“Un sonido en la quietud, un fantasma de plata”, David Toop.

“El poder del sonido siempre ha sido mayor a la potencia del sentido”, dijo Joseph Conrad, o sea, que si escuchas algo raro y terrorífico: ¡huye! Luego intenta descifrar su significado. Tadeo y yo viajábamos con los vidrios abajo escuchando Dracula de Philip Glass por la carretera desolada y en penumbras, detrás de la presa de la Boca. La sonoridad del cuarteto flotaba en el viento como una amenaza latente.

TXT y Fotos: Carlos Edelmiro

Entre los silencios de Glass, escuchamos un ruido extraño que provenía desde los árboles, de donde no se advertía ninguna señal de vida. Parecía estar sobrepuesto a nuestra realidad. Era cuadriculado, digital, como un sonido en 8 bits. Tadeo y yo nos volteamos a ver, sentimos la sangre de las venas congelarse y, aunque el coche seguía avanzando, quedamos paralizados por un instante.

Lo primero que hicimos fue subir los vidrios y poner otra música para cambiar el mood: The Postal Service, para que las moléculas del aire chocaran más suave. Rompí el silencio: —escuché una voz robótica como con vocoder— le dije a Tadeo. En mi cabeza lo comparaba con una carretera pixelada o con ese momento fractal cuando baja un viaje con DMT. Para Tadeo se escuchó como si se abriera un agujero de gusano y nos dejara entrar en contacto con un sonido de otro tiempo.
Encontramos la forma de entrelazar lo que habíamos escuchado y terminamos por darle un sentido sobrenatural. Acordamos que atravesamos por un evento sonoro transdimensional.
Pero en mi cabeza maquinaba la forma de justificar aquel sonido. Si fuera una farsa,
Scooby-Doo y el Mystery Inc. ya habrían resuelto el misterio pero, hasta hoy, no sé cómo explicar ese ruido.

El etnomusicólogo John Blacking dice que los mensajes sonoros pueden ser comprendidos por
personas que hayan sido expuestas a los procesos relacionales de la mente creadora de dicho
sonido. Es decir, sólo podemos entender lo que hemos escuchado con anterioridad. O como
dice Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”.
Si vinieran en el coche el músico David Toop, el neurólogo Oliver Sacks y el escritor James F.
Cooper
tendrían una idea acertada y diferente entre sí.
Toop diría que el oído se pone en sintonía con señales distantes. —El que escucha accede a
escondidas a lo fantasmal, al desfase del tiempo y es, en este sentido, un médium que percibe
y conecta con aquello que subyace a las formas visibles del mundo. —

— Como en El último mohicano — diría Cooper. — En este libro cuento los asechos sonoros
que vivían los personajes en los paisajes boscosos. Ninguna pisada estaba libre del chasquido
de una rama seca; ningún susurro de hoja, libre de sospecha. Ruidos amenazantes y
provenientes de todas direcciones. Aunque a veces los sonidos se comprendieran, su
capacidad de confundir era tan poderosa que solo un origen sobrenatural funcionaba como
explicación —Sudor frío, nervios galopantes, confusión. — Mejor cambiemos de tema, Míster Cooper — diría yo.
— También cabe la posibilidad de que no haya existido en absoluto, porque cuando se trata de
sonido todo es posible — exclamaría Sacks.
Sacks concluiría que el ruido fue una alucinación colectiva. Una visión creada por la dinámica
tan cambiante de la música, acompañada del ambiente silencioso en el exterior y el cansancio
de un largo día de tomar fotos.
Mi yo más exagerado diría — la escucha es percepción y el escuchar es una forma de alterar la
realidad —.
La transformación de impulsos acústicos a energía nerviosa que sucede en el órgano de Corti
es una traducción que hacemos del mundo de los sonidos para darles significado; y toda traducción supone una interpretación.

Ese día en la carretera oscura, mientras escuchábamos Dracula, Tadeo y yo oímos una voz sobrenatural venida del bosque. Nunca entendimos si era una inteligencia artificial perdida en el espacio temporal, nuestra misma sugestión o un animal muy raro.
El sonido es un evento escurridizo y escuchar es un acto que busca creer para poder crear.