Salieron al escenario a las 21:00 horas y se marcharon a las 22:30. En total, 90 minutos en los que soltaron varios “hola” y “adiós”, junto a tres o cuatro “gracias” canturreados con soltura. Interpretaron Braindrops, You Let My Tyres Down, Rubber Bullies y Stayin’ Alive; en definitiva: sonaron sus clásicos. Tropical Fuck Storm cumplió con la promesa de distorsión y pulmones de acero. Gareth Liddiard se plantó descalzo justo al borde del escenario, eliminando cualquier distancia con el público, y se lanzó de cabeza al caos durante toda la noche.
¿Son una leyenda de culto en formación o solo gente real compartiendo su música? La presentación del cuarteto australiano en la Sala B del Foro Indie Rocks! fue un concierto de peso y destellos de brillantez. Ocurrió la noche del 14 de febrero, cerrando con broche de oro una gira de diez fechas por Norteamérica que incluyó California y el crucero de Modest Mouse. Esa noche imperó la frescura seca y cristalina de febrero en la capital, pero la atmósfera cambió de golpe cuando una línea de bajo oscura y repetitiva comenzó a marcar el pulso de la sala.

Sobre el entablado, la banda opera como una maquinaria de ansiedad controlada. Liddiard, uno de los compositores más intensos del post-punk australiano, cede el espacio a Erica Dunn y al resto del elenco para mostrar su extrañeza. A través de canciones sobre paranoias modernas y crítica social mordaz, Tropical Fuck Storm utiliza el escenario para demostrar que el caos en vivo es el único espejo honesto de nuestra psique dividida. ¿Cómo mantenemos la humanidad en un mundo hiperconectado? ¿Hacia dónde vamos mientras el mundo se quema? Son las preguntas que laten detrás de sus mejores letras.
Si bien no es una agrupación de convocatoria masiva, su presencia en México se sintió como un evento de culto para una audiencia que busca propuestas de alto calado intelectual. Es una banda de belleza desquiciada, curtida por los años y, por momentos, sorprendentemente juguetona. Ofrecieron un set de art-punk basado en su elogiado álbum Fairyland Codex (2025), tejiendo una complicidad genuina a pesar de la densidad sonora.

Liddiard lidera una unidad donde la batería, las guitarras y el bajo no se limitan a escoltarlo, sino que lo desafían. En algunas fases se vivieron los habituales tropiezos técnicos del Foro Indie Rocks!, cuyo sistema de audio pareció claudicar ante la potencia del grupo. Sin embargo, en un giro irónico, esos fallos resultaron ser un extraño alivio: recordaron al auditorio que estaba frente a algo vivo y vulnerable. Mientras Liddiard aullaba a todo pulmón, Fiona Kitschin construía líneas de bajo que se sentían como pensamientos obsesivos; Erica Dunn disparaba guitarras similares a un ataque de pánico y Lauren Hammel —quizá la mejor baterista de Australia actualmente— rompía cualquier zona de confort con cambios de ritmo bruscos.
El escenario fue sobrio: un telón negro y músicos con prendas casuales, sin adornos innecesarios. La narrativa de Tropical Fuck Storm fue como pintar un cuadro de la existencia: comenzó en el interior del cráneo (Braindrops), bajó al corazón herido (You Let My Tyres Down), enfrentó a los tiranos sociales (Rubber Bullies) y terminó en la voluntad de seguir vivo a pesar del desastre (Stayin’ Alive). Cantaron sobre medusas masivas interceptando pescadores, de la trágica relación entre Brian Wilson y su terapeuta, y del clima político actual comparado con un deporte de sangre.
La voz de Liddiard osciló entre un murmullo derrotado y un alarido eléctrico que parece romperse antes del clímax. Atravesó el punk y la psicodelia con una fragilidad pletórica, entregando temas como Irukandji Syndrome, Bloodsport, Stepping on a Rake y su hipnótica versión de Ann de The Stooges.
No la ponen fácil a sus fans, y eso es lo fascinante. Para Tropical Fuck Storm sería sencillo tocar todos sus “hits” (Chameleon Paint o The Future of History quedaron fuera), mostrarse simpáticos y sonreír. En lugar de eso, bombardearonn a la audiencia con capas de acoples y ritmos erráticos que obligaron al espectador a navegar el fango para encontrar la melodía. El final con Stayin’ Alive fue una declaración de principios: el mundo se acaba, pero aquí estamos bailando sobre las cenizas. La voz de Erica Dunn, etérea y afilada, se perdió en un mar de ruido experimental mientras el bajo implacable de Fiona mantenía el último latido vital de la noche.

Justo a la salida del foro, convencido por Liddiard de que el colapso civilizatorio es inevitable y que todos somos piezas de un ajedrez paranoico, la ironía me golpeó más fuerte que un amplificador: después de noventa minutos de catarsis sobre el fin de los tiempos, mi mayor acto de supervivencia fue entrar a un Oxxo y pagar doce pesos por una botella de agua purificada bajo una luz fluorescente que no juzga. Al final, la banda tenía razón: el mundo se está quemando, pero la fila para pagar en la caja dos siempre será eterna.







