TXT: Toño Quintanar

El cine, al igual que el resto de las artes, es un reflejo de la sociedad. No debe de extrañarnos que sus monstruos, las criaturas sobrenaturales que se arrastran vengativas en la pantalla, sean una apología de las ansiedades colectivas de una determinada época.

A diferencia de la gran mayoría de los espantos que han marchado por el séptimo arte, el zombie es huérfano de un universo literario que defina su naturaleza. Su origen se remite a la tradición oral, a la magia del vudú y al folclor haitiano.

Las leyes de la vida y la muerte se ven quebrantadas, rotas de tajo por este ser transgresor que se niega a descansar en el olvido de la tumba.

Su figura y significado han sufrido una evolución que parece ir de la mano con las ansiedades de la sociedad que lo engendra. En un principio, lo hayamos como un ente visiblemente ajeno a la normalidad occidentalizada. Un ser cuyo origen pagano se contrapone de forma directa con la concepción norteamericana del bien y que, de forma automática, lo transforma en una encarnación del mal. Es por eso que, en el temprano cine de zombies, los sucesos se desarrollan en lugares que son ajenos al orden norteamericano y que ayudan a construir un código binario mediante el cual el espectador es capaz de diferenciar la normalidad (los hombres blancos, provenientes de una cultura supuestamente “civilizada”) y la anormalidad (hombres de color quienes abrazan una serie de creencias “bárbaras y obscuras”).

Ejemplo de esto son White zombie (1932)  y Yo anduve con un zombie (1943). Situadas en Haití y en Antillas respectivamente, el terror de estos filmes se enfoca en las inquietudes más inmediatas de su contexto histórico: la amenaza de lo ajeno, de lo extraño, de aquello que se diferencia de lo común de forma abierta y sin concesiones (comunismo, homosexualismo, feminismo). Preocupaciones de una sociedad ingenua que tenía la firme convicción de que el bien y el mal jamás podrían cohesionarse.

Todo esto cambió cuando, en el delirante año de 1968, George A. Romero presentó su magnífica cinta titulada La noche de los muertos vivientes. El zombie había dejado de ser una criatura francamente incorrecta para volverse una metáfora de la sociedad norteamericana. Los muertos vivientes ya no se encuentran aislados en una región tercermundista, sino que se pasean libremente por las ciudades estadounidenses, devorando a sus vecinos y compatriotas. Fresca perspectiva del fallo del capitalismo que, durante aquella década, ya era objeto de desconfianza y protesta. La sociedad estadounidense se reconoce a sí misma como un monstruo que devora de forma indiscriminada e inconsciente.

Es imposible separar al monstruo del humano, ya que no se sabe donde comienza uno y termina el otro. La normalidad y la anormalidad que antes eran capaces de ser reconocidas de forma inmediata ahora se cohesionan en un mismo ser. Existe una epidemia que convierte a cada individuo en un posible candidato capaz de unirse a la masa errante que actúa sin razonamiento. Basarse en las apariencias visuales ya no es confiable. Cada individuo es un asesino potencial, sin importar su color de piel.

La presencia de los humanos no infectados dentro del filme sólo aumenta el pesimismo del mensaje. La naturaleza de éstos (racista, misógina, violenta) les lleva a cometer actos que no los hacen mejores que los propios zombies de los que pretenden escapar. Clara apología de Romero a la ruptura de una sociedad norteamericana la cual, para combatir un mal, se transforma en un monstruo aún más aberrante que el primero. Al mismo tiempo, el escenario de la granja donde los supervivientes se refugian se torna en un símbolo de tétrico poderío. No es de extrañarse que Romero haya elegido uno de los lugares más representativos de las tradiciones sureñas estadounidenses para montar en escena la muerte de la sociedad occidental. El espacio de la granja se torna una representación del seno familiar norteamericano, mismo que, lejos de ser un lugar seguro, se torna un testigo de los peores defectos de esta nueva comunidad cuya imposibilidad para convivir producirá conflictos, intolerancia y, por último, su destrucción.

George A. Romero nos hace una pregunta muy simple: ¿Qué es lo que nos vuelve humanos en un mundo donde este concepto parece haber muerto?

 

 

 

 

 

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