Mutilaciones. Rituales de ocultismo. Crímenes de elite y de estado. Desapariciones infantiles extrañas. La aspereza de las relaciones filiales. Amores que trascienden el tiempo. El mal como sistema entrópico de vida. Pasajes de calma en la vida de barrio que preceden a estallidos de violencia. La inocencia borrada por un destino manifiesto. 

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

Todo un entramado de largo aliento que redunda en una novela sobrecogedora de Mariana Enríquez que va mucho más allá de lo que puede entenderse como literatura de terror, ya que ofrece un amplio recorrido alrededor de la vida de Luis, un hijo de inmigrantes escandinavos muy pobres que nace en la Argentina con una grave afección cardiaca que le augura una posible muerte infantil.

Durante una operación muy arriesgada, ese niño despliega una energía oscura que deja estupefacto al médico, quien sabe reconocer los signos de la capacidad de los médiums y la posibilidad de que le sea útil para la secta a la que pertenece y que lleva años buscando potenciar las manifestaciones de un dios demoniaco que mutila a los asistentes a los rituales.

El médico forma parte de la oligarquía y pertenece a una ilustre familia de comerciantes que tienen plantaciones de yerba mate en el norte del país. En la provincia de Corrientes poseen una casa que se muestra como el lugar ideal para que la malignidad se manifieste –es un centro de poder-.

La novela ganadora del Premio Herralde arranca en la adultez de Luis, quien se casó con una de las herederas de la fortuna de aquella familia y muerta en circunstancias poco claras. Juntos tuvieron un hijo –Gaspar- que es codiciado por los poderes que como médium pueda heredar de ambos. Gaspar apenas es un niño, pero su padre debe enfrentar la ambición del clan ocultista y obtener una tregua que dure años para que los dejen vivir en paz; Luis enfrenta severas afecciones y está muy dañado tras la muerte de su esposa y la devastación física de practicar los ritos.

Nuestra parte de noche (Editorial Anagrama) es un amplio mosaico cuya trama le permite saltar al costumbrismo y la tranquilidad de la vida en un barrio periférico de Buenos Aires, para luego citar momentos muy precisos de la historia argentina –entre la última dictadura y el paso a la democracia–. Luis pretende a toda costa salvar a Gaspar y alejarlo de La Orden, para ello prepara un plan maestro de magia negra; mientras tanto el chico crece con un padre osco y violento, tratando de entender un mar de rarezas y estableciendo un grupo de amigos con los que tendrá que experimentar su contacto con ese macabro universo demoniaco. 

Mariana Enríquez (1973) tomó la gran decisión de incursionar en la escritura de una novela río que también semeja a un retorcido retablo gótico que salta en el tiempo y el espacio alrededor de la saga existencial de Luis y un antes y un después del nacimiento de Gaspar. Es por ello que puede incluye una excelente evocación de los años del Swinging London (con cameo de Bowie incluido) a una investigación periodística realizada muchos años después en Buenos Aires para tratar de reconstruir el extraño suceso en el que desaparece una de las mejores amigas de Gaspar.

Se da tiempo para plasmar el ambiente de explotación y clasismo de aquellas familias ilustres y revisar incluso sus vínculos con el colonialismo en África, desde donde también proviene la magia primitiva. En un punto, paseamos por los cementerios londinenses y páginas después nos plantamos al interior de un centro cultural alternativo en la capital argentina y acompañamos a los parientes de Gaspar y su novia punk a una manifestación contra el gobierno (y en la que brotan sus dones místicos).

Enríquez ya era una reputada figura del cuento y el periodismo, así que decidió correr el riesgo de narrar sin prisa y a su aire y contar una historia fascinante llena de imágenes violentas y brutales. No cuesta tanto apostar a que con el tiempo Nuestra parte de noche de Marian Enríquez se habrá de comparar con monumentos literarios de la talla de Los Detectives Salvajes y 2666 de Roberto Bolaño (quizá en un tono más dark y hasta gore).

Un premio como el Herralde se reinventa al validar y ponderar a una obra tan excéntrica y que no se ajusta a los cánones de esa llamada alta literatura –en su concepción y postura tradicionalista- porque acá existe una estructura muy robusta y dinámica, aunada a una prosa de altísima calidad. Es una rara pieza para armar que a ratos se hace road novel, que suma pasajes muy introspectivos –los narradores cambian- más esos visos históricos que remontan a las ilusiones revolucionarias de los movimientos de izquierda, la guerrilla, los desaparecidos y luego al destape cultural, ya entrados en la democracia.

Nuestra parte de noche ofrece una experiencia sensible muy completa por parte de Mariana Enríquez; ausculta a detalle la vida de la clase media, se asoma a la bohemia rockera del Londres de finales de los sesenta y ofrece la coexistencia de una realidad alterna plagada de almas en pena, condenados y demonios varios. Nos va fulminando lentamente con un flujo de electricidad como el de esos aparatos de corriente eléctrica que ofrecen dar toques en las noches de tragos y fanfarria; se llega a un momento en que uno ya no puede soltar esos tubos que hacen del dolor algo placentero.

Se trata pues de una novela monumental en la que existen ecos que proceden de diversas fuentes… de la pátina de Stephen King, del esoterismo de William Blake a la oscuridad de Neil Gaiman. Una vez que uno se pone delante del libro, este ejerce su influjo, nos invade y se filtra en cada una de nuestras células. Un trabajo de Mariana Enríquez tan perverso como adictivo.