Después de los eventos ocurridos en Iguala durante septiembre del 2014, los modos de relación entre el Estado mexicano y su pueblo se vieron alterados de manera irreversible. Aquella serie de modelos necropolíticos que durante décadas habían permanecido ocultos tras los bastidores institucionales finalmente quedaron visibilizados en la más aterradora de sus formas para anunciar que, efectivamente, el contexto actual al que se enfrenta nuestro país es un fenómeno sin precedentes.

Es precisamente bajo esta noción que surgen los grupos de autodefensa: organizaciones las cuales, tomando al destino en sus propias manos, se niegan a ser una víctima más dentro de las cadenas de abuso que dan sustento a aquella entidad monstruosa que algunos se han atrevido a denominar como: “narcogobierno”.

Guerrero es un estado que destaca como uno de los ejemplos más relevantes dentro de dicho fenómeno; mismo asunto que se debe en gran medida a esa amplia tradición de opresión y resistencia que ha sido uno de los principales denominadores dentro de su historia contemporánea.

Con el fin de documentar dicha situación, el cineasta Ludovic Bonleux se da a la tarea de escarbar con su cámara en los recovecos más profundos de la localidad guerrerense para extraer vestigios palpables de esa humanidad que ha sido pisoteada sin contemplaciones por los esbirros de la impunidad normalizada. Es así como surge Guerrero (2017), producción la cual se trasforma en un auténtico balde de agua fría el cual nos despierta a una realidad que destaca por su dantesca naturaleza.

Este trabajo se enfoca de forma particular en las labores de un grupo de activistas quienes, arriesgando sus vidas, reúnen esfuerzos con el fin de gestar una diferencia frente al océano de sangre en el que se ha convertido su estado.

Desde enfrentamientos con la policía, hasta exhumaciones en fosas clandestinas –muy probablemente, una de las secuencias documentales más desgarradoras que se han capturado en los últimos años- esta cinta nos sitúa de lleno en una lucha sin cuartel donde la esperanza es una tenue luz parpadeando en medio de la más avasalladora de las negruras. Sin embargo, muy probablemente, es esta misma resistencia la que supone el último aliento de cordura en un país que parece desentenderse abiertamente de la vida humana.

Sin duda alguna, una cinta que se vuelve obligatoria durante estas épocas electorales, ya que su discurso nos obliga a preguntarnos acerca de la validez de un sistema “democrático” el cual parece demandar nuestra ciega participación con el único fin de legitimar esa maquinaria de dolor que, durante los últimos años, se ha transformado en una de las constantes más férreas dentro del panorama nacional.