivo debe entrar al cuarto “especial” del abuelo, porque podría tener material sensible que no pueda ser removido. Hasta ahí la historia parece ser de dos, pero la casona, usada como atmósfera multitemporal, nos traslapa al pasado con Gertrudis y Eligio: matrimonio estándar de décadas ya calladas pero con lóbregos fragmentos, al final parece una vida insalvable por la época, un fortuito escape a un cuarto propio que no existe y un regreso que se imagina un declive al averno.

Sin exponerlo radicalmente y sin perder la rosa de los vientos, la escritora tapatía hurga en la insuficiencia, en la indulgencia y en reconcomios que acompañan a mujeres de hoy y del pasado: el amor como constructo y a veces como secta que pide sacrificios a sus integrantes más näifs.

Así como Restauración muestra facetas del afecto siniestro, también cede momentos de decisión y gallardía. Destaca, por ejemplo, la interrupción del embarazo, porque la apuesta política está en sus páginas, y hace que todo sea asequible, atento y preservado… abandonado del miedo.

En el transitar que ofrece la autora no hay escenas de acción ni explosiones, hay epinefrina brotada de la seducción, la sentencia y el horror. Su prosa gana en el panóptico de las filiaciones, del descubrimiento que se superpone con el pasado y que en el presente se renueva con cada cosa que mueve, frota o jubila. De pronto parece que la insurgencia también está en las pequeñas cosas, en los espacios vivos que parecían muertos, porque, como bien sugiere Barrera, “un fantasma es un fragmento olvidado de sí”, y nadie quiere perderse en sí mismo.

 

 

 

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