La verdad es que la cuenta ya se nos fue de las manos; el Covid-19 va prolongando su estela a lo largo y ancho del planeta. No importa para donde se mire… la lista es larga lo mismo se piense en Italia, que en España, China o los Estados Unidos. Acá, esperamos que lleguen las 7 de la noche para recibir una nueva dosis de muerte televisada.

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

Cada quien tiene que lidiar con sus propios muertos, ya sea porque los tenga en su entorno cercano o dado que sea seguidor de algunos de los muchos artistas que perdieron la batalla con este virus e incluso que fenecieron a causa de una enfermedad distinta. Nos ha tocado lidiar con todo tipo de pérdidas, pero no queda más remedio que capotearlas, que plantarles la cara para dar una nueva interpretación al porvenir, un futuro improbable en el que lo único seguro es que ya no estarán todos los que se nos adelantaron en esta aciaga temporada.

Pienso en ello debido al suceso que trajo consigo la existencia de Ghosts, el álbum con el que Margo Timmins y sus hermanos tratan de paliar el fallecimiento de su madre. Por supuesto que Cowboy Junkies arrancaron antes su duelo convertido en canciones y jamás imaginaron el estado del mundo para cuando editaran el disco. El caso es que aparece en medio de una tormenta existencial que ha azotado a la humanidad hasta la más profundo.

La madre de los Cowboy Junkies falleció en 2018 y no fue sino hasta el mes de marzo de este año que alcanzó su formato definitivo. Se trata de ocho canciones que, como es característico de la banda, hacen las veces de potros salvajes aptos para cabalgar las amplias planicies de la Norteamérica profunda.

En el country alternativo de los Cowboy Junkies siempre ha habido espacio para el blues lóbrego y el rock polvoriento; desde sus inicios han mostrado en sus piezas que saben del dolor y también acerca de la manera para que su música sea un poderoso tónico para hacerle frente a todo tipo de adversidades. El mero hecho de estar vivo duele mucho, es por ello que hay canciones que son perfectas para encauzar tales sensaciones y sentimientos.

Cuando una banda alcanza los 17 álbumes de carrera (a lo que hay que sumar 6 en vivo) hace patente que posee una química perfecta (que aquí involucra al tema familiar). Todo indica que estos canadienses están más allá del bien y del mal. Ya en los noventa tuvieron su tanda de fama a través de la versión que hicieron de “Sweet Jane” y al demostrarle a una industria obsesionada en gastar millones en la producción de un disco que ellos podían lograr un prodigio grabando con un solo micrófono ambiental.

Así lo hicieron en el célebre The Trinity Sessions, registrado en una iglesia de Toronto y editado en 1987; aunque, a decir verdad, ya habían utilizado el mismo método en Whites Off Earth Now!!, puesto en circulación un año antes.  Ellos saben hacer de la austeridad de recursos una herramienta creativa. A lo largo de una discografía notable es posible destacar especialmente la seguidilla de The Caution Horses (1990 y tal vez su disco más exitoso), Black Eyed Man (1992) y Pale Sun, Crescent Moon (1993).

En cada una de sus obras destacan esa voz profunda de Margo, ritmos narcóticos y guitarras fugitivas que parecen provenir de la medianoche. Casi que los imaginamos viviendo en granjas alejadas de las grandes urbes. De hecho, sin importar hacia donde se mueve la industria de música, el grupo toma sus decisiones a su propio aire: puede grabar 4 discos en tan sólo 3 años para conformar la Nomad Series (2010-2012) -que no está en Spotify- y luego abrir un lapso de 6 años entre disco y disco, hasta regresar con All That Reckoning (2018). 

Ahora se han concentrado en una sesión fantasmal que comienza como si estuviéramos escuchando una tormenta eléctrica que antecede a unas guitarras que no dejan de evocar a Lou Reed y que cobijan a ese torrente majestuoso que es la voz de Margo; “Desire Lines” es un magnífico augurio para el resto.

En Ghosts (Latent Recordings) resplandecen entre la oscuridad, en primer lugar “Breathing”, en la que luce a plenitud el piano, para luego ceder el paso a “Grace Descends”, canción en la que el bajo se convierte en una auténtica delicia. Lo que resta es que aparezca “(You Don’t Get To) Do It Again” para aportar la fuerza del rock a este homenaje familiar que ahora comparten.

Los Cowboy Junkies una vez más demuestran que son una banda a la que siempre es seguro regresar; su música es atemporal e intrigante. No les importa obedecer modas ni tendencias, hacen lo que les da la gana; sólo así pueden cerrar el disco homenajeado a uno de los grandes maestros del jazz en “Ornette Coleman”.

Aquí no hay drama ni desplantes excesivos; hay respeto total por la música y sus secretos. Son artistas consumados que no requieren mostrar su virtuosismo; más bien se decantan por obtener lo máximo con lo preciso. El fantasma de la muerte ronda a estás canciones, pero más bien nos atrae con sus sonidos y misterios.