Mi abuelo no era para nada rico. Pero se compró una casa con el fruto de su trabajo. Mantenía a ocho hijos –mis tíos– conducía dos automóviles del año y siempre dispuso de un hospital público para atender sus dolencias. Mi abuelo nació en 1917. Hace un siglo.

Un texto de Arturo J. Flores
#MARVINCDMX
Ilustración por Sandra Rodríguez

Mi papá tampoco fue rico. Pero también se compró una casa a crédito. Aunque después tuvo que venderla para pagar las deudas que contrajo cuando se quedó sin empleo. Ha poseído y tenido que vender diferentes automóviles por los mismos motivos. Tiene un seguro médico que nunca usa, porque el servicio es pésimo. Él nació en 1949.

Yo no tengo casa propia, ni automóvil, ni seguro médico. Pero (por lo menos) rento yo solo, lo suficientemente cerca para ir al trabajo en bicicleta y darme el ¿lujo? de pagar un médico privado cuando me enfermo. Por fortuna, también, me ha sucedido poco. Porque después de los 30 me volví un poco más quisquilloso con abusar de aquello que me hace daño. Nací en 1978.

Tengo muchos amigos millennials que difícilmente podrán comprarse una casa porque sus sueldos apenas rebasan la línea de la infamia, viven con uno, dos, tres o más roomies, se mueven en Uber cuando es muy tarde y definitivamente no se preocupan por el futuro.

¿Cómo culparlos? Si el futuro que este país les ofrece definitivamente luce tan desesperanzador que yo también, si tuviera 20 años, querría olvidarme de él y vivir sólo el momento.

“De acuerdo con el Informe del Observatorio de Salarios 2018, el 50.6% de los jóvenes entre 15 y 29 años no cuenta con prestaciones laborales. Además, el 66% de los jóvenes asalariados no tiene seguro social”, consigna una nota publicada en PlumasAtomicas.Com en mayo –mes del trabajo– de este año.

No es millennial ni tantito, pero me recuerda a una célebre canción de The Smashing Pumpkins: “El mundo es un vampiro, enviado para drenar”.

Y en palabras de Kendrick Lamar: “¿Por qué Dios? ¿Por qué Dios tengo que sufrir tanto?”.

LA CULPA (Y LA FRASE) NO ES DE JAMES DEAN

Se le ha achacado erróneamente la frase “vive rápido, muere joven y ten un cadáver hermoso” a James Dean, cuando la realidad es que forma parte de un diálogo de la película Knock on any door (1949) en la que no aparece el actor.

Los tiempos modernos parecen susurrarle a esta generación: “tengo tan poco qué ofrecerte, que deberías vivir muy de prisa, comprar todos los boletos que puedas para conciertos con tu tarjeta de crédito, viajar a lugares exóticos para llenar de selfies tu Instagram, beber sin recato cada fin de semana y morir de colitis apenas superes los 30”.

Es tan sad el porvenir, que cualquiera pensaría en sacarle el mayor jugo a la vida mientras la quincena siga cayendo puntualmente, ofreciendo un respiro momentáneo de llenarse falsos satisfactores paliativos para un mal progresivo e irreversible: la edad. No en vano dijo el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw que la juventud era una enfermedad que se curaba con los años.

Hace poco una amiga millennial me contó: “Me acaban de mudar a un cowork en el que nos regalan chelas los viernes, podemos salir con la lap a trabajar a la terraza y a veces, hasta dormirnos un ratito después de comer, como en Google, ¡está poca madre!”: ¡Bienvenidos a las prestaciones laborales del siglo XXI! Más cerveza para adormecer la tristeza y trabajar en espacios cerrados que se parecen a un posmoderno Jardín de Niños en el que los adolescentes generan muchas más ganancias para un insaciable Cthulhu capitalista.

Hacinados en un departamento varios de ellos, con el espejismo engañoso de la fiesta que no termina nunca, los entusiastas del roomirato han desechado de sus cabezas la utopía de comprarse un piso. Así como el rapero español Xhelazz descarga en un verso: “Se deja a una madre para hacer madre a otra mujer”, la juventud de 2018 (y las que vienen) se resignaron a desertar de sus familias, con sus vinilos a cuestas, para iniciar una nueva junto a sus amigos e incluso, con completos desconocidos. A mudarse como gitanos contemporáneos por toda la Roma, Condesa, Centro y Narvarte, estacionándose por temporadas en departamentos, lofts y hoyos remodelados propiedad de dueños que se engordan la cartera ofreciendo una sede para las pedas.

Siempre en dirección a donde haya after, donde prevalezca el WiFi y la oportunidad de que un abrazo los arranque de las garras de la tristeza.

LOS BELLOS NO DURMIENTES

Recién hubo elecciones. La mayoría de los mensajes estuvieron dirigidos a esa generación de la que hablo. La que no sabe dónde terminará sus días, la que no se preocupa por su vejez porque no sabe ni cómo enfrentar el problema de ser joven, la que prefiere cocerse el hígado con cubas para que no se lo cuezan los enfados derivados de volverse adulto.

El voto millennial decidió al Presidente. De acuerdo con El País, en los comicios que acaban de pasar, 15 millones de jóvenes se estrenaron como votantes.

A ellos les hablaron y ellos acudieron a las urnas. ¿Cambiará por fin el rumbo del país? No me alcanza la bola de cristal para verlo.

Lo cierto es que en una visión en la que cualquier regreso al pasado se ve como algo negativo, no parece que la seguridad social de otros tiempos se vaya a instalar de nueva cuenta, como un remake de Karate Kid en YouTube. Sin embargo, los millennials son, y eso lo admiro, positivos y optimistas pese a los nubarrones que se ciernen sobre ellos.

No hay catástrofe que les arranque su ternura, su voluntad por echarse la mano y sobre todo, su disfrute de la noche como una oportunidad para olvidarse de este mundo que les hemos ido legando. No olvidemos que fueron ellos quienes primero reaccionaron ante el terremoto, los que rescatan perritos, los que cuidan una planta en la oficina, los que derrumbaron en su mayoría los estereotipos. Porque se abrazan sin remordimientos, crean listas de reproducciones con canciones de heavy metal, dream pop, cumbia sinfónica y reggaetón.

Ya no arrastran los prejuicios que tenía mi abuelo.

Ni los atavíos mentales de mi padre.

O mis propias barreras culturales.

“Los millennials son, y eso lo admiro, positivos y optimistas pese a los nubarrones que se ciernen sobre ellos. No hay catástrofe que les arranque su ternura, su voluntad por echarse la mano y sobre todo, su disfrute de la noche como una oportunidad para olvidarse de este mundo que les hemos ido legando. Su voto decidió al Presidente. A ell@s les hablaron y ell@s acudieron a las urnas. ¿Cambiará por fin el rumbo del país?”.

Pero se han inventado nuevos problemas. La tristeza los está matando. Se trata, sin lugar a dudas, de la generación más insomne que hay. Duermen muy poco. Apenas les alcanza la noche para soñar. Según publicó recientemente en una revista científica Milagros Merino, especialista en Medicina del Sueño y miembro de la Sociedad Española del Sueño (SES), las pantallas azules de nuestros dispositivos, y en eso la democracia del gadget no discrimina entre iPhones, Androids y Tabletas de todas las generaciones, han despertado a una legión de zombies prematuros que reciben órdenes de sus pantallas azuladas. Porque es el color que altera nuestra secreción de melatonina, la hormona que regula el descanso.

Descubren la gastritis, la diabetes y el estrés a veces antes que el sexo. Sus cuerpos se desgastan a ritmo más veloz. Sin pretenderlo, están viviendo más a prisa, a tope, para verse más bonitos de su cadáver.

Hagan lo mejor que puedan, chicos. Sobrevivan. Nosotros no pudimos.

*Texto publicado originalmente antes de las elecciones realizadas el 1 de julio de 2018, durante una coyuntura que se percibía desoladora para la juventud. El día de hoy, los resultados arrojan al candidato Andrés Manuel López Obrador como el potencial ganador a la Presidencia de México, levantando así los ánimos de no sólo esta generación sino de todo un país dispuesto al cambio y dirigido hacia un futuro esperanzador, emocionad@s porque, al final, en México la democracia sí existe. Estamos list@s para lo que sigue.