¿Dorohedoro o The Midnight Gospel? Ésa es la cuestión.

Debo de comenzar este texto declarando que, a pesar de ser un adulto a quien ya comienzan a rechinarle las rodillas, mi género cinematográfico favorito siempre ha sido -y será- el animado.

Como es de suponerse, este gusto es herencia directa de una niñez salpicada por los colores sugerentes -muchas veces lisérgicos- engendrados por una industria cartonera la cual definió en gran medida el imaginario gráfico de los ochenta y noventa.

Por lo tanto, resulta lógico que muchos de mis conocidos más arraigados se sorprendan gravemente cuando les comento que The Midnight Gospel, simple y sencillamente, no me ha “fascinado” igual que a muchos de mis coetáneos amantes del formato animado.

La razón es bastante sencilla. The Midnight Gospel es un majestusoso despliegue de perfección audiovisual. Cada secuencia, cada encuadre, es una potente muestra de las capacidades metafísicas que se esconden detrás de esas herramientas técnicas que forman parte de la tradición animada. Misma situación a la que se suma un debate filosófico de lo más potente. Sin embargo, mi problema con la serie creada por Pendleton Ward y Duncan Trussell radica en su propensión a los enfoques “pedagógicos o diácticos”, mismo asunto que se debe principalmente al formato de entrevista que es característico del show.

A lo largo de los 8 capítulos de The Midnight Gospell acudimos a una modalidad narrativa que, en lo personal, no me permite sentirme absolutamente inmerso en la contundencia alucinante de la serie debido a que, por momentos, me siento “dividido”; forzado a interiorizar y digerir el discurso filosófico que se está gestando entre entrevistado y entrevistador mientras que lo que realmente quiero es perderme de manera definitiva y libre en el despliegue visual de la producción.

Ojo, no se trata de una “renuencia” a “pensar o a reflexionar acerca de temas profundos”, sino simplemente de un hastío ante esa “madrastra malvada” que es la moraleja. No me convence el añadido “educador” de la serie; esa volubilidad moralina que, por momentos, parece transformarla en un “Plaza Sesamo en drogas”.

En pocas palabras, para mí ver The Midnight Gospel equivale a estar atrapado en una charla existencial con ese tipo odioso de la fiesta quien, demasiado bebido o drogado, te obliga a tragarte todo su monólogo intelectual sin dejarte siquiera chistar.

No me malentiendan, esto es sólo una opinión MUY PARTICULAR. A pesar de mis problemas con The Midnight Gospel es imposible negar que se trata de un ejercicio perceptivo de lo más potente, interesante e innovador.

A manera de contraparte, me gustaría recomendar Dorohedoro, serie de ánime -también disponible en Netflix- la cual me parece mucho más atractiva debido a que, precisamente, está regida por el sin sentido más absoluto y vulgar.

Y lo que pasa es que esta serie es una auténtica inyección de adrenalina; una joya negra de los dibujos animados que opera directamente sobre nuestra entrañas para inducir legítimos estados alterados.

El diseño visual es una auténtica alucinación en movimiento la cual permite la inclusión de todo tipo de género -horror, comedia, gore, fantasía, cyberpunk, noir– para proponer un producto hiper-cargado el cual amenaza con estallar de forma abrupta en cualquier momento.

El principal acierto de Dorohedoro es su ausencia de discurso, esa violenta legitimidad con la que nos invita a vivir emociones profundamente arrebatadoras y brutales.

Inclusive, el propio carácter anticlimático de esta primera temporada se antoja como un propio síntoma de ese modelo anárquico, completamente libre de restricciones conceptuales, que debería de ser el verdadero estandarte de toda producción de tintes surrealistas.

Su propuesta visual es completamente agresiva, una auténtica oleada multicolor que, por momentos, se antoja capaz de reproducir esas náuseas deliciosas que son propias de la experiencia alucinógena.

En conclusión, creo que mi principal problema con The Midnight Gospel es que me parece demasiado “ñoña” -pedante a ratos- en comparación con otras series de animación occidental. De hecho, difícilmente la preferiría sobre cualquier vástago de Adult Swim. Por otra parte, Dorohedoro, al provenir de una tradición animada decididamente transgresora -en Oriente no se andan por las ramas-, se permite llevar a un nuevo nivel la experiencia surrealista supuesta por el formato animado.