De los terregales del llamado rock urbano han escapado personajes que, pese a la inmensa carga de estigmas que sobre la espalda traen, con sus canciones han demostrado que la que en aquellos sitios se produce, está lejos de ser música de fondo para rolar “bolsitas con resistol” o empinarse la caguama hasta extraviar el norte. El Haragán y Cía, por supuesto, es uno de esos exponentes.

TXT::Alejandro González Castillo

Con más de treinta años de trayectoria, Luis Álvarez se advierte como uno de los responsables del soundtrack que las criaturas citadinas tarareamos entre vagones. “Empecé muy chavito, a los quince ya andaba tocando”, comenta el músico; “luego le entré un poco al movimiento rupestre a fines de los años ochenta, con juglares como Enciso, Catana y Meza, y después ya se me vino la oportunidad de grabar”. Como un montón de casos en la historia del rock nacional, Álvarez no ha recibido el reconocimiento que se merece, sin embargo sigue en lo suyo: un aferre que hoy día lo lleva a presentar “Yayo”, un blues de grava y vías que, como de costumbre, encuentra en la vida real inspiración.

En “Yayo” cantas: “no soy un modelo a seguir”. ¿A qué te refieres?

Yayo” habla de un personaje de la vida real que un buen día le quita la culpa a la mamá, a la novia y a sus maestros para asumir que los triunfos y catástrofes de su vida son totalmente responsabilidad suya.

Eso me recuerda la letra de “Él no lo mato”.

Pues es el mismo personaje, pero crecidito; ya no tiene 17, 20 años de edad, ya rebasa los 30. Y en ese punto ya no es justo comportarse como un Chabelote que le echa la culpa a la sociedad. “Yayo” se trata de asumir que el director de la película de la vida propia es uno mismo, nadie más.

¿Será que te refieres a tu hijo, quien últimamente anda muy activo en las redes sociales?

Mi hijo está tomando un camino que no comprendo. He hablado con él de la mejor manera y muchas veces no entiende razones. Ya no es un niño, ya no puedo interferir mucho. Se lo he dicho: ¿qué estás haciendo de tu vida ahí nada más, clavado en la computadora? Ahora muchos trabajan a través del internet, pero en tiempos de paz, cuando no había guerra como hoy día, varios se la pasaban pegados a la computadora, criticando, crucificando, creando mala vibra. El tema está muy grueso porque a los afectados los lleva a la depresión e incluso al suicidio.

Formas parte de denominado “rock urbano” (“urbano” a secas, según los expertos). Sin embargo, hoy día la palabra está relacionada fundamentalmente con el reguetón.

El término urbano, no es que me moleste, la neta, sino que… cuando yo empecé a tocar lo llamábamos rock nacional; y aunque había otro movimiento denominado Rock en tu Idioma encabezado por Hombres G o algo así, quienes tocábamos en las trincheras, en los hoyos fonquis, en deportivos y bodegas, hacíamos simplemente rock nacional. De pronto, no sé a quién se le ocurrió etiquetarnos y discriminarnos. Empezaron a llamarle rock urbano a lo malhecho, formando un estigma que ha acompañado a muchas bandas, incluso a Tex Tex o El Tri. No me molesta el término, sólo es incómodo que cuando pedimos estar en Cumbre Tajín o el Machaca se nos cierren las puertas porque dicen: no, urbano no, son los gachos, los que atraen monosos. Pero bueno, ahora ya ni urbanos somos. Es cierto, los reguetoneros nos quitaron ese título.

Luis, tú que has tocado en el metro, dinos, ¿cuál es la mejor línea para hacerlo y de paso cuenta por qué el tianguis del Chopo hace décadas era un punto de encuentro definitorio?

La línea más chida es la 2 porque una parte es subterránea y otra corre por la superficie, entonces te da el airecito. La que nunca hay que agarrar es la de Martín Carrera-El Rosario. Es horrible. Sobre el Chopo, mira, de ahí podías terminar en la casa de Nina Galindo con Arturo Meza, o echando chela en la misma calle con Jaime López, Rafael Catana y toda la banda bluesera. Éramos una fraternidad que crecía cuando se acercaban los de Transmetal y Rebel´D Punk, o el Choluis. Extraño esas pláticas sin estrellismos con la banda, porque aquél no era un circulo vicioso, sino de amigos que echando chela terminaban en los caldos de hueso de la vuelta, pasándola de agasajo.

Anunciaste que te presentarás en el Auditorio Nacional en septiembre de este 2021.

Ya nos cancelaron tres veces el año pasado, pero ahora tenemos una fecha más creíble. ¿Podremos lograrlo? Sí lo creo. Esperemos que controlemos el virus y estemos ahí con algunos invitados para hacer algo digno.

Quizá no lo recuerdes, pero cuando Paul McCartney se presentó en el Zócalo te encontré en un hostal que se ubica justo detrás de la Catedral, horas antes del concierto. Me contaste que tu sueño era tocar en el Auditorio Nacional. Ahora estás cerca de conseguirlo.

Recuerdo ese día. Mañosamente me hospedé en ese hostal, en la suite de arriba, y desde allí grabé a Paul saliendo del hotel que está a la vuelta para luego subirse al escenario. Es mi gran ídolo. A los casi ochenta años que tiene sigue tocando, no se raja aunque le falle la voz. De él aprendo lo que es la fortaleza, que esto no se termina hasta que se termina. Mientras él siga tocando, ¿por qué yo no?; aunque tenga 70. Si me cuido lo lograré. Fíjate, mi sueño cuando empecé era muy sencillo: tocar en la esquina de la cuadra para los cuates. Estaría muy chido cumplir este nuevo sueño que tengo, en el Auditorio Nacional.