El próximo miércoles 6 de noviembre presentaremos un nuevo libro de la colección de Rock Para Leer, seguido por un cocktail cortesía de Bacardí. Este libro lleva por nombre David Bowie: Manual de amor moderno para aliens, un tributo a la obra y vida del Major Tom. El libro cuenta con 22 cuentos ilustrados y a semejanza de la vieja escuela y las viejas costumbres cuando comprabas un disco y te encontrabas con canciones extra este libro también tienes sus bonus tracks.

Este libro refleja la visión de cada uno de los autores y de cómo Blackstar llegó a sus vidas para cambiarlas. El primer bonus track de este libro influenciado por Starman está a cargo de Juan Ter Veen. Compra David Bowie: Manual de amor moderno  para aliens en nuestra tienda en línea en Kichink .

Estrella matona

TXT:: Aarón Enríquez

ILU:: Elena Gonzalez

“Let’s face the music and dance”

Contaba con un aire de misticismo tal, que atraía poderosamente a todas las criaturas del sexo opuesto. Sobrio, delicado, con una elegancia sutil, con gustos “sofisticados” y con una mirada tan desconcertante como su propio comportamiento. Era el aprendiz de rockstar más enigmático de todo Starbust, el único planeta de El Dragón, una galaxia en la que nunca pasaba nada, supuestamente debido a su peligrosa cercanía con la Vía Láctea, el centro del universo. Nunca nadie llegaba a Starbust, porque en primer lugar no había nada a qué ir y en segundo lugar porque para llegar había que atravesar el temible tk-MAC. El tercer hoyo negro de la súper carretera al olvido, del que no cualquiera sale vivo.

A El Duche, como fuera bautizado artísticamente, se le conocía en el subterráneo circuito de bandas que ya están empezando a dejar de tocar covers, como el Polvo de Estrellas, mote que se ganó desde la secundaria por su afición a masturbarse viendo luchadores exóticos en acción. Decía que la brillantina de los trajes y los colores plateados lo llevaban a tener una conexión casi interestelar con su sexualidad. Y no es que nadie hubiera notado que desde pequeño, El Duche pasaba las horas más improductivas de su vida mirando absorto al espacio exterior, pero sentir que el universo se le escurría por el muslo mientras veía trajes de vedette retrofuturista tirarse desde la tercera cuerda, era una obsesión que pocos sabían que tenía y que otros veían como una más de sus excentricidades de artista. Aún así, no permitía que le recordaran ese mote, nadie tenía permitido nombrarlo de esa manera, salvo una que otra lagartija de la zona de tolerancia con la que gustaba de revolcarse ocasionalmente y los amigos que sobrevivieron al 3º D de la Federal 2, que ya casi no frecuentaba.

Cuando El Duche salía por las noches a tocar con su banda, le gustaba delinearse los ojos de dorado encendido y pintarse la cara de blanco pálido con los labios en un tono salmón. Nunca soltaba el aparato de hacer ruido que había conseguido en el mercado de ácaros hace algunos años. El Duche le había comprado ese instrumento a un viejito que afirmaba que si ese aparatejo era tocado con la finura necesaria, el que lo lograra podría trascender la barrera de los agujeros de gusano y hasta podría llegar a convertirse en supernova. Según el viejito, que de acuerdo con la leyenda era descendiente pleyadiano de la cuarta galaxia, sólo hacía falta hacerle unos ajustes en la caja ramificadora, en la espiroqueta del brazo y rociarle polvo de perseída para lograr el milagro.

El Duche se obsesionó de tal manera con ello, que en las tocadas de la Kodak, un estacionamiento abandonado en el que se organizaban los mejores toquines de Starbust, se la pasaba descifrando la manera de torcer la espiroqueta para provocarel milagro, lo hacía mientras su mirada se perdía en el manto estelar y de fondo sonaba el Laberinto mental, del Grito Silencioso, otra banda del subterráneo circuito que ya llamaba la atención de los promotores musicales del lugar (que eran dos).

El Duche nunca perdió el estilo, aún cuando muchos notaban que su obsesión estaba al borde de volverlo fuera de sí. Juraban que su talento realmente venía de un lugar lejano del universo, que se bañaba todas las noches con leche proveniente de las estrellas de La vía láctea y que en cada viaje de ácido que tenía su mente llegaba más allá de dónde las membranas oculares les permitían como especie. De ahí que su música sonaba siempre a futuro, nunca a pasado, siempre a años luz de la del resto.

Una ocasión en la que Z, el famoso vocalista del Grito Silencioso, bajó del escenario a medio toquín para pedirle a El Duche que lo dejara tocar su aparato de hacer ruido nomás para ver cómo sonaba. Éste le soltó una mirada furiosamente cautivadora, como era habitual en él, y negó apenas perceptiblemente con las antenas.

¾Nadie toca a Ziggy. Pronto acabará con todos.

El Duche siempre soltaba ese tipo de frases al aire. Cuando hablaba parecía que hacía una especie spoken word interestelar; fue por eso por lo que Z no hizo caso a la advertencia y continuó su camino pensando en que desearía tener esa aura de artista incomprendido y ese imán hipnotizante, que le dieran más valor frente al público y no lo hicieran verse obligado a cantar siempre de espaldas con El Grito, por la pena que le daba.

Pocos sabían que ese pensamiento obsesivo se había apoderado de la mente de El Duche y estaba a punto de llevarlo al límite. Siempre se quejó de que en Starbust nunca pasaba nada. Aborrecía las tocadas en las que la gente exigía ver bandas nuevas, pero cuando pedías más de 10 caracoles de cover, ya nadie se aparecía. Lo enervaban las bandas ultraterráneas que en búsqueda de la trascendencia se quedaban atrapadas en la idea de replicar un hoyo funky terrestre, en lugar de preocuparse mínimo por sonar bien. Algo dentro de él le decía que tenía, no solamente que salir expulsado de ese lugar a como diera lugar, sino que, si en el intento acababa de una vez por todas con la Kodak y con todo Starbust entero, para él mucho mejor. En ese lugar nunca pasaba nada. No tenía sentido continuar ahí y eso lo hacía alejarse cada vez más del subterráneo circuito y encerrarse en sus pensamientos de fuga.

Cuando finalmente pasó algo que todo el Starbust llamó “el hiatus de El Duche”, la escena local estuvo a punto del colapso. Nadie lo admitía, pero su principal referencia era El Duche. Marcaba la pauta, repartía el queso y le sobraba para ponerse experimental con cada cosa nueva que proponía para su grupo. Nadie podía seguirle el paso. Mientras todos lamentaban su ausencia, El Duche pasó 623 días y la mañana de su ansiado regreso, acomodando los oídos para que su aparato de hacer ruido finalmente hiciera lo que aquel viejillo que se lo vendió en el mercado de ácaros le dijo que era capaz de hacer y él pudiera cumplir con el verdadero propósito que lo trajo a este mundo: “Ser una estrella, volverse inmortal y acabar de una vez por todas con Starbust”.

Cuando llegó el día, todo estaba preparado para su regreso. Un cartel de lujo que le aseguraba ser el único que brillaría aquel mediodía. La promesa de su retorno brillaba en un nada equivocado flyer que aseguraba un show sin antecedentes. Para las doce del día, El Duche ya le habían sudado tanto las palmas de las manos que le daba miedo que la humedad hiciera interferencia electromagnética y su acto se echara a perder. El mono, – un amigo de la prepa que se había ganado el mote no por parecer chango, sino porque nunca pudo escuchar en estéreo debido a un defecto congénito que le impidió desarrollar su oído bífido-, llegó corriendo con un frasco de polvo de perseida que le había encargado El Duche. La futura estrella respiró profundo y cerró los ojos. Echó una mirada al cielo y se dispuso a conectar su cablerío.

Después de la larga espera y tras soportar los actos de dos bandas insufribles, el público mostraba ansiedad por ver a El Duche. Los más de 35 asistentes se inmutaron cuando la futura estrella al fin logró que el aparato retumbara entre sus manos. El sonido fue tal, que los asistentes no lograron contener las lágrimas. Miraban impávidos la centellante luz que salía a borbotones de entre las cuerdas y salpicaba las manos del músico. Su piel traslucida brillaba como nunca y un chorro de energía recorría su cuerpo cada vez con mayor empuje. Con más poder. Todo su cuerpo, sus uñas, sus dientes, su pelo, sus ojos, estaban llenos de electricidad. La luz comenzaba a desbordarse de su cuerpo. Se le salía por los poros, por los oídos, por los orificios nasales. Nunca dejó de mirar hacia arriba. Buscaba salir de ahí, llegar a la estratósfera. Con la mirada fija hacia el cielo, la luz finalmente salió de sus ojos proyectándose hasta allá, hasta donde él fijaba su mirada y lo logró. Voló. El estallido que provocó su transformación acabó con la Kodak y con al menos tres poblados de Starbust. El Duche finalmente se convirtió en estrella o en Polvo de Estrellas, como aquel viejo apodo de secundaria había augurado. El destello de tanta energía contenida fue tal que se alcanzó a observar en toda la galaxia y recorrió feroz todos los rincones del tk-MAC hasta llegar a la Vía Láctea. Una nueva estrella blanca lograba observarse en el universo, una supernova matóna.

Desde la tierra, un joven ataviado en su guitarra acústica logró observar el fenómeno desde aquel escenario en Cambridge, Inglaterra. Al parecer era el único con la sensibilidad suficiente para darse cuenta del destello proveniente de El Dragón, aquella tarde soleada. Pudo sentir el momento exacto en el que nació la nueva estrella, observó todo mientras hacía frente a la música y bailaba sobre el escenario. Aquel joven se llamaba David Bowie.