#EnMisTiempos por Arturo J. Flores

Ojalá fuera por la música. Por el cartel. El llamado line up. La curaduría, dicen los que se quieren adornar. El menú. El inventario. El surtido rico de sonidos, estilos, géneros y mezcolanzas. Pero nada de eso importa en realidad.

Tampoco influyen las bandas repetidas y las que ya chole. El ejercicio nostálgico y estéril de los reencuentros, homenajes y sinfónicos. Ni mucho menos la necedad de aquellos que insisten en que el Vive Latino debería limitarse a incluir artistas latinoamericanos en sus escenarios.

Nada.

Los que vamos, no vamos por eso.

Lamento decirlo, estimados colegas críticos. Nuestros ríos de tinta se irán por el desagüe. A nosotros, como advierte lapidario el poeta francés Antonin Artaud, haría falta que alguien nos dijera que somos cadáveres y jamás resucitaremos de entre los muertos.

Reconozcámoslo.

No ha nacido un melómano que abandone la idea de asistir a un festival, motivado por los sesudos tecleos de algún obtuso opinador. Por sus escupitajos virtuales de bilis. Si el Vive se repite, se oxida, caduca, se traiciona (whatever that means) y año con año ningún chile les embona a sus Expertísimas Majestades, es cosa que a sus visitadores les viene guanga.

Porque quienes se formaron como soldados de Terracota vivientes, afuera de las taquillas del Foro, para obtener un abono a cambio de su fidelidad, asistirán al Vive sí motivados por lo que sucederá encima del escenario, pero sobre todo por lo que sucederá abajo. Porque, establece un viejo proverbio maya, como es arriba es abajo.

Yo iré por la historia. Siempre lo hice. Desde aquella remota primera vez, cuando el Vive Latino también era el primero. Soy reportero porque tengo una incurable adicción a contar.

Año 1998.

Ella iba embarazada. Porque las ganas adolescentes y la no menos adolescente estupidez (bien dice Ortega Gasset que el enamoramiento es un estado de miseria mental que empobrece nuestra conciencia, aunque a la vez sea maravilloso), nos convirtieron en padres prematuros. Nos recuerdo tumbados en el pavimento, agotados y hambrientos –casi todas mis memorias relacionados con el Vive tienen que ver con la inanición–, mirando a Todos Tus Muertos.

Dos décadas más tarde, ese mismo frijol que entonces cabía a sus anchas en el vientre de su madre, vino un día a reclamarme: “papá, eres más popular entre mis amigos que yo”.

Año 2000.

Las computadoras no colapsaron, como nos habían amenazado los medios, a consecuencia del nuevo milenio. El anterior fue el único Vive por el que pagué en mi vida, porque a partir de éste comencé a cubrirlo para un periódico. Recuerdo sobre todo el madrazo que se llevó en el rostro Cristina Llanos, la cantante de Dover. Cortesía de un homínido con la suficiente inteligencia para caminar erguido, que utilizó como proyectil las protecciones que los organizadores colocaban sobre el piso. Aunque la agrupación madrileña terminó con su set y el baterista Jesús Antúnez cerró la actuación mostrándole el culo a la audiencia, el grupo prometió nunca más pisar México. Y lo cumplió hasta su desintegración en 2016.

Año 2004.

Alguien metió una botella de ron. Porque a los reporteros no nos cateaban. Me veo desde fuera, como una película, hincado en el piso en medio de un desproporcionado slam mientras Cuca estalla en el escenario principal. Ese día el Oso, un buen compañero de andanzas, comenzó a salir con la que hoy es su esposa. Y ambos asisten religiosamente año con año al Vive.

Año 2011.

Caifanes.

Desde que se anunció el regreso, reconozco que comencé a temblar un poco. La pandilla se vio obligada a reagruparse también. Fue el primer (y único) Vive de un par de colegas escritores que se prometieron nunca volver. Pero ese día nos acabamos una botella de Kosako que de milagro no nos arrebató el sentido de la vista. También nos fumamos un toque antes de entrar. Para cuando Saúl, Alfonso, Diego, Sabo y Alejandro se arrancaron con Será por eso, nosotros ya estábamos trepados en un DeLorean con destino a 1987. A la prepa. A los brazos de aquella remota musa que no se dejó atrapar.

Año 2019.

Ignoro qué vaya a suceder. Pero la curiosidad me mata. Nunca ha sido por la música, debo confesar. Ya escribí ayer en Facebook que quiero ver a Ska-P, a Korn, a la Orquesta Mondragón, a… pero sobre todo me escuece las ganas de contar lo que pase abajo. A lo mejor cae un rayo, se sacude la tierra como se sacudieron los hombros del viejo Pigmalión cuando Galatea cobró vida, o tal vez se vuelva a acabar la comida y el agua. Aquella edición que sin pretenderlo rindió tributo a Mad Max también nos forjó el carácter.

Colegas, despotriquemos cuando queramos. Será como vomitar dentro de una bolsa de mareo que después se tirará a la basura.

Pero no se los olvide que el respeto al Vive Latino ajeno es la paz.

¿Jalan?