A, Vives en las cintas que me grabaste, la novela autobiográfica de Rob Sheffield (1966) uno no puede sino otorgarle todo su amor al terminar su lectura y estarle profundamente agradecido Al menos todos aquellos que amamos la música –casi por sobre todas las cosas. Hay quienes definen el fútbol como: “lo más importante de lo menos importante”; sin problema, nosotros podemos sustituir a la música por el deporte, pero todavía más allá, consideramos que no está en “lo menos importante” sino que es un elemento esencial para explicar y conducir la existencia.

TXT: Juan Carlos Hidalgo

Esta historia arranca en marzo de 1993 y tiene como escenario a la provincia profunda de los Estados Unidos; justo en el pináculo de aquello que se llamó “La nación alternativa”. Un momento específico en que no sólo el grunge estaba en lo más alto, la neopsicodelia madchesteriana también se dejaba sentir y el hip hop ya había estallado con toda su virulencia; en los bajos fondos, la electrónica comenzaba a escalar. Por todo ello, nuestros jóvenes post-millennials ahora se asoman con fascinación a aquellos años de crisis social y política y con la necesidad de que la música –como fenómeno cultural- diera una férrea batalla para poner en el debate público diversos reclamos.

Los que ya vivimos esa década a toda intensidad ahora nos embriagamos de nostalgia; los que no pasaron por ahí, sienten atracción justificada. En esta Vives en las cintas que me grabaste nos centramos en la reconstrucción de una intensa relación amorosa que se quebró con la súbita muerte de la Renée, mientras Rob Sheffield la recuerda a partir de muchísimos casetes que rememoran escenas, viajes y estados de ánimo de la pareja. ¡De verdad que esas cintas son maravillosas! En ellas podían coincidir The Smiths, Belly y L7 en el mismo Lado A con Whitney Houston. Y es que ambos, melómanos y gente de radio, se movían a partir de una pasión desbordada y ni siquiera existía una pretensión de ser eclécticos; simplemente dejaban que la vida, los recuerdos y los temas fluyeran.

Al día de hoy el destino nos juega una curiosa broma; todavía cuesta creer en el regreso de una banda tan gloriosa como Pavement, que se dará el año que viene, mientras en la novela la pareja decide considerarla como su artista absolutamente favorito; de hecho, la primera canción que suena en esta historia es “Shoot the Singer”, conducida por guitarras sinuosas y algo destartaladas, más la voz de Stephen Malkmus.

Pero ya mencionamos a la nostalgia, al amor y la música, falta la muerte; no debe ser sencillo ser un viudo en la treintena y más cuando amabas profundamente a tu pareja. Aquí hay un hombre que queda hecho trizas, que inevitablemente cae en un hoyo, del que deberá salir para inventarse otra vida. En aquel momento era profesor y locutor, años después es un destacado periodista de la Rolling Stone y autor de reconocida trayectoria (en la que destaca On Bowie).

En Vives en las cintas que me grabaste no hay ficción, sino el seguimiento puntual de los acontecimientos; una guía sentimental del derrotero de Rob, que explica con detalle cada vivencia a partir de ese cúmulo de cintas con las que ella lo llenaba todo. Esas grabaciones son un mosaico, casi alucinado, en el que están presentes Led Zepellin, Prince y Gary Numan, pero también Donna Summer, Aerosmith y cantidad de señeras figuras del viejo country. No hay límites ni pretextos para no dejarse llevar por las canciones; lo mismo valen R.E.M. y Ricky Lee Jones que la ELO y Fleetwood Mac.

Cada elemento encaja en lo que parece ser un manifiesto explicando el pasado: “La música de los noventa me pone sentimental. Es lamentable, lo sé, pero me gusta. Toda. Para mí los noventa fueron la mejor época de la historia de la música, incluida la que entonces detestaba, las canciones que me daban retortijones”.

Nadie puede negar que Vives en las cintas que me grabaste (Blackie Books) es una obra norteamericana por donde se le vea. Y no sólo por su repertorio; él era un nerd procedente de Boston y ella una punk con orígenes en los montes Apalaches. Desde Carolina del Norte atestiguaban un momento tan estimulante y en el que cabían por igual Kurt Cobain, Notorious Big y Shania Twain.

Con una baraja musical tan amplia, al final lo que importa más es el recorrido al interior de una relación de pareja entre dos melómanos que intentaban arañar el futuro para quedarse con algunas resmas para ellos mismos. Una embolia pulmonar lo cortó todo de tajo y tiempo después Rob decide rendirle un homenaje a partir de aquellas mixtapes que preparaban juntos o por separado: “Nada te conecta tanto al momento como la música. Cuento con la música para que me devuelva al pasado; o, más concretamente, para que la traiga a ella al presente”.

Vives en las cintas que me grabaste

En modo alguno podríamos afirmar que se trata de alta y culta literatura –ni falta que hace-; uno obtiene una altísima recompensa cuando encuentra un libro absolutamente entrañable, y este lo es. El amor que los juntó conmueve al tiempo que reivindica a grupos casi olvidados como Big Star. Que nadie niegue lo envolvente que resulta la nostalgia: “Cuento con mis amigos para que me recuerden que lo que empezó en los noventa no ha muerto del todo, que la lucha de esos años no se ha perdido del todo, y que el futuro no está escrito”.

Cierto, todavía damos batalla los miembros de una generación que siente y vive de ese modo –hay tantísima complicidad-; todavía nos pertrechamos en una trinchera llena de idealismo, aun sabiendo que la suerte está echada; para ello tenemos a las canciones como bálsamo, como remedio infalible. La música sigue siendo un escudo impenetrable para quien cree en ella.

Así lo deja en claro Rob a propósito de “Killer Parties” de The hold steady: Joder, todos los que oímos juntos esta canción vamos a echarnos de menos cuando muramos. Cuando muramos nos convertiremos en canciones, nos escucharemos mutuamente y nos recordaremos unos a otros”.

Porque si el amor no puede ser eterno, siempre nos quedará la música.

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