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José Xavier Návar: Un traficante de rocanrol

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José Xavier Návar: Un traficante de rocanrol

Es el año 2025. La revista mexicana Sonido, fundada por Walter Schmidt en la década de los años ochenta cumple, por lo menos, cuatro décadas de su desaparición. Al estruendo del colapso le sucedió, años más tarde, el final del suplemento Día 7 y de la revista La mosca en la pared.

TXT::Carlos Priego

Dije que era el año 2025. Tengo un trabajo en el que estoy por cumplir diez años. Laborar en una editorial es una ocupación misteriosa, nunca sabes lo que te va a pasar. Algunas veces puede ser bastante ingrato, pero también obsequia muchas satisfacciones. Gracias a este trabajo tengo acceso ocasional a las estrellas del pop, muchas personas que, en otras circunstancias, quizá jamás me habría cruzado con ellas. Ésta es una estrella de su época, las últimas cuatro décadas las dedicó al periodismo cultural en México, aunque lo suyo fue, mayormente, hablar de cine, especialmente de luchadores y temas bizarros, y “traficar”, como él lo llamaba, rocanrol. Además de ser un crítico musical en importantes diarios nacionales, como UnoMásUno, El Nacional, Reforma y El Universal, también fue mánager de bandas como Chac Mool y Kerigma y colaboró en las extintas Sonido, Día 7 y La mosca en la pared.

Josei Navar

La antesala de la década de mi llegada a una editorial coincide con el año en que el sitio de música de la revista Nexos, Acordes y desacordes, dejó de subir contenido; es la época en la que plataformas como TikTok (gracias a la cual cualquiera puede ser un “influencer” y hablar de música, precarizó la profesión, ya que la inmediatez y el contenido breve ganaron terreno, a veces en detrimento del periodismo de fondo, la crítica rigurosa y la investigación); en que el álbum Ne size fits all, de Frank Zappa y Mothers of Invention, cumple cincuenta años; y también, con la muerte del periodista José Xavier Pepe Návar.

Esta es una época en que el periodismo musical en México atraviesa una profunda transformación y, según muchos expertos, una crisis. Y, en este contexto, es que recuerdo la primera conversación que tuve con Pepe. Lo había esperado por más de media hora en una pieza de la casa que funcionaba como las oficinas de la editorial. La encargada de prensa de aquel entonces me explicó que Pepe iba retrasado. Que lo esperase un poco más. Su aparición fue radiante como confusa, paradójica. Era un hombre alto y corpulento, de movimientos lentos y mirada aguda. Su gran tamaño contrastaba con una mente que toma su tiempo para procesar el mundo. En su juventud, trató de jugar futbol americano, pero luego descubrió —me lo contó ese día— “que era un deporte que estaba muy bien sólo para verlo por televisión”.

Josei Navar 2

Su forma de hablar era muy particular y distintiva. Su tono de voz era fuerte y expresivo, y su discurso siempre muy detallado y fluido. Siempre habló con gran confianza y se apoyó mucho en gestos con las manos para enfatizar sus puntos. Siempre disfrutó lo que contaba. Aquella ocasión llegó a la oficina por un libro sobre la vida de Frank Zappa, pero me pidió de favor que le obsequiara, también, uno de Philip Glass. José Xavier Návar nació en la Ciudad de México en 1947, a menudo se describió como un chilango que creció en Coyoacán y luego se mudó a la colonia Roma. Comenzó a escribir en UnoMásUno pero su vocación nació, quizá, cuando se fue a trabajar a PolyGram.
—“Yo llegaba y les decía a los de la disquera: aquí traigo mi caja de la basura, todo lo que no quieran o vayan a destruir, pónganlo ahí”— y con risas me contó que el itacate de discos que Walter Schmidt se llevaba a su casa se redujo a la mitad.


Así conoció los primeros discos de Kraftwerk, escuchó mucho rock progresivo y cosas de Stockhausen. Aunque su tono de conversación era serio, era natural en él reírse de sus propias anécdotas, como cuando me confesó que salía de su trabajo con cajas bien llenitas de LP´s y casetes. ¿Ya conté que visitaba la editorial para conocer qué más libros sobre música teníamos publicados? Esa primera vez quería pedirle que me firmara ¡Quiero ver sangre!, el libro que publicó en colaboración con Raúl Criollo y Rafael Aviña, era la primera vez que le pedía a un periodista que me firmará un libro y no quería fallar. Preferí hacerlo al final de la visita y por eso esperé la llegada de Pepe con el libro guardado en un cajón del escritorio. Preferí hacerlo al final porque: (1) no quería importunar al periodista; (2) la visita podría terminar mal, sin chance de firma y entrega alguna. Si sucedía la opción (1) necesitaría meses para que la responsable de prensa pasara por alto mi torpeza —o un nuevo trabajo—; si hiciera todo para evitar la opción (2) la visita terminaría bien, entonces me acercaría y diría, ¿Pepe, podrías firmar mi libro?

Josei Navar y Mario Vargas Llosa

“Pepe apareció distraído. Con el correr del tiempo pareció irse interesando más en la conversación. Me costó varios minutos dejar de admirarlo, de contemplarlo en modo estrella de rock para concentrarme en el trabajo y avanzar en el encargo. Al observarlo se me vino a la mente la anécdota que contaba sobre su estancia como jefe de prensa en PolyGram y su cambio a Melody. Cambió a Def Leppard y KISS por Rigo Tovar y sus brinquitos. Mientras revisamos algunos libros me contó varias anécdotas. Cuando conoció en una fiesta a Debbie Harry y Ray Manzarek en Los Ángeles; o cuando entrevistó a Robert Plant y Jimmy Page. Me concedió una entrevista no pedida. Qué lo motivó a último minuto platicar con alguien sobre su trabajo, me era incomprensible. La única conclusión a la que llegué es que Pepe, además de ser periodista, promotor musical y experto en cine, fue un tipo generoso. Estaba a punto de pedirle un autógrafo.

José Xavier Návar me inspiró una confianza inusual. Entonces la encargada de prensa de la editorial me fulminó con la mirada, como si hubiera roto una regla no escrita del universo de la edición. En ese momento sentí que mi vida peligraba cerca de aquella mujer. Aborté la misión. Mi cobardía fue mucho más grande que la convicción de pedir un autógrafo, y mi única hazaña del día fue no morir de pánico. Pepe se hundió en un silencio grave. Me viene a la mente el video de la canción “Hurt“, de Johnny Cash, en la que le ve como una figura gigante, un patriarca, pero con una profunda tristeza en su rostro. En las siguientes ocasiones que nos sentamos a platicar de música y periodismo nunca se me ocurrió preguntarle sobre aquel bochornoso episodio.

Antes de abandonar la oficina del primer encuentro, noté que “Pepe” miraba si aún nos vigilaba nuestra amiga de prensa. Creí que era una buena oportunidad para retomar el diálogo y ganar tiempo, ya que no sabía si volvería a platicar con él. Un intento, el último, en busca de complicidad acerca de su trabajo en los medios, algún consejo, algo…
—¿La llegada de internet está poniendo fin al periodismo rockero?
—No. (Sólo gané tres caracteres).


Posdata: esa no fue la única vez que conversé con él. En otros encuentros posteriores sostuvo la idea de que periodismo de rock en México enfrenta una crisis. A pesar de la vasta información disponible en internet, la falta de preparación y el exceso de competencia de lo que él llamaba sitios patito precarizaron el oficio. En múltiples ocasiones criticó a la nueva generación de periodistas que no sabe escribir ni citar fuentes, y no en pocas ocasiones afirmó que, aunque el periodismo no desaparecerá, perdió el rigor que alguna vez tuvo.

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Staff

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So Long, and Thanks for All the Fish.

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