Robert Eggers, es una director quien ha sabido reivindicar los parámetros más sugerentes del cine de naturaleza siniestra. ‘The Witch’, su pieza debut, fue un amoroso regreso a aquellas inquietudes sociohistóricas que nos recuerdan que la fantasía más desbordante siempre tiene su génesis en los espacios más mundanos de la experiencia humana. ‘The Lighthouse‘, cinta protagonizada por Robert Pattinson y Willem Dafoe, no hace sino reiterar de forma aún más explícita dicha escuela conceptual.

Sería difícil no afirmar que el blanco y negro es la plataforma idónea para retratar las inquietudes audiovisuales más insidiosas.

Tempranas obras expresionistas como El Gabinete del Doctor Caligari dejaron esto en claro mediante una serie de agudizaciones formales las cuales buscaban reproducir los caprichos sensibles propios de inconsciente del ser humano.

Es por eso que, a pesar de las capacidades cada vez más potentes del formato a color, múltiples autores continúan regresando a la dualidad del claroscuro cinematográfico para inflamarlo imposiblemente mediante una serie de experimentaciones técnicas -montadas férreamente en la avanzada tecno/digial actual- para gestar auténticos prodigios ontológicos.

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Es así como nos encontramos con ‘The Lighthouse‘, una cinta la cual se apropia de toda una herencia cromática -imposible no recordar el trabajo de autores como Bergman- para gestar una puesta en escena la cual pareciera desarrollarse bajo las mismas latencias y compases que son propios del mundo de las pesadillas.

Decir que ‘The Lighthouse’ es cine de terror resulta algo tan reduccionista como decir que la Capilla Sixtina es “una iglesia”.

La cinta se aleja de forma definitiva de cualquier tipo de consideración lógica -aquellos que se sintieron desubicados con ‘The Witch’ se descubrirán doblemente azorados ante esta nueva entrega- para gestar un crisol de secuencias que se aglomeran sobre el espectador como una avalancha de extrañezas.

Cada secuencia, cada encuadre funciona de forma autónoma como si se tratara una pieza pictórica la cual es ventana a la locura.

El resultado es una obra que integra de forma plenamente orgánica al mundo de lo cotidiano con el de lo extraño.

De forma paulatina -casi como si tratase de una criatura la cual respira bajo ritmos orgánicos- la cinta nos sumerge en una serie de síntomas oníricos donde la lógica cartesiana desaparece por completo para dar paso a una constante inquietud que opera directamente sobre aquellas pulsiones que se desatan de forma aleatoria una vez que, tras cerrar los ojos exhaustos, abandonamos el mundo de la vigilia.

Muchos dirán que ‘The Lighthouse‘ no produce “espanto” y tienen razón en la medida en que lo sublime -aquel instante en el que nuestro azoramiento no conoce límites- va más allá de los cánones estériles de un género convencional para transformarse en una emoción compleja la cual sólo puede ser registrada por aquellas mentes sensibles quienes son capaces de vislumbrar espectros en lo más elemental.

Una vez más, Eggers deja en claro que el miedo no es simplemente ese instante de sorpresa que antecede al sosiego, sino que más bien se trata un pasillo interminable, oscuro y escabroso, en el que lo peor que puede ocurrir es no encontrarse con nada definitivo.

TXT: Toño Quintanar