TXT: Toño Quintanar

Extraviarse en el espacio no es lo peor que puede ocurrirte. Nos es algo tan trágico, tan terrible. Simplemente te libras de cualquier tipo de rigidez y abandonas tu cuerpo a una serie de potencias siderales que parecen provenir desde lo más profundo de esa inteligencia creadora que, hace cientos de miles de años, expulsó a la Vía Lacta de sus entrañas como si se tratara de algún vómito ocre y perverso.

No importa si estás atado a la existencia del mundo terrenal -con esa siempre molesta gravedad que nos previene, a último minuto, de flotar en la más dulce de las ensoñaciones-, sólo basta con escuchar los primeros acordes de ‘Space Oddity’ para sentirnos como Major Tom: melancólicos pero también anhelantes, recelosos de abandonar nuestra vida en la Tierra, pero también decididos a indagar en aquellos secretos que persisten más allá de la bóveda celeste.

A lo largo de ‘Space Oddity’ la música pop y la ciencia ficción destacan como la mezcla más idónea, una suerte de amalgama indivisible que nos hace preguntarnos qué debió de haber sentido Neil Armostrong al momento de dar ese primer paso rumbo a un mañana inédito e imposible.

Es casi como si Stanley Kubrick, insatisfecho con los fraudes del alunizaje, se hubiera animado a componer un par de canciones folk.

Felices 50 años. Felices viajes siderales.

Saludos cordiales para David Bowie; no importa a cuantos años luz de distancia se encuentre de nosotros.