Recientemente HBO Max estrenó Woodstock 99: Peace, love, and rage, un documental que, cuando menos, dividirá audiencias y que desde esta plataforma, con el fin de simplificar posturas, abordaremos resaltando exclusivamente sus principales aciertos y errores.

TXT:: Toño Quintanar

Lo bueno (el legado audiovisual)

Definitivamente lo mejor de esta cinta, como suele ocurrir en la gran mayoría de los documentales de rock, es su material de archivo, mismo que nos sumerge de manera casi holística en la atmósfera surreal que se vivió durante aquellos tres días que, en buena medida, significarían el fin de los años 90. Con esto no sólo me refiero a los videos de las presentaciones de las bandas -algunos verdaderamente electrizantes-, sino también a momentos clave en los que el público deja al descubierto los alcances de un fenómeno que sólo puede describirse como “frenesí de masas”. Lejos de resultar románticas, muchas de estas secuencias se antojan verdaderamente sobrecogedoras. Es precisamente en tal impacto donde radica su valor.

Lo malo (el enfoque pedagógico)

Woodstock 99 fue, en buena medida, una de las tragedias más grandes dentro de la historia del entretenimiento. Un recordatorio permanente con respecto a lo que puede ocurrir cuando la falta de logística y la codicia alcanzan niveles de negligencia. De esto dan fe los cientos de mujeres que sufrieron de abuso sexual a lo largo del festival. A pesar de que este acontecimiento reclama un enfoque decididamente antropológico que escarbe de manera seria en el cúmulo de circunstancias que dieron como resultado uno de los momentos más infames en la historia de la música, los productores del documental sostienen un enfoque reduccionista e infantil que culpa directamente a bandas como Limp Bizkit de enarbolar un discurso violento. De esta manera, el documental criminaliza de forma directa a productos culturales que no son más que el síntoma de un momento sociocultural especialmente volátil.

En ese sentido, Woodstock 99: Peace, love, and rage no sólo se antoja moralino respecto al discurso del nu metal, sino que también se da la libertad de ensañarse con sus parámetros técnico-musicales ya que, según su discurso, bandas como Korn se apropiaron de manera irrespetuosa y frívola de ciertos rasgos culturales de la música negra para incluirlos en una licuadora de culturas tóxicas occidentales. Declaraciones como las de un Moby especialmente resentido con el trato que recibió durante el festival no son más que un ejercicio de pedantería que abona para calificar al nu metal como música primitiva dirigida a jóvenes incultos e insensibles. Estas afirmaciones resultan escalofriantemente similares a las de los baby boomers que actualmente se quejan de la música de Bad Bunny.

En realidad, Woodstock 99  merece todo tipo de críticas; sin embargo, culpar a la música de sus desaciertos no hace más que reproducir un ánimo colonial propio de moralistas conservadores que prefiere censurar al arte, al cine y los videojuegos antes de cuestionar detonantes psico-sociales, la verdadera causa de las grandes tragedias.