Decía Alphaville en una canción que tus papás cantaban cuando tenían tu edad, “Algunos son la melodía, a otros les toca ser el ritmo. Pero tarde o temprano todos habrán desaparecido”.

TXT: Arturo J. Flores

 

Dice Post Malone en otra canción, al ritmo de la cual tus papás se contonearían si tuvieran otra vez tu edad: “No quiero morir demasiado joven, contando bandas”.

The Cure –al que ya cuento los días por volver a escuchar en vivo– provoca en sus fans una curiosa ilusión sonora. Por alguna razón inexplicable, la voz de Robert Smith se mantiene incólume. A diferencia del Coliseo Romano, al que el tiempo ha ido desgastando lentamente y que al contemplarlo, puede uno imaginarse la grandeza que proyectó en otros tiempos, la garganta de Robert Smith no se ha visto erosionada por los años y los excesos.

 

Apenas el viernes fui a ver a Caifanes a uno de los más decepcionantes conciertos que haya presenciado. Se develaron como una agrupación sin ángel, con arreglos patéticos que no están a la altura de su grandeza histórica y una autocomplacencia insultante para quienes aún pagaron un boleto.

En cambio, he visto a The Cure en otras ocasiones. Las mismas que he hecho el experimento. Si cierras los ojos mientras la banda se encuentra en el escenario, puedes viajar en el tiempo. Pareciera que delante de ti hay un tipo joven, espigado, que te advierte con una perversa dulzura que el hombre araña te tiene reservado como cena esta noche.

Pero apenas los abres, delante de ti esta otra vez era figura redonda, con las heridas del tiempo impresas en el rostro maquillado, que te recuerda –por lo menos a los que crecimos a su lado– que cada día que pasa, damos un paso de gallo-gallina, hacia la muerte.

Ese mismo viernes que pasó, una amiga celebró su cumpleaños 27. Nueve meses antes dejó de beber, porque –dijo– a los 27 había llegado el momento de rehabilitarse o morir. Ella eligió lo primero. En determinado momento, realicé una revisión panorámica de la celebración. Mientras el DJ ametrallaba con los mejores éxitos del reggaetón, la concurrencia, instalada en su mayoría entre los 20 y los 30, perreaba como si quisieran que Satanás les besara el culo. Hombres y mujeres por igual hacían gala de su elasticidad y sensualidad, de la despreocupación y provocativo descaro que viene en el mismo paquete cuando sobra la juventud. El mismo que a nosotros nos hacía rompernos el alma a caballazos, cuando el slam estaba de moda.

Entre trago y trago, imaginé lo que será de esos modernos cuando reparen en que, como dice Bersuit en una canción, el tiempo no para.

Le dije a mi acompañante: “¿Cómo será perrear a los 40, a los 50, cuando la reuma apenas te permite atarte las agujetas?”.

Salté a un futuro imaginario en el que Bad Bunny no se afeitaba el cráneo, sino que había perdido el cabello. En el que Rosalía se veía imposibilitada a cortar el aire con el movimiento de sus manos por culpa de la artritis. En el que a Balvin, Arcángel y Farruko sean un amasijo de carne fofa y anciana a la que no les alcance el oxígeno para rimar de un solo tiro.

¿Qué será de Becky G cuando le pidan que cante “A mí me gustan mayores” y la mayor sea ella?

Porque inevitablemente sucederá.

La lozanía caduca y las rodillas, no importa lo bien aceitadas que se mantengan, un día no te permitirán perrear hasta el piso.

Por eso, mi consejo es, de cualquier modo te van a criticar, que te valga. Perrea rápido, muere (metafóricamente hablando, aclaro) joven y sé un cadáver hermoso. Porque a mí, aunque ya no me prenda la idea de maquillarme como Robert Smith y como Post Malone, me la pase contando bandas (a las que no alcancé a ver en vivo, porque se retiraron o sus integrantes se adelantaron en su carrera hacia la tumba), la música me sigue pareciendo un buen pretexto para estar vivo.

Escribe Bret Easton Ellis en una novela;

Rock and roll, Sean.

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