12 de julio de 1998. Yo tenía 10 años de edad. La final del mundial de futbol estaba en pleno apogeo. Los contrincantes ese día: Francia y Brasil. Ambos equipos estaban a punto de irse al descanso intermedio del duelo cuando mi madre me obligó a acompañarla a la panadería a comprar pan para la familia. Le rogué con tal de no ir. ¡Y con razón!
TXT:: Victoire Sidhoum
Salí de casa y, apenas cerré la puerta, un rugido resonó por todo mi pequeño pueblo. Zinedine Zidane volvía a anotar a gol. El marcador: 2-0 a favor de Francia. Estaba destrozada, me lo había perdido. Mi madre y yo encendimos la radio en el coche. ¡GOOOOL! El grito sonó a todo volumen durante segundos que parecieron minutos.
Fue la primera vez que mi corazón dio un vuelco por el fútbol. En ese preciso instante comprendí que sería muy importante en mi vida gritar ¡gol! a todo pulmón, tan a menudo como fuera posible. Porque es algo primario, es un segundo vagitus (nada qué ver con las partes íntimas femeninas; éste es el nombre del primer llanto de un bebé al nacer).
De modo que así mi primera emoción con el fútbol: un sonido. Un grito al unísono. Porque el fútbol se construye sobre variados ruidos, desde la falta de aire del jugador después de noventa minutos corriendo que se traduce en la imagen de la afición animándolo; hasta el grito de ¡paf! que brotaba de la garganta de mi padre cuando llegaba un gol. Esto sin dejar atrás los gritos de todas las formas y tamaños que tienen lugar en las gradas cuando el balón es pateado. También hay sollozos, a veces; gritos de alegría, la mayoría del tiempo.
El futbol significa una canción universal hecha de onomatopeyas. Esta canción no varía mucho de un país a otro porque la música del fútbol es universal, porque todos animamos de manera similar. Lo interesante, y donde reside la verdadera esencia del juego, está en los himnos que escuchamos para luego recordarlos. Cómo nos conmueven. Y no se trata sólo de los himnos nacionales que se cantan antes del partido, sino también de los que inventamos, sean oficiales o no.
Mi playlist futbolera incluye “O fortuna”, de Carl Orff; “Strings of life”, de Derrick May; “Pay to cum”, de Bad Brains; “Storm II”, de GENER8ION con Yung Lean; “Spacious thoughts”, de N.A.S.A. con Kool Keith y Tom Waits; “México 70” de Pérez Prado (¡nunca pasa de moda!); y el número 1 indiscutible, por muy cursi que suene después de haberlo escuchado mil veces, el himno clásico del fútbol universal: “Seven nation army”, de The White Stripes. ¡¿Quien no se la sabe?! Espero que Shakira nunca nos vuelva a echar a perder la fiesta y que encuentre fuerza en el silencio.
¿A alguien le ha pasado algo similar? Algo como lo que conté, cuando mi madre me obligó a subir al coche el día de la final de 1998 y me quedé sin pantalla para ver el segundo gol de Zidane. Aquella fue una experiencia única que me dijo mucho sobre el poder de las palabras, y todo gracias a la emoción en la voz del comentarista, a su esfuerzo por involucrarme en un partido que no podía ver. Esa voz, fue una canción en sí misma también, parte de la sinfonía del fútbol que tanto nos hace sentir.
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