Velomic es una banda de death metal fundada en el 2010 en la Ciudad de México. Surgió como un homenaje a las culturas ancestrales y profesa un gran amor y respeto por éstas. En su biografía escriben que “musicalmente, pretende ser una aleación de sonidos étnicos y metal, esto es logrado a partir del uso de instrumentación y ritmos ancestrales con el poder de la música metal”. 

TXT:: Luis Jasso

El objetivo es hacer que la sociedad actual se sienta orgullosa, que retome y valore su pasado y respete profundamente la herencia cultural producto de éste. Velomic se autodenomina como metal mexhica (“prehispánico”) por la región geográfica en la que se desarrolla y los temas contenidos en el mismo. Se enfoca en el enaltecimiento y exaltación de las culturas madre a partir de letras enfocadas a la cosmogonía, leyenda y sociedad de las mismas, así como el uso de ritmos e instrumentación, los cuales crean una atmosfera de respeto y orgullo entre los escuchas.

En estos días lanzaron ya la segunda parte de su nuevo disco Yoloyaocuikatl, y hay partes que quedan muy representadas con lo que dice la biografía, y otras que no tanto. La parte del mensaje en las letras es totalmente correcta, son textos que enaltecen las tradiciones antiguas. En lo musical, este disco tiene un par de temas (sobre todo “Mexhica” y “Transmigración”) en donde si se aprecian algunas percusiones y alientos que parecen sonidos de caracoles de mar por ejemplo, y algunos cascabeles tipo bota que usan los danzantes que personifican a la cultura azteca. La atmósfera prehispánica también está ahí.

Sin embargo no es una banda que fusione tantos instrumentos y sonidos ancestrales. Es más un death lento y pesado con dos tipos de voces guturales que narran aspectos del México antiguo que una versión extrema de Jorge Reyes, por ejemplo.

En ese sentido, su death metal es corrosivo, crudo y macizo y si bien no olvida la melodía, tampoco la usa como punta de lanza. Es decir, no son riffs que progresan hacia otros caminos guiados por pasajes melódicos sino riffs machacantes y precisos, con guitarras afinadas en tonos graves que le quitarán la sonrisa a cualquier recién llegado al metal extremo que aún no se haya arrastrado entre vísceras, lodo y sangre. 

Es entonces un material brutal, quizás un poco corto en cuanto a producción (no le vendría mal por ejemplo engordar el sonido en torno a las guturales para que suenen más cavernosas y menos “crudas”), pero con la contundencia necesaria para relatar la cosmogonía de aquellos que sacrificaban enemigos arrancándoles el corazón con dagas de obsidiana.