Suede debutó en 1993 con una gran carga de sensualidad y sexualidad en sus canciones; había una tensión nerviosa propia de su generación y algo de glam rock (con Bowie y T. Rex como santones), elementos que en la figura de Brett Anderson alcanzaban sustancia y coherencia. El grupo se encontró en el epicentro del estallido britpopero -aunque siempre renegaron de él- y Brett fue colocado en la portada de la revista Select luciendo a pleno una bandera inglesa detrás. Todo estaba dicho.

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

Suede arrancó jugando con la belleza andrógina y su cantante causó revuelo al definirse como “un bisexual que nunca ha tenido una experiencia homosexual”. Su debut fue petulante e inteligente a partes iguales -con “Animal nitrate” y “The drowners” por delante-; la banda fue amada por los célebres tabloides de la época (NME y Melody Maker) y luego hecha cera y pabilo por los conflictos entre Brett y el guitarrista Bernard Butler.

Dog man star de 1994 es considerada su obra maestra y luego vendría la salida de un músico tremendamente talentoso del combo; un periodo de adicción, discos más bien irregulares pese al éxito y un primer parón tras lanzar A new morning (2002).

Luego de un par de regresos y álbumes que demuestran que se trata de un músico de cepa, Anderson decidió contar la historia de su infancia y juventud hasta el momento del arranque de la banda en Mañanas negras como el carbón (2018), donde precisamente avanzó que el libro que ahora nos ocupa nunca existiría porque no quería relatar esa acelerada escalada hasta la cumbre y luego el advenimiento de los excesos, que precisamente da título a la segunda entrega memoriosa.

Si a partir de Suede teníamos en claro que Brett no era un músico cualquiera, ni una persona típica, tras la lectura de Tardes de persianas bajadas (Ed. Contra) encontramos a una figura renuente a intimar con colegas y tirante con los medios de comunicación; pero sobre todo empeñada en llevar el oficio de compositor de canciones al más alto nivel posible rodeándose de notables influencias, tal como cuenta a la hora de componer uno de los temas de Dog man star: “La frase inicial de ‘Heroine‘, que tomé prestada de Lord Byron, fue uno de esos momentos de corta y pega en los que a veces le arrojaba a una canción ideas extraídas al azar que había saqueado en las páginas de mis cuadernos para ver si daban o no la talla”.

Tanto Anderson como Suede tenían una personalidad inaprensible y un halo de misterio que potenciaban canciones que contenían fuertes dosis de rencor y una ironía amarga muy perra. El principal atributo de Tardes de persianas bajadas es que nos permite adentrarnos en la forma de pensar de Anderson y en ese sentido aquilatarlo en su justa medida, como cuando escribe acerca de la composición: “Ahora bien, el quid de las letras del pop y el rock reside precisamente en que, a diferencia de la poesía o la prosa, se cantan, no se recitan, y en ese sentido su contexto musical lo es todo”.

Se sabía que no le sería fácil contar acerca de la ruptura con Bernard, pero Brett se apoyó en una frase muy precisa: “El dolor es temporal pero el arte es para siempre”. Palabras que lo acompañaban mientras componía “The asphalt world” para luego remontarse al momento de reclutar a Richard Oakes como nuevo guitarrista, tras que éste le mandara una cinta donde demostraba lo virtuoso que era y lo mucho que le gustaba la banda: “Para mí la música es algo muy instintivo. Intento dejar que mis oídos hagan el trabajo y que mi cerebro se relaje y descanse, así que al escuchar a Richard tocar con nosotros por vez primera, supe que habíamos encontrado a la persona indicada”.

Brett narró con precisión las temporadas dedicadas a las drogas, más por un acercamiento al malditismo que por una adicción irrecuperable (la que sufre un ataque es su pareja), pero habiendo conocido de cerca la pobreza cuando era niño y años después obtenido una situación económica desahogada se da tiempo para especular sobre las diferencias entre clases sociales con relación al uso que el grupo le daba a la indumentaria: “A riesgo de quedar como un snob invertido, creo que la gente de orígenes más obreros, que se criaron vistiendo prendas baratas de supermercado o ropa de segunda mano remendada, experimentan a menudo la necesidad de huir de la parafernalia de su humilde procedencia y optan, seguramente de un modo completamente subconsciente, por insinuar el éxito a través de la ropa que llevan, del mismo modo que las familias pobres acostumbran asumir la carga de las bodas más fastuosas. Dicho con sencillez, los pobres quieren parecer ricos y los ricos quieren parecer pobres”.

Como lector se agradece encontrar a un autor honesto y autocrítico. Es por ello que me parece importante cerrar con una cita que resume con exactitud la relación con los estimulantes y la propia carrera de Brett Anderson: “El supuesto de que la adicción y la embriaguez son de algún modo estados fundamentalmente creativos parece estar asentado en el hecho de que, históricamente, muchísimas personas creativas han llevado un estilo de vida disoluto. De hecho, yo sugeriría que ese vínculo se debe más a que la gente creativa posee la clase de mentes inquisitivas que les llevan a explorar el panorama de los estados alterados, pero una vez que han llegado allí su creatividad rara vez se ve intensificada o realzada, Por supuesto existen anomalías que parecen demostrar lo contrario y siempre las ha habido, pero cuando echo la vista atrás sobre mi trayectoria, y utilizando mis propias experiencias como caja de resonancia, tengo la desagradable sensación de que si me hubiera abstenido, la calidad de mi trabajo habría sido mejor”.