TXT: Toño Quintanar

La audiencia que acuda esta semana –y las que vengan- a ver las más reciente entrega de Lars von Trier se descubrirá dividida.

Esa soterrada malicia que se había prometido no vendrá incluida dentro de los confines de lo material, sino en lo implícito.

Nunca es buena idea dejarse llevar por las primeras impresiones de los críticos de Cannes y demás festivales; la mayoría de ellos son conservadores espantados cuyas propias aflicciones morales les llevan a denominar como “simple pornografía de la violencia” a una cinta que es MUCHO más que una simple carnicería.

Las incomodidades que The House that Jack Built pudiera conjurar no provienen de las aristas de su uso sosegado del gore, mismo que busca simplemente ruborizar un poco la pantalla con su rojo carmín.

La verdadera violencia de esta cinta proviene de su sadismo psíquico y subjetivo, de esa reiteración casi fastidiosa e innecesaria con la que ostenta una serie de brutalidades que hasta para el más cínico resultan frustrantes.

Lars nos presenta una antología plenamente documentada de la figura del asesino serial. De sus características más emblemáticas, de su minuciosidad, de su caída en picada hacia los descuidos egocéntricas, de su imperiosa necesidad de ser reconocido. Jack es la personificación por excelencia de múltiples figuras de la historia criminal occidental (El Destripador, Ted Bundy, Ed Gein).

Por supuesto, la violencia de esta cinta recae principalmente  sobre personajes femeninos y es obligación del espectador decidir hasta qué punto dicho elemento se transforma en protesta o reproducción de los modelos misóginos establecidos.

Quisiéramos pensar que estas secuencias son un intento por visibilizar y condenar la violencia sistemática que las mujeres sufren día con día; sin embargo, nunca está de más darle a Lars el beneficio de la duda.

El surgimiento de esta obra, aunque se trate de un proceso incómodo, resulta irremediablemente necesario ante la normalización de una brutalidad que pareciera moverse de forma cada vez más polifacética e insidiosa dentro de todos y cada uno de los círculos humanos.

Von Trier parece regresar a esos preceptos no escritos que aseveran que el arte horroroso tiene la única y solitaria función de hacer consciente a las personas de su propia condición de podredumbre, de esa basura que han normalizado hasta límites terribles.

Los que vayan a ver esta cinta augurando un baño de violencia traumatizante, la tendrán –quizás no de la forma en que lo esperaban-; sin embargo, cabe resaltar que The House that Jack Built no es simple destrucción corporal.

También es un ensayo audiovisual, una obra que hace teoría y arte a la vez; un testimonio reflexivo que aborda temas diversos que van desde la estética occidental hasta reflexiones existenciales. Todo esto a través de ese exquisito manejo del montaje que Lars ya ha patentado con el paso de los años.

Una vez más, von Trier vuelve a ser el abogado del diablo más acertado.