Muchas expectativa gestó durante los últimos meses el estreno de ‘Once Upon a Time in Hollywood’, la más reciente cinta de Quentin Tarantino.

Buena parte de esta atención se debe al hecho de que esta cinta se ha visto rodeada por múltiples y encontradas perspectivas que van de lo histórico a lo políticamente cuestionable.

Pues bien, vale la pena decir que, como es su costumbre, Tarantino no busca complacer a nadie con esta nueva entrega.

Básicamente, podríamos definir a ‘Once Upon a Time in Hollywood’ como un crisol de momentos las cuales pretenden rendirle un homenaje definitivo a esa serie de elementos cognitivos y ontológicos que definen a ese fenómeno al que llamamos séptimo arte.

A lo largo de su narración le hacemos frente a una notable mezcolanza de géneros y estilos que no sólo se hacen presentes través de la trama, sino también mediante las propias capacidades materiales del celuloide.

Misma situación que recrea un millar de atmósferas que resultan igual de efectivas a pesar de sus respectivos contrastes.

Esta facultad permite a Tarantino insertar al espectador en una cápsula temporal en la que la esencia anímica de toda una época -así como de los medios que formaron su imaginario cultural- se ve capturada de forma cautivadora.

 



 

Deslindándose de todo tipo de imposición, Tarantino sale en busca de la belleza más brutal para hallarla trémulamente inscrita gracias a una serie de ejercicios estéticos los cuales transforman al dispositivo fílmico en un agente el cual busca escindir los cartílagos que definen al tiempo y al espacio.

Los últimos trabajos de Tarantino son piezas que corrigen la historia, auténticos hitos que reivindican -al menos en el plano de la ficción- la posibilidad de un “ajuste de cuentas con la historia”.

Muestra de este fenómeno son trabajos como ‘Bastardos sin Gloria’ y Django Desencadenado’.

Sin embargo, ‘Once Upon a Time in Hollywood’ hace gala de una calidez inusitada que la separa de sus antecesoras.

Misma situación que se ve referida de forma directa mediante el retrato que el director hace de Sharon Tate, actriz quien pronto se transforma en la encarnación por excelencia de una ternura generacional que pronto habría de sucumbir ante el propio peso de su fantasía.

Una vez más, Quentin se vale del montaje -ese infalible dilatador afectivo- para penetrar en la psicología del contexto histórico que pretende retratar.

Mismo ejercicio que deviene en una perspectiva omnisciente que nos permite tomar consciencia de la serie de mecanismos que definen tanto al devenir de una sociedad como a la biografía particular de las personas que le dan vida.

Sin embargo, lejos de quedarse con esta posibilidad -ya de por sí compleja- Tarantino se da la libertad de indagar en nuevas posibilidades sensibles que nos invitan a establecer contacto con aquellos entes quienes desaparecieron de forma intempestiva bajo los esbirros de situaciones insalvables.

Ésto no sólo a partir de las posibilidades de la narración, sino mediante una serie de elementos cuasi ritualistas que operan directamente sobre la substancia espiritual de nuestra sociedad.

El resultado: una maquinaria de ensoñación que nos permite reconocer y hacer las pases con nuestros muertos.

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