¿Cuándo aprendimos a ver con lucidez desde las sombras, como sentenciaba Pizarnik? En una época dopada por la inmediatez (donde la sociedad rinde culto a personalidades vacías pero seguras y el afecto se diluye entre modismos en inglés), mostrarse vulnerable parece un suicidio social. Siguiendo el contexto, desde Buenos Aires, se construía quién le haría frente a ese contexto. Tras haber marcado el pulso en una banda de ska, Guido Carmona decidió matar la vergüenza, desnudarse del ego y reconstruirse bajo el nombre de: Un Muerto Más.
Sabiéndose una cifra más en medio de una multitud herida, sube al escenario a compartir sus ruinas a través de la prosa, el teatro y la canción de autor, sentenciando la cobardía del testigo al recordar que “quien no arriesga, no ama”. Durante su paso por México, nos sentamos a platicar con él a través de una mirada transparente que dejaba ver la mente de un ser humano vulnerablemente artístico, conversamos sobre el peso de los duelos, el amor, la trampa del aislamiento y esa extraña catarsis donde la tristeza privada, al compartirse entre cientos de desconocidos, se vuelve infinitamente más liviana.
¿Qué tuvo que morir en ti para que naciera Un Muerto Más?
Creo que tuvo que morir un poco de vergüenza, un poco del ego también. Y al mismo tiempo morir y revivir muchas cosas, porque creo que se trata de eso. Siento que todos morimos constantemente y tenemos que aprender a revivir. Fueron muchas cosas que murieron, pero que al final revivieron de otra forma.
¿La vulnerabilidad tiene algo que ver con el anonimato del nombre?
Sí, creo que hay una vulnerabilidad y un impacto que tienen mucho que ver con la vida misma. La calle tiene mucho impacto y mucha vulnerabilidad, pero también tiene algo de esconder eso que nadie ve. Este proyecto lo que busca es mostrarse vulnerable si es necesario: mostrarse dolido, con el corazón roto, y mostrar cuál es el proceso para rearmar todo eso. Hoy en día las redes sociales y el mundo hacen que todos nos mostremos de una forma muy segura, de que todo es felicidad y éxito, cuando por dentro sabemos que eso es una pantalla. A mí me gusta trascender de ese lugar a otro.
Pasaste del ska a este tipo de proyecto y en una Argentina dominada por el trap y el rap… ¿Por qué elegiste la canción de autor?
Porque estaba en un momento donde ya había participado mucho en una banda, había escrito sobre un montón de cosas que me encantaban y tenía ganas de conectar con algo de adentro; algo que sentía que todos estábamos sintiendo y sobre todo yo, que quería sacar para afuera. Ya había conocido el lenguaje un poco más combativo, el lenguaje de la bronca. Me gustaba sentir que este mundo se está cayendo a pedazos y traer un lenguaje que venga desde el lugar del amor. Ahí encontré un espacio donde puedo jugar con distintos estilos musicales. Dentro de mis canciones hay distintas fusiones y esa libertad me permite que sea mi propia estética la que marque el rumbo, en lugar de encerrarme en un solo género.
En esa experimentación constante: ¿dónde te encuentras?
Siento que hay cosas que necesitan decirse de cierta manera. Lo que marcó el camino acá fue decir: “esto que quiero decir tiene que sonar de esta forma, estar instrumentado de esta manera y generar este ambiente”. Soy muy meticuloso en cómo hacer que el otro sienta lo que yo estoy sintiendo. Hay algo en abrirse al medio y dejar que el otro pase. Siempre escuché punk, pop, bandas antiguas, nuevas, un poco de trap, de todo; y lo que me gusta es ser un artista que, al igual que consume distintos estilos musicales, tenga la libertad de explorarlos.
Cuando escuchas términos como ghosting, love bombing, entre otros… ¿Ves amor en algo de eso o qué crees que son?
Todos intentamos ponerle palabras o marcar qué está bien y qué está mal, pero adentro nuestro todo es mucho más gris, no es blanco o negro. Hay algo de esos matices que las nuevas generaciones dicen de una manera un poco más simple o sintética. Nadie sabe cómo amar, nadie tiene el libro, nadie sabe cómo va a ser esta vida. Muchas veces uno puede estar muy enamorado y, sin embargo tener dudas o miedos y creo que de ahí nace toda esa terminología. Afuera parece que todos somos invencibles, pero estamos todos rotos por dentro. Estos modismos traen ese punto medio para aprender a tratarnos como seres humanos, entender lo que carga el otro y lo que carga uno, y ser un poco más libres y conscientes de la persona que tengo al lado.
En la era de la hiperconexión e inmediatez ¿qué opinas de esa coincidencia de estar tan conectados pero a la vez totalmente aislados?
Creo que estamos viviendo las consecuencias de esa hiperconectividad: generaciones con menos ganas de mostrarse, miedo y conciencia de medidas. Algo que funcionó en una primera instancia para acercarnos o escuchar música nueva se terminó convirtiendo en algo que también es nocivo, y es muy importante que haya conciencia acerca de eso. Yo no estoy en contra de las redes sociales, las disfruto, las utilizo y las consumo, pero creo que cada uno tiene que aprender a medirse y no perderse en las formas de consumirlas.
De tu repertorio: ¿cuál es esa primera canción que lo cambió todo?
Si te hablo de las letras, creo que “Amor de verano” representa una idealización de un amor perfecto; una búsqueda de algo que se siente en el primer impacto del amor, donde no me importa nada porque estoy enamorado y la vida me sonríe. Hay algo de esa condición que me hizo entender algo que añoramos, que no necesariamente tiene que ser concretar lo que te ocurra, sino simplemente confiar en el amor y entregarse. Fue una de las primeras canciones donde me animé a decir que todos queremos un amor de verano que dure todo el año, con la misma contradicción que trae la frase. No estás hablando de una persona en particular, sino de esa sensación: cómo hago para guardar esta sensación e imprimirla lo máximo posible.
¿Y hablando de inspiraciones ajenas?
Me acuerdo mucho de escuchar por primera vez “La ley innata” de Extremoduro. Un artista que tiene una sensibilidad y una forma de hacer las cosas muy distinta. Ahí me sentí no solamente identificado, sino en jaque, porque sientes una cosa y ves lo malo y lo bueno que trae eso. Fue muy importante para entender el yin y el yang de la vida: entender que dentro de lo malo siempre va a haber algo bueno, y dentro de lo bueno siempre va a haber algo malo y aprender a vivir con ambas partes.
Sentir con esta intensidad, ¿es un don o es una condena de la que quisieras descansar?
Creo que son las dos cosas juntas. Hay gente que está tan cerrada que vive toda una vida sin animarse a abrirse y es muy triste; uno lo puede ver en anteriores generaciones que tenían otros parámetros. Animarse a sentir tiene sus consecuencias, pero con el tiempo y el cuidado a uno mismo y al otro, terminas sacando algo positivo de animarse a hacer las cosas. En esta vida no hay que guardarse ni ponerse una armadura o una coraza. Puede que salgas lastimado, pero también vas a ser feliz. En ese equilibrio es cuando uno va aprendiendo, aceitando el sentir y entendiendo dónde entregarse y dónde guardarse un poco más.
“El que no arriesga, no ama”; ¿el miedo nos priva de vivir?
Sí, la sociedad, la política, la economía… todos quieren que tengamos miedo. Miedo a quedarte sin plata, a quedarte sin trabajo, a que te corte tu pareja, a pelearte con tu familia, a que las cosas te salgan mal. El miedo está constantemente alrededor nuestro y es una fuente de poder, pero superar ese miedo o animarse a hacerle frente es clave. A mí me gusta mucho una frase que dice: el valiente no es el que no tiene miedo, el valiente es el que se anima a ir con miedo. Me encanta porque no tiene que ver con superar el miedo, sino con saber que el miedo es parte de un todo, como el amar.
Si el amor es de quien lo da y no de quien lo recibe, ¿el desamor es un duelo por el otro o por la capacidad que uno tuvo de entregarlo todo?
Creo que un poco las dos cosas. Aprender a desprenderse de una persona es un duelo que no tiene que ver con la otra persona, tiene que ver con uno mismo. Pero todas las cosas importantes que a uno le pasan en lo afectivo siempre van a quedar guardadas en un cajoncito del corazón. Esa vitrina de trofeos, de recuerdos o de fracasos es la que con el tiempo te hace entender qué importante que fue, porque tal vez un miedo o un fracaso fue lo que después te llevó a ese triunfo o a ese momento que te hizo feliz.
El duelo romantico, lo que no fue…
A lo largo de la vida los duelos nos encuentran y hay duelos de los que es mejor aprender. Cada uno encuentra sus herramientas; a mí la música, las películas, mis amigos y mi familia me ayudan a tejer esa red para hacer que el duelo haya valido la pena y no sentir que fue algo inservible. Hay que escuchar a uno mismo, quererse y cuidarse, porque si uno no se quiere ni se cuida, no puede querer ni cuidar a alguien más.
¿Por qué crees que si no te quieres a ti mismo, no puedes querer a alguien más?
Porque a la gente que le cuesta encontrarse con uno mismo, es muy difícil que pueda sumar a otra persona a su vida o llevar la vida de a dos. Una vez que uno está contento con uno mismo, todo lo que llegue va a complementar o potenciar eso. No le puedo pedir al otro que venga a llenar mi vacío, porque estaría buscando afuera algo que tendría que buscar adentro. Por donde hay que empezar en el amor siempre es por uno mismo.
¿Crees en esa frase de “las personas correctas en el tiempo incorrecto”?
Sí, creo que hoy en día es muy difícil que dos personas coincidan al mismo tiempo, en el mismo lugar y sintiendo lo mismo. Por eso el amor es algo tan buscado y tan difícil, y uno tiene que intentar de un montón de maneras hasta que encuentra el lugar justo. Pero esa es la recompensa de animarse a navegar por esos lugares. Muchas veces ocurre que el amor hace que dos personas igual se tengan que separar, pero es importante que ese motor esté prendido.
¿Dirías que el “migajerismo” es parte de saber amar o es la mesura moderna de muestra de afecto?
Ese término a veces es complicado porque te obliga a no animarte a la entrega, y no hay nada más lindo que entregarse completamente por algo. Entregarse a una persona y que la otra tenga la posibilidad de lastimarte o no, es un gesto casi único. En este mundo nos hacen creer que todo tiene que ser un negocio, que si te doy algo tiene que ser a cambio de algo, que todo tiene que ser rentable y que si no, no conviene. Pero el amor no es un negocio, el sentir no es un negocio, la amistad no es un negocio. Cada uno entrega lo que tiene para entregar en el momento en el que está. Entregarse es aprender a vivir en el presente y sentir lo que te está pasando en ese momento, sin importar las consecuencias del futuro.
“Cartas de amor” no es un disco para cualquiera. Es teatro, música en vivo, improvisación… ¿Cómo nació?
Me gusta decir que no es una película, no es un disco, no es una sesión en vivo, no es un poeta recitando poesía: es todas las anteriores. Nunca me gustaron las etiquetas. Este disco representa a la gente que ya entiende mi concepto y sabe que voy a tomar todas las licencias y a faltarle el respeto a todas las disciplinas si es necesario. Se grabó todo en simultáneo, con una estructura antigua de todos los músicos tocando en vivo en un teatro del 1800, grabado en una sola toma con video y audio. Fue un desafío enorme porque hay veces que uno hace discos cargados de la industria y de lo que quiere la gente de Spotify o YouTube, pero esto era para mí y para los míos. El que lo entiende, lo entiende, y el que no, en algún momento lo entenderá.
“Descargo final” es una ebullución emocional. ¿Cómo nace?
Me gusta pensar que son las voces que gritan dentro de mi cabeza: el enojo, la entrega, el amor, el entendimiento y lo imposible. Hay algo de ese descargo final cargado de mucho amor y de mucho dolor; ese momento donde te vuelves a encontrar solo y dices “¿cómo soy yo? sin vos no existo”. Tenía que ver con mi mundo dentro de la poesía, la música y la actuación. El descargo es muy importante, sea haciendo deporte, gritando, dibujando o escribiendo canciones. En los shows ocurre mucho el descargo del público; es un lugar para gritar y sacarse esa angustia. “Descargo Final” cierra el disco y busca concluir que no todo es hermoso ni todo es horrible; todo tiene un poco de las dos cosas.
¿Qué fue lo más difícil de todo el proceso?
Soy muy exigente conmigo mismo. Hago las letras, la dirección creativa, los vestuarios, el arte… estoy arriba de cada detalle. Me siento un privilegiado de ser un artista y tener público que me escuche; luché por esto mucho tiempo de mi vida. Lo más difícil tuvo que ver con organizar mil áreas distintas para terminar grabándolo todo en simultáneo en solo seis horas.
¿Qué sientes al ver que tu dolor privado terminó siendo un refugio colectivo?
Increíble. A uno le da mucha vergüenza contar lo que le pasa, pero ver que el descargo de uno es refugio para otros hace que todo valga la pena, que lo que viviste tenga un sentido y que las cosas feas terminen en una canción cantada con un montón de gente alrededor. Se siente como un abrazo colectivo. La tristeza compartida siempre va a ser menos tristeza.
¿Cómo traducirías lo que México le hizo a tu creatividad durante esta visita?
México fue uno de los primeros países que apareció por redes diciendo que escuchaban mis canciones y querían que viniera. La cultura mexicana y la argentina están de la mano; a veces en redes se habla de una rivalidad, pero son cuestiones futbolísticas o políticas que no tienen que ver con la realidad. México me da algo hermoso: la gente se se anima a sentir. Gritan las canciones como si les estuviesen pasando a ellas, porque les pasó, como también me pasó a mí. Me llevo el tomar mucho mezcal, comer comida rica y charlar con la gente. Salgo a caminar, descubro un parque, me tomo una chela y converso con alguien. Eso reafirma que el arte no tiene nacionalidad, no tiene frontera ni bandera política. Vuelve a lo más básico de todo: somos humanos, queremos ser felices, pasarla bien y disfrutar de esta vida aunque tengamos que morirnos. Quiero volver siempre.
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