“¿Me he escapado de un sueño o navego hacia un sueño?” 

León Felipe

El mundo sería terriblemente aburrido si a todas las personas nos gustaran las mismas cosas; y en cuanto a las preferencias artísticas, que ello ocurriera sería todavía más lamentable. Por fortuna, existe una gran diversidad de propuestas que nos lleva a elegir aquellas que nos brindan los estímulos que buscamos; la estética tiene que ver con la identidad. En ese rol, The Mountain Goats no es una banda cuyo sonido atraiga a multitudes, a pesar de que cuenta con una carrera que aglutina una veintena de álbumes.

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

El combo se decanta por un indie rock mayormente rugoso, áspero, elaborado con los elementos indispensables, que busca ser lo más directo posible. En contraste, sus letras tienen un trabajo más detallado, un basamento literario, asuntos míticos y alusiones bíblicas. Se trata de un grupo que el californiano John Darnielle ha impulsado, junto al bajista Peter Hughes, desde la ciudad de Durham, Carolina del Norte, sede la Universidad de Duke y con un pasado oscuro en la lucha de los derechos civiles. Desde allí, la banda cocinado una carrera de largo aliento que se ha ido alternando con la incursión de su cantante y vocalista como escritor.

Con The Mountain Goats no podemos hablar de bloqueos creativos ni de que la pandemia los haya limitado. De hecho, Dark in here, editado por el maravilloso sello Merge, es el tercer disco publicado en un periodo corto de tiempo y, curiosamente, el primero de ellos que se grabó. Primero apareció en abril 2020 Songs for Pierre Chauvin (grabado en casete), luego Getting into knives en octubre del mismo año, registrado en el estudio de Sam Philips, en Memphis. Mientras que el disco que nos ocupa se dejó para el verano de este año, producto de que el viaje sureño llegara a Alabama para trabajar en los estudios Muscle Shoals (a la semana de terminar en Memphis).

En Dark in here a la pareja habitual de músicos se sumaron Jon Wurster en la batería y el multinstrumentista Matt Douglas. Hay que decir que se trata de uno de los álbumes menos austeros en la historia de la banda y más evolucionados en cuanto a arreglos e instrumentación se refiere, lo que se evidencia desde la brevedad de “Parisian enclave” -que abre la obra- y se prolonga en “The destruction of the kola superdeep borehole tower” (donde ya suenan en plenitud) y luego en el tema titular.

Además de los miembros formales, invitaron a dos destacados músicos de sesión; durante los 5 días que duraron las sesiones de grabación estuvieron presentes el guitarrista Will McFarlane y el tecladista Spooner Oldham, quien detrás de los órganos Hammond y Wurlitzer le dio un enorme levantón a los temas, tan es así que su participación en “Lizard suit” la eleva hasta convertirla en lo mejor del lote debido a su acento progresivo o de free jazz -como se le denomine-.

En Dark in here lucen las capacidades como ejecutantes de cada participante y se acerca, por momentos, a ese sonido grandilocuente de The Decemberists o Wilco. A pesar de la brevedad en cuanto a su grabación, es una obra con una producción muy clara que se destaca en la trayectoria de Las Cabras Montañesas. En las 12 canciones que lo conforman hay espacio para que los músicos se explayen y disfruten.

Por su parte, Darnielle encuentra la manera de realizar un homenaje póstumo a un periodista musical recientemente fallecido en “Arguing with the ghost of Peter Laughner about his Coney Island baby review”, pero también para recrear una historia propia de años mozos a través de un excelente título: “The slow parts on death metal albums” -otra vez con el teclado en estado de gracia y delicados vientos a lo Lambchop-.

The Mountain Goats son uno de esos grandes secretos bien guardados; aquí se muestran compasivos, emotivos y algo nostálgicos. Sabían que la oscuridad los rodea, pero ellos consiguieron evadirla e iluminarnos con sus canciones; algo de no menor valía en los tiempos que corren.