Por: Toño Quintanar

2006, durante el rodaje de Control…

Sam Riley enciende otro cigarro mientras los acordes de “Transmission”inundan el set de filmación. Un escenario de duela y una serie de artilugios de estética medianamente punk convierten a aquel lugar en el Rafters Club, venue en el que Joy Division tuvo una de sus tocadas más emblemáticas.

El actor se percibe nervioso, estresado. Interpretar a una leyenda es un reto verdaderamente agotador. La personalidad de Ian Curtis es un pececillo que a ratos se escapa de las redes de su entendimiento.

Es increíble cómo la vida pude apagarse de una manera tan sencilla. Sólo es necesario un instante de desaprensión e, instantes después, ya no sabes nada de nadie.

Los actores quienes interpretan al resto de la banda se encuentran instalados en el escenario; cada uno atacando su respectivo instrumento, jugando a que realmente son una agrupación de rock. Anton Corbijn les ordenó “ensayar” durante los descansos. Sólo así podrán interpretar sus respectivos papeles de forma convincente y…

“¿Me regalas uno, amigo?”

La voz es como una brisa fría; un susurro que, de tan delicado, termina por robarse toda la atención.

Riley alza la vista y se topa con unos ojos tremendamente expresivos. El joven intérprete no puede evitar pensar, por un segundo, en los mártires de las pinturas de Caravaggio. Un cabello minúsculo, casi cortado a rape, termina de insuflarle a aquella cara una apariencia de busto marmóreo.

 El tipo tiene un acento obscenamente característico de Manchester. ¿Quién es? ¿Algún extra quien llegó temprano? Se supone que ellos aún no pueden entrar al set.

“Claro… ”, dice el actor mientras alarga la cajetilla. El extraño se apodera de un cigarro y se sienta a su lado. La llama del encendedor dibuja en su rostro facciones monolíticas.

“Esos muchachos tocan bonito… ”susurra entre dientes mientras sus ojos revolotean por todos lados, posándose en los detalles más ínfimos del lugar.

Un agujero negro devora al tiempo mientras ambos fuman en silencio, completamente abstraídos, conscientes de la futilidad de cualquier charla. Sin embargo, una muda y enrarecida complicidad se extiende entre los dos.

“Gracias por el pitillo”, dice el sujeto momentos antes de levantarse.

Sam hace una mueca de despedida y se percata de que el extraño le está mirando fijamente a los ojos, como si tratara de introducirse en él: inocular alguna porción de sí mismo en la mente del actor. Por un instante, el rostro del tipo es un cráneo blanco y de cuencas abismales, como charcos negros.

Después todo se normaliza. El extraño se aleja con paso ligero y se pierde en la puerta de salida.      

Es él. Increíble que no lo haya reconocido antes. Ese perfil, los rasgos afiladamente difusos. ¿Cómo es posible?

Sam Riley nunca hablaría de esa experiencia, nunca dejaría que palabras sobrenaturales le prestaran cuerpo a ese desconcierto fantasma que, por un instante, germinó dentro de él como una membrana recién adquirida. Sin embargo, algo cambió a partir de ese día. Nunca volvió a tener problemas con su papel en Control. Sus interpretaciones eran exactas. Lucía como una copia al carbón del líder de Joy Division. Algunos llegaron a sugerir, divertidamente, que estaba poseído por el espíritu de Ian Curtis.

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