Hace un par de años, el autor de una de estas sagas literarias que se realimentan mutuamente con el cine, y que acertó en la trama de su best-seller al señalar una pandemia como el detonante del apocalipsis, con zombies de por medio, resaltaba que lo invisible era un factor fundamental del poder atemorizante de un virus para los humanos. Este elemento de la triada mágica del Covid-19: mortal, contagioso e invisible; está pasando, como era de esperar, desapercibido. No es cierto que nos atemoriza lo invisible. Los alegres ciudadanos del mundo desafían al temor de la pandemia de manera diaria. Probablemente si el riesgo fuesen bombas, terremotos, maremotos, sicarios, mangantes, ratas gigantes, o militares represores, no habría tantas ganas de vencer resquemores a poner un pie en la calle, celebrar quinces o torneos de tenis. Pero el virus es invisible, su mayor peligro. Sólo las imágenes de personas tiradas por los pasillos de los hospitales de España e Italia hicieron reaccionar a las sociedades y gobiernos. Aunque los hay que siguen negando, al fin y al cabo mientras no lo veamos es que no existe. Pero, ¿qué sucede cuando nadie nos ve a nosotros?

Platón en su libro República recoge la historia del Anillo de Giges, en un diálogo entre Glaucón y Sócrates. Este objeto mitológico daba la invisibilidad a quien lo portaba. Giges, un pastor, encontró el anillo cuando un terremoto abrió el suelo bajo sus pies y en la grieta halló un caballo de hierro con la alhaja dentro. Al descubrir que otorgaba la invisibilidad se ofreció como portavoz de los pastores ante el rey de Lidia. La capacidad de no ser visto desató sus deseos convertidos gracias al artilugio en ambiciones. Giges urdió un plan, sedujo a la reina, mató al rey y gobernó como tirano. La historia sirvió a Platón para moralizar sobre el egoísmo que reside en los seres humanos. Glaucón, hermano de Platón, defendía que el ser humano obra bien solo por miedo al castigo. Los gobiernos mexicanos, suecos, entre otros, dieron un anillo de Giges a sus sociedades al no obligarlas al confinamiento. Pronto veremos cómo fue la apuesta, si Glaucón tenía razón.

La ceguera y la invisibilidad son estados opuestos que curiosamente facilitan una misma sensación de ignorancia del otro. Una física, la otra ética. En países como México y EEUU los medios empiezan a invisibilizar el Coronavirus, normalizarlo entre deportes, muertos, escándalos, terremotos y revisiones morales del pasado, mientras se alcanzan las mas altas tasas de contagios diarios. La tendencia mediática revisionista son las estatuas, atacadas estas semanas en varios países, por las contradicciones de personajes del pasado. Son ataques ciegos de quienes ante todo no soportan sus propias incoherencias. Se puede ser héroe y villano en el mismo acto, expandir y exterminar, es el conflicto inherente a la condición de estar vivos. Echarlas abajo es invisibilizar el pasado. Hacer oposición en política es visibilizar a los gobiernos. Todos los mandatarios desearían tener el anillo de Giges, solo ser vistos en los aciertos. Los partidos de oposición, grupos de presión, medios de comunicación, están para que conozcamos lo que de otra manera quedaría en las sombras y acabaría por desaparecer en el olvido, de ahí la inquina que los gobernantes dedican a los que divergen de sus objetivos y políticas para lograrlos. La visibilidad obliga a la modestia. Ser visto nos enfrenta a nuestras inseguridades. Estereotipar es otra manera de hacer al otro invisible, de diluir la persona con sus opiniones en un cúmulo de lugares comunes que no merecen ni un vistazo. Hay música que nos obliga a permanecer de frente con los ojos abiertos en nuestro interior, sonidos construidos en la pureza terrorífica de lo oculto, por eso la incomodad que produce 51717 dando luz sonora a estados del yo que preferimos no mirar.

En lo invisible se operan cuestiones trascendentes. Estos tiempos de confusión global dejan fuera de foco transformaciones determinantes para el futuro próximo. La semana pasada Facebook inició la instalación de un cable submarino que rodeará África. El proyecto, llamado 2Africa, no ayudará de manera directa a las 600 millones de personas que no disponen de electricidad en ese continente, como denuncia el politólogo italiano Manlio Dinucci. Para Dinucci a 2Africa, además de su función para facilitar la conectividad , hay que entenderlo dentro del marco del acuerdo entre la red social y la organización civil Atlantic Council. En el board de esta asociación está James Clapper, Jr, director de Inteligencia Nacional de EEUU, y es financiada por el United States Department of Defense, Rockefeller Brothers Fund o la empresa armamentística Lockheed Martin Corporation, entre otros. El fin de la unión entre Facebook, que es el principal donador de AC con más de un millón de dólares según el último informe oficial, y Atlantic Council es “la correcta utilización de Facebook en las elecciones en todo el mundo, vigilando la ‎desinformación y la interferencia extranjera, ayudando a educar los ciudadanos y la sociedad ‎civil”.

El cable submarino de 37,000 kilómetros, por lo tanto, advierte Dinucci, será determinante para que Laboratorio de Investigación Jurídica Digital del Atlantic Council, pueda incidir en los medios de prensa y líderes africanos sobre qué informaciones son “falsas” y cuáles son “verdaderas”. El cable submarino de Facebook está llamado a competir con la red de ferrocarril chino que atravesará el continente africano de océano a océano, además de los cientos de infraestructuras ya construidas por China en países como Angola, Etiopia, Egipto y Argelia. En cuanto a África, el continente invisible hasta en el cuenteo de muertos de Covid-19, está en el centro de la disputa entre China y EEUU por su riqueza mineral para la era digital. Platinoides, esenciales para los catalizadores, bujías, discos duros, fibras ópticas, pilas de combustible de última generación. Mención aparte merece el cobalto, con la violenta República Democrática del Congo de surtidor mundial. El mismo país que concentra las mayores reservas de tántalo, metal imprescindible para los celulares, GPS, satélites, televisores de plasma u ordenadores. Muchos de esos recursos extraídos en explotaciones esclavistas, en las que grupos violentos obligan a los de su propia raza, menores muchas veces, a trabajar en condiciones infrahumanas, acaban en los dispositivos tecnológicos de los que tiran las estatuas para dejarlas tan lejos de sus miradas como los seres humanos sometidos por la necesidad de abastecer a los concienciados occidentales. Solo el cobalto africano representa el 68% del mundial. Invitemos a los que derriban figuras de personajes antiguos a estrellar su celular contra el suelo como símbolo del racismo y esclavismo moderno.

El filósofo neo platónico Porfirio, escribió sobre la simbología de los misterios eleusinos: “Al ser Dios un principio luminoso que reside en medio del fuego, más etéreo, siempre permanece invisible a los ojos de aquellos que no se elevan por encima de la vida material”. Una roca negra simbolizaba esa invisibilidad para los eleusinos, como metáfora de la conciencia absoluta. Fumemos de la piedra a ver si por fin vemos de frente los verdaderos peligros que nos acechan, principalmente nuestra propia inconsciencia.

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