Y no, no me refiero a la gran película de Martin Scorsese donde uno no sabe para quién trabaja el otro y mucho menos dónde quedó la bolita…

Los infiltrados llegaron, supuestamente con nuestros votos, al Congreso de la Unión en México.

 

La Cámara de Diputados y el Senado están plagados de legisladores-representantes de todo, menos del pueblo. Hay intereses empresariales, de sindicatos, familiares, de medios de comunicación, de la industria de la construcción, y obviamente, de los partidos políticos.

Unos reciben órdenes, otros negocian por cuenta propia y unos más toman la tribuna… Algo común y corriente en el truculento ámbito legislativo.

Hay infiltrados de Elba Esther Gordillo, del presidente Felipe Calderón, del electo Peña Nieto, de Andrés Manuel López Obrador, de Televisa y TV Azteca, por mencionar sólo algunos. Colocarlos ahí es la nueva estrategia del ajedrez político para reafirmar o ganar presencia.

 

El reparto de diputados en las Comisiones ordinarias no responde a la capacitación o conocimiento de cada uno, sino a cuotas de poder. De cuotas de género, mejor ni hablamos. Y como “el pastel” no fue suficiente, la sexagésima segunda legislatura creo más comisiones para todos alcanzan un pedazo.

Entre más Comisiones presida un partido político, más influencia tendrá en las iniciativas que se presenten. Bloquearlas o aprobarlas (como la reforma laboral) dependerá de alianzas estratégicas, más que de los beneficios reales que las leyes mexicanas puedan ofrecer.

Esos ‘representantes’, que deberían ser populares, se vuelven parte de una mafia que hemos tolerado por sexenios y sexenios, no importando el color del partido en el gobierno.
Por algo los legisladores gozan de la peor reputación en el país.

 

Agárrense pues que son tres años de la legislatura…

Si no están defendiendo algún interés ajeno, postulándose para diputados o viendo The Departed, los espero en Twitter:

@RodolfoZapata

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