Corre, Rocker: una incursión a las entrañas del rock español

Por Juan Carlos Hidalgo

Quiero verla bailar entre los muertos, la cintura morena que me volvió loco; llevo un velo de sangre en la mirada y un deseo en el alma que jamás la encuentre”. Se trata de un fragmento de “La mataré”, una de las canciones más ilustres que emanaron de la década que cobijó a la polémica Movida madrileña (los ochenta). Su autor es Sabino Méndez, entonces guitarrista de Loquillo y los trogloditas; se trata de un músico cuyo manejo del lenguaje, sensibilidad y amplia cultura lo distinguieron de entre muchos otros miembros de su generación.

Sabino terminó por abandonar la banda debido a severos problemas con la heroína no sin antes dejar una larga estela de composiciones que se convertirían en auténticos himnos callejeros; sobresaliendo entre ellas “Cadillac solitario”: “Y hace un momento que me ha dejado, aquí en la ladera del Tibidabo, la última rubia que vino a probar el asiento de atrás”.

Con el tiempo, Méndez se desenganchó, prosiguió con sus estudios formales de literatura y terminó por probar suerte con el periodismo y se convirtió en un columnista afilado e incómodo. De ahí a que probara suerte con una novela había poco trecho. Literatura Universal (Ed. Anagrama, 2017) no fue su primera obra publicada, pero esta narración de largo aliento que recupera la historia de una tercia de amigos cercanos a aquello que se entendió como la izquierda dorada, allá hacía final de los sesenta, lo catapultó. Hizo un minucioso ejercicio de recreación generacional al que entreveró con un caudal de citas que van marcando la manera de contar la historia.

Literatura Universal obtuvo tal repercusión que la editorial decidió apostar con una reedición de un libro publicado originalmente en el año 2000, pero que no ha perdido nada de vigencia ni combatividad. De entrada, porque Loquillo –su viejo amigo juvenil y voraz líder grupal- no queda para nada bien parado en el texto, pero además porque se remonta a los ochenta con poco o nada de romanticismo juvenil; le apeteció contar con escaso glamour, pero ello no obsta para que desfilen por sus páginas: Alaska y los Pegamoides, Radio Futura, Gabinete Caligari, El último de la fila, Siniestro total, Glutamato Ye-Ye y Nacha Pop, entre tantos otros.

Tras la muerte del dictador Francisco Franco se dio un estallido cultural que agitó a España entera y que parece muy remoto en nuestros días: “Nuestra juventud, ese ámbito excesivo, discurrió en la patria de la exageración. Se encontró en el día cero de una sociedad que cambiaba sus estructuras, en un mundo que emergía de una oscuridad intelectual devoradora, de un paisaje gris de costumbres. Ese mundo fue la prehistoria del escenario en el que actualmente vivimos”.

Este libro abre la posibilidad para que una generación renovada de lectores se entere a través de un rockero atípico de cómo se gestaron las cosas a partir de esa coyuntura histórica y cómo es que se movían los músicos en aquellos años –en los que había que había que organizarlo todo-. Iban surgiendo salas de concierto, managers, agencias de representación, medios de comunicación e incluso los propios fans; de todo da cuenta un tipo al que le sobraba el tiempo libre y le encantaba fundirse con los bajos fondos, no sólo de la Barcelona de su residencia sino de cada ciudad por la que pasaban a tocar.

La reaparición de esta crónica personal se ha potenciado con la inclusión de un prólogo escrito por una figura principalísima de la novela negra, pero también alguien muy cercano a la cultura rock. En su texto, Carlos Zanón anota: “Corre, rocker, también habla de promesas rotas, del precio de los sueños, de la dificultad de madurar en un universo lúdico, destructivo, infantiloide, tan banal como emocionante. Del tedio. De la corrupción. De las tentaciones, del valor espurio de la caída. De la velocidad y de estar decidiendo cada día si apuras el envite o te quedas a un lado. Y habla también de la lealtad, del miedo, del silencio y del ruido”.

Por supuesto que el compositor de “Carne para Linda” y “El rompeolas” no podía evitar tratar el tema de su propia adicción –que se agudizaba progresivamente-, pero para sorpresa de propios y extraños su visión no es tan amarga ni tan fatalista: “Anfetaminas, cocaína y heroína dan la sensación de afectar más bien a nuestro complejo entramado de radares exteriores, excitándolo o sedándolo. Ninguna de las dos predisposiciones puede variar el fondo de valores estéticos de cada cual… Valga solo para recordar que hablo de una interpretación sensorial personal. La capacidad de tolerancia y la receptividad de la constitución d cada cual puede introducir variantes en el resultado. De cualquier manera, mi veredicto es que la ingestión de estupefacientes ni suma ni resta nada a la tarea artística como no sea tiempo para concentrarse en ella”.

No teme soltar nombres propios mientras alterna anécdotas delirantes y va escanciando reflexiones acerca de la manera en que va asimilando y entendiendo la existencia; en cuanto a ese repaso autobiográfico se distingue por mostrarse implacable: “Me veo como un insolente expunk adolescente de veintipocos años que vivía prácticamente en los hoteles, que adoraba a los maestros indigentes del blues, que viajaba a las actuaciones con un inmenso equipaje de grabadoras, libros, guitarras y libretas donde preparaba los próximos discos y que funcionaba como una máquina soltera”.

Corre, rocker también se destaca por la fuerza y riqueza de su prosa; no es usual leer a un músico con tan vasto bagaje cultural y al que le encanta incluir referencias e ideas de otros autores –muchos de ellos provenientes del entorno clásico-. Por si fuera poco, la parte final en la que revisa el ejercicio mismo de la escritura desvela a un pensador muy puntual y acucioso, que además está convencido de que las tradiciones y disciplinas de mezclan gozosamente: “El ordenar palabras es una línea continua que arranca en la noche de los tiempos y jamás se ha detenido, atravesando a todos aquellos que se han acercado a ella. Desde Homero a Chuck Berry, desde T.S. Elliot a Kiko Veneno”.

Nacido en 1961, Sabino ha vivido a tope, logró conocer los secretos que oculta la guitarra y también los recovecos de la escritura. No parece que se trate de un texto aparecido hace 18 años; ¡vamos, que está más beligerante que nunca! Depositó las entrañas en un arrebato juvenil que lo llevó a la cumbre del rock español, luego los excesos casi le cobran el peaje definitivo, pero consiguió saltarse esa caseta y hoy está de vuelta para mirar a la distancia con sabiduría: “En torno al rock –a su glamour, su voluntaria extravagancia, su insurrección- se agruparon los epígonos de los movimientos afines a la rareza. Eso supuso el final de la nueva ola como nosotros inicialmente la habíamos conocido…”.

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