Salieron al escenario a las 21:10 y se marcharon a las 23:00 hrs. En total, 110 minutos en los que iniciaron con un fuerte saludo y terminaron con un fuerte adiós al grito de ¡Palestina libre! de la voz de Gary Powell. Mascullaron tres o cuatro “gracias” aquí y allá. Tocaron “Can’t stand me now”, “Time for heroes”, “Up the bracket”, “What Katie did”. En definitiva: sonaron sus éxitos. Pete Doherty sopló su emblemática armónica. La novedad es el piano en el que Carl Barat y Gary Powell se refugiaron en algún momento de la noche para interpretar temas de Anthems for doomed youth y All quiet on the Eastern Esplanade, sus álbumes más recientes. ¿Son los Libertines con unas nuevas texturas? Quién lo sabe.
TXT:: Carlos Priego
Ya con todo lo dicho, fue un concierto de peso, con mucho que contar, destellos de lucidez y uno que otro traspié. Ocurrió la noche del jueves 5 de junio en el Pepsi Center y fue el único resital en México de una gira que comenzó el año pasado y no tiene un número finito de presentaciones pactadas (la siguiente parada será en Glastonbury). Había mucha ansiedad justo antes de empezar. Pero el nerviosismo cesó en cuanto la icónica banda londinense comenzó a tocar. Aunque no se agotaron las entradas, el concierto tuvo una asistencia notable.
Hay que comentar que esta crónica se escribió desde el corazón del ruido, porque nos permitimos no utilizar las zonas para prensa ni fotógrafos. Entre todas las imágenes memorables de la iconografia de la noche privilegio estas: (1) Los abrazos de Pete y Carl en el escenario como un gesto de camaradería madura, sellando una tregua visible tras años de tormenta (escena que me humedece los ojos con apenas invocarla). (2) La explosión de energía. Gente se empujándose, chocando y rebotando entre sí de manera intencional, gritando y saltando, dejándose llevar por el ritmo y la intensidad de la música (el rugido de la multitud sigue latiendo en mi pecho en forma de resaca de energía que aún me recorre). (3) El mar de celulares encendidos tratando de capturar el momento. Con The Libertines no hay bolsas Yondr, políticas especiales, carteles o anuncios restringiendo el uso de celulares en el concierto (una demostración vibrante de la conexión en tiempo real del público con la experiencia).
Desea el cuarteto que se cuente con evidencia de lo que ocurre en sus recitales en una actitud cristalina que proporciona más transparencia al grupo. Más allá de lo que ellos quieran, hay que narrar a estos veteranos como revitalizados, explosivos, complacientes, entrañables, en alguna fase incluso juguetones y ofreciendo un concierto de garage rock revival basados en Up the bracket y The Libertines (dos dálbumes considerados pilares del indie rock británico) y su producción más reciente. Resultó cálido y muy divertido. Una banda de configuración clásica y versátil (batería, dos guitarras, bajo). La presencia de dos guitarras permitió a Carl Barât y Pete Doherty una mayor riqueza armónica. No hubo una guitarra “líder” y una “rítmica” de forma estricta. A menudo, ambos tocaron riffs y acordes entrelazados, creando una textura densa y, a veces, hasta caótica. El bajo de John Hassall y la batería de Gary Powell fueron la columna vertebral de la banda.
Hubo momentos en los que la instrumentación fue desordenada, lo cual era un respiro en una era donde los conciertos a menudo suenan tan impecables que resultan artificiales. La noche del jueves fue así: surgieron desajustes (la voz de Doherty), fallos (el micrófono de Barât), improvisaciones (el solo de batería de Powell mientras cambiaban el micrófono). Son gajes del oficio cuando los seres humanos están a cargo. Ahora la dinámica en el escenario se ha inclinado un poco más hacia Carl. Se percibe que él aporta la energía constante que guía el show. Se les ve en forma en esta nueva etapa. Lograron la impresionante cifra de 80 presentaciones en 2024, su año más productivo después de 2002. El escenario fue sobrio, en la parte trasera a la izquierda la batería, en la parte delantera una fila de amplificadores de guitarra, al centro y la derecha más amplificadores, el piano, las guitarras y poco más. Los músicos salieron vestidos en tonos rojos, azules y negros y, al fondo, la penumbra se rompió con unas pocas luces.
The Libertines plantearon un espectáculo siguiendo una fórmula preestablecida en el resto de su gira. Cantaron sobre la negación y las consecuencias de los problemas personales (“The Saga“), sobre la autenticidad artística y la honestidad personal (The Delaney), relaciones fracturadas por la traición (“Can’t stand me now“), canturrearon a la energía, la desesperación y la rebeldía de la juventud británica en un contexto de disturbios sociales y desilusión (“Time for heroes“)… Los Libertines contaron la noche del jueves su historia en un plano de celebración y comunidad como señalan en la letra de “The good old days“: Because there were no good old days / These are the good old days. La guinda del pastel fue la inesperada entrega de un pastel de cumpleaños a Barât sobre el escenario, para incluir lo más reciente de su repertorio, como “Baron’s claw”, “Man with the melody”, “Mustangs”, “Night of the hunter”, “Shiver”, “Songs they never play on the radio” y la preciosa “Merry old England“.
Hay que hablar de la voz de Pete Doherty: experimentó un cambio notable reflejando su evolución personal y los desafíos que enfrenta. No perdió su voz, solo cambió su forma, timbre, potencia y estilo. A pesar de la calidad, rasposa o gastada, se percibió, por momentos, una profundidad con un matiz melancólico. En ocasiones pareció llegar a los espectadores como el murmullo de un viejo vinil. Era su voz suplicante en la madurez llena de ingenio cáustico.
Los consagrados músicos lo hicieron sumamente sencillo, y eso fue lo interesante, una actitud que sus fans, acostumbrados al vínculo de caminos empinados en la relación de Barât y Doherty, asumen como parte de entrega al simbolismo que encarna el mito. Para los Libertines sería sumamente fácil presentar unos cuantos éxitos atemporales, exhibir una actitud amigable en el escenario, tener listo un par de discursos prefabricados, priorizar una ejecución impecable y hasta esbozar una sonrisa. Pero ellos trascienden lo terrenal y evitan ser parte del grupo que se lava las manos; tampoco quieren parecerse a Coldplay o Maroon 5. No: los Libertines son algo que que te pica y te pica, que te va a hacer gritar, brincar y bailar, lo que evitará que te preguntes por qué demonios uno gastó mil pesos por estar ahí, entre el rugido de las guitarras, el fervor del público y una bruma salada, esperando a que toque “The man who would be king” que nunca llegará. Y, sin embargo, compensa con creces. A estas alturas, su carrera es tan sólida que sus presentaciones en vivo no representan un desafío. Lo que está en riesgo es su fidelidad a sí mismo. Y lo son.
Terminaron el concierto con “Don’t look back into the sun“, un tema notable lanzado como un sencillo independiente y que sirvió como bisagra entre los dos primeros discos de la banda. Un pasaje cuidadosamente seleccionado donde proclaman: Don’t look back into the sun / Now you know that the time has come. Qué sensacional final: las voces de feroces de la dupla Barât/ Doherty, pegadizas, cargadas del eco de aquella electricidad juvenil y una honestidad brutal. Transmiten una sensación de urgencia y un anhelo por dejar atrás los problemas. La noche del pasado jueves, varios miles de personas fueron las privilegiadas. La última vez que los ingleses se presentaron en México fue en 2017. Justo a la salida del recinto, un joven se puso a tararear “Don’t be shy“. Algunos más se unieron a corear el tema. Fue lo más cerca que estuvimos de escuchar una de las canciones también icónicas de la banda, prácticamente está borrada de sus presentaciones.
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