Hereditary: un mal viaje de esos que se disfrutan

TXT: Toño Quintanar

El terror más profundo no es aquel que proviene de las capacidades ilimitadas de lo desconocido, sino aquel que se gesta dentro del seno de nuestras relaciones más íntimas.

Los grandes clásicos del cine siniestro nos han enseñado que el mal es un agente infeccioso el cual es capaz de penetrar en los procesos más entrañables de nuestra cotidianeidad con el fin de transformar en algo extraño a aquello que antes se antojaba como nuestro único asidero de cordura verdaderamente legítimo. Mismo fenómeno en el que, por supuesto, descansa todo el impacto psicológico del arte macabro.

Este año, el director Ari Aster ofreció una representación sumamente aguzada de dicho asunto con Hereditary, debut fílmico el cual anuncia de forma explícita la adhesión de una nueva figura a ese panteón de jóvenes realizadores actuales quienes hacen de lo macabro el vehículo perfecto para abordar las condiciones humanas más complejas.

Mucho se ha hablado de la calidad de esta producción, a tal grado de compararla con la inmortal El Exorcista. La verdad es que, a pesar de que la cinta dista mucho de ser un parteaguas como lo fue en su momento la obra maestra de William Friedkin, sí ostenta una semejanza conceptual sumamente remarcable que nos remite de manera definitiva al efectivo terror “artístico” de antaño.

Al igual que la obra maestra protagonizada por Linda Blair, Hereditary nos pone en contacto con un temor muy real que se origina de la propia indefensión de nuestros seres amados ante una serie de potencias malignas que desean degradarles hasta el punto más cruento. Misma amenaza que no proviene necesariamente de una fuerza externa, sino de los propios vicios secretos que duermen en el linaje de todo clan.

Valiéndose de la disección pormenorizada y concienzuda de la institución familiar, Aster regresa el terror a su estado más transgresor con el fin de concebir una puesta en escena que, por momentos, recuerda a Dario Argento. Misma situación a la que se suma un planteamiento atmosférico que resulta decididamente angustiante.

La cinta tiene sus altibajos –resulta un tanto lenta incluso para una producción independiente-; sin embargo, éstos pueden pasarse por alto si tomamos en cuenta esa facilidad con la que logra introducirnos en una dimensión decididamente sobrecogedora. No hay sustos gratuitos ni tramposos, sólo una constante sensación de intranquilidad que se arraiga en las raíces más profundas de la carne.

 

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