Escribo intuyendo que mi apunte es producto del arrebato. Así que me justifico pronto, diciendo que quizá me equivoque, que lo más probable es que, simplemente, esté emocionado. Acabo de contarle a un amigo vía WhatsApp que, tras escucharla cuatro veces al hilo, me parece que “Máscara de relámpago” podría ser la mejor canción en la historia de La Barranca. Luego cambio de chat y le digo a otro camarada: “Nunca me habían hablado tan directo como esta vez. Los sentí señalándome”. Refiriéndome, por supuesto, a José Manuel Aguilera y compañía.

Entiendo que no somos los únicos. Existen más, pequeñas cofradías de escuchadores, de filudos orejudos que atienden a La Barranca en cada movimiento. Aquí sólo somos tres los miembros, tres que nos sabemos a los de “Akumal” al derecho y al revés. Recapacito sobre mi arranque en el whats mientras escucho de nuevo “Máscara de relámpago”. Por quinta ocasión. Y no cedo en mi sentir, en verdad creo que es el punto más hondo del barranco. Encuentro que todo lo hecho antes halla ahí su mejor guarida. “Es la edad”, me advierten por chat. Canturreo “el corazón es incapaz de estar en paz frente al amor” y asiento. Sí, ha de ser la edad.

¿Pero la edad de quién?, ¿se refieren a la del autor de la canción o a la mía; o a la de los dos? La tarde enrojece y las puntas de las antenas del Chiquihuite empiezan a parpadear, como todos los días a la misma hora. “¿Cuántas horas caben en un segundo, cuántas noches caben en un reloj?, inquiere José Manuel Aguilera en el tema de marras, el segundo corte de Entre la niebla, el más reciente disco de La Barranca, el combo que lidera desde hace un cuarto de siglo. Vaya cantidad de tiempo. Y sin defraudar, porque en cada entrega se las ha arreglado para retarnos (a los de las cofradías, claro, y a quien se deje).

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“Bienvenido a la eterna predisposición de asomarse a los espacios restringidos”, advierte el guitarrista en la composición que inaugura su nueva obra, un enunciado que debería calcarse desde la portada de El fuego de la noche, el plato que abre la discografía barranqueña, como para que los pusilánimes se abran, como para irles avisando: “de aquí en adelante escuchen bajo su propio riesgo”. Por ello no es casualidad que Entre la niebla abra con un loop incesante; la cama de hojas muertas donde uno se echa, “un manto de musgo verde” para mirar “pasar la vida del futuro hacia el presente”. La dislocación temporal tiene lugar al asomarse al espejo celeste: el retablo de la ensoñación.

Luego el viaje se pone más denso, más todavía. La composición que titula el disco, por ejemplo, es en realidad un paseo entre paisajes nublados por el vaho más fétido, el que producen los pactos “con el narco, con la cúpula”. Se trata de un pasaje infame, por instantes francamente aterrador. Da miedo vivir en México, y Aguilera lo pone claro allí, mientras pisotea su wah como si de ese modo acelerara la velocidad de la nave que en la portada del álbum reposa, en aparente tranquilidad. “Nada tiene paz”, reafirma el coro del siguiente tema, presagiando la instauración de “Pandemónium”, un reino que lo mismo padecen los pescadores marigüanos de Mazunte que los pachecos hipsters de la calle Medellín, en la colonia Roma.

De pronto es como si Solín, el faquir, y José, el limpiaparabrisas, revivieran para encontrar que décadas después el circo donde actuaban va de mal en peor. “Si sigo vivo es por no dejar”, confiesa el saltimbanqui callejero mientras las ánimas de Clinic y Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio se topan en un crucero. Es puro aferre lo que sostiene de pie a esas ánimas; “trato de continuar, trato de persistir”, se escucha en “Sin temor ni esperanza” antes de que, arañando la bruma, se asome “Afrodita”, quisicosa aparentemente fémina y de seguro intempestiva. El espectro desaparece con una guitarra trémula que ofrece estertores en las lagunas que ocasionalmente se dibujan en el “Ocaso”, justo a la hora en que se hace entrega de los amuletos más preciados a cambio de “Este amor”.

Rompan todo, ¿nada más que un montón de señores hablando de rock?

Entre la niebla acaba tal como abre, con un loop, aunque verbal. Y sorprende, por su carácter esperanzador, pese a lo lóbrego de los acordes que lo acompañan. Mientras éste se va alejando, no puedo evitar el ansia: necesito calzarme la “Máscara de relámpago” otra vez. Sí, la obra que contiene dicho tema carece de fisuras, en plena crisis, La Barranca (estrenando baterista, Abraham Méndez, detrás de la ya muy sólida aleación producida por Adolfo y Ernick Romero, además de Yann Zaragoza, los coros de Cecilia Toussaint y el genio de José Manuel) confeccionó un álbum que bien podría colocarse al lado de El fluir o El fuego de la noche; pero el embrujo del segundo corte del mismo me tiene trabado. Casi me orilla a ignorar el resto.

¿Se trata de la mejor canción de La Barranca? Justo eso le escribo al par de amigos con quien comparto confidencias de esa clase. Me debato, y se los digo; no sé si mi sentir sea un exabrupto nacido de la emoción. Por supuesto que es una bagatela; algo que, de no ser por el horror sanitario que padecemos, discutiríamos hasta el amanecer acompañados de bacanora. Sin más, con los pulgares hago el último apunte, escribo que ya hablaremos después, cuando la niebla se despeje, y mientras en la pantalla de mi teléfono se repite por sexta vez “Máscara de relámpago”, pienso que de cofradías como la nuestra, compuestas por filudos escuchadores que se confiesan con los oídos desnudos, también está hecho el rock mexicano.