No podemos quejarnos los habitantes del 2020 de falta de estimulantes históricos. Debemos sentirnos dichosos al respecto. Estamos entrando en la inédita primera era humana de la vacunación global.

Pandemias ocurren desde la antigüedad, al poquito de inventarnos la pre burguesía, la sociedad sedentaria y acumulativa. Pero utilizar vacunas contra éstas en los cinco continentes jamás había sucedido. Hasta ahora las vacunaciones habían sido regionales, generacionales, estacionarias. Esta será intergeneracional, inclusiva, mundial y paulatina.

Los gobiernos planean acelerar la vacunación de la población. Hoy Gran Bretaña fue el primer país en dar el ok. En pocos días se sumarán otros estados. Ayer el subsecretario mexicano de salud dijo esperar poder empezar el proceso antes del 2021, para lo que quedan 19 días. El alto cargo gubernamental añadió, textualmente: “usando estas capacidades de las Fuerzas Armadas estaríamos en capacidad de vacunarles de forma expedita”. La utilización del término “expedito”, cuyo significado es “sin obstáculos ni freno”, en la misma frase que “Fuerzas Armadas” genera un elevado nivel de dudas sobre si será obligatorio, o no, vacunarse. Desde luego el instrumento intimidatorio sistémico ya está  incorporado en el mismo mecanismo.

Una señal nos la da la aprobación en el Senado a finales de septiembre de una iniciativa para que sea obligatoria la vacunación a menores. Con la promulgación de esta ley, si no se cumple la disposición de manera deliberada, las autoridades podrán tomar acciones a través de la procuraduría de protección de niñas, niños y adolescentes. La ley establece que todo residente mexicano tiene la obligación de aplicarse las vacunas incluidas en el Programa de Vacunación Universal. Los que hoy dicen afirmar no estar dispuestos a vacunarse, puede que tengan su primer evento orwelliano con el sistema. La vacunación va a ser más centralizada y federal que las Siete Leyes del General Santa Anna, a las cuales les iría muy bien el nuevo trabajo drónico de Vādin’s, titulado Taiyō. Experimentación digital afinada a estos tiempos en los que el experimento vence a la certidumbre.

Muchos insumisos de la imunización  pertenecen a las nuevas corrientes místico burguesas negacionistas, tipos convencidos y señoras llenas de energía, mesías de la red, que se suman a comunidades como la ultra ortodoxa judía neoyorquina que en 2019 provocó un brote de sarampión en Brooklin por su negativa a ser vacunados. Otros reticentes simplemente activan su sentido crítico al recordar las palabras de los responsables de salud, y los especialistas, meses atrás, cuando hablaban de cinco o cuatro años para conocer todos los efectos producidos por una posible vacuna en el cuerpo humano. El mismo subsecretario López Gatell, un pura sangre dialecto, en mayo, dijo que en un escenario optimista y “con ayuda de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se podría reducir este tiempo, quizá a dos años o tres”. Pues resulta que por arte de birlibirloque han sido siete meses.

El par estadunidense de Gatell, Anthony Fauci, mucho más optimista, señaló algún momento de 2021 para disponer de la vacuna. Tiene pinta el siguiente en dar su visto bueno será EEUU. Si es así el defenestrado Trump ganará la previsión de cuándo estaría la inyectable solución.

Seth Berkley, Director Ejecutivo de Gavi, la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización, en una entrevista en febrero de este año al diario ABC declaró que “en situaciones normales, la producción de una vacuna hasta su aprobación tarda entre 5 y 10 años, y aquí estamos hablando de tan solo 12 meses”. Finalmente no han sido ni seis meses. Es lógico que un ser cabal dude sobre la idoneidad de plantarse en la sangre dosis de inmunidad “sobrehumana”, como admirativamente ha catalogado Enric Topol, cardiólogo, genetista e investigador estadounidense, en un estudio en la revista Nature, a las vacunas anti Covid, debido a que “la respuesta inmunitaria que generan es superior a la que genera la infección natural”.

Desde luego será interesante este experimento genético a escala global que nos va a asemejar los unos a los otros más que la Coca Cola. Para asegurarse que esto sea así existe el Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19 (COVAX, por sus siglas en inglés). Una iniciativa público-privada para facilitar el acceso a las vacunas contra Covid-19 de manera “equitativa” en el mundo. La institución surge de la colaboración global del Acelerador del acceso a las herramientas contra la covid-19 (ACT Accelerator en inglés), fundado en abril de 2020, constituido por Gobiernos, organizaciones internacionales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Banco Mundial, la Alianza para la Vacunación (GAVI), la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI), el Fondo Mundial, la Fundación Bill y Melinda Gates, el Fondo Wellcome, la Fundación para Nuevos Diagnósticos Innovadores (FIND), y Unitaid.

Su objetivo que la vacunación no deje ningún país fuera de su implantación.

Los avispados críticos que imaginen una salida aérea, una huida de la vacuna, avisarles que hace unos días, Qantas, la aerolínea bandera de Australia, de la mano de su director ejecutivo, Alan Joyce, explicó que su empresa ya trabaja en hacer los trámites necesarios para poder exigir un certificado de vacunación a sus pasajeros. La medida está siendo estudiada por más compañías aeronáuticas y sus alianzas. Así que mejor poner el brazo como Lou Reed en los 70 y esperar la cosa no pase de un mal viaje.