Los años ochenta se terminaron en 1985. Tras la resaca de Live Aid en julio de ese mismo año, la generación post punk/new wave había agotado su discurso para simplemente posicionarse cómodamente en el mainstream. De U2 hasta The Cure, pasando obviamente por Depeche Mode, la llamada santísima trinidad ochentera: todos se convirtieron en el canon de la música “alternativa”.
Sin embargo, los hermanos Jim y William Reid tenían otros planes. Siempre desde la inconformidad de lo que sucedía a su alrededor (su histórica entrevista donde dicen que Joy Division es basura, aunque recientemente han declarado que sólo lo hicieron por incomodar al conductor del programa), trazaron una ambiciosa estrategia: hacer un disco fundacional, tal como ocurrió con el álbum debut de The Velvet Underground. Se alejaron de la visión sintética del futuro creada a partir de sintetizadores y abrazaron la electricidad de sus guitarras y amplificadores. Todo ello sin olvidar la materia prima básica que son las buenas canciones (y de esas tenían muchas).
En sus propias palabras, fue la visita de un vecino llamado Queenie, quien estaba vendiendo el pedal fuzz que probaron entonces, la que les abrió el cielo a The Jesus and Mary Chain para que Dios apareciera. Ese era el sonido que estaban buscando, fue justo ahí que nació Psychocandy (1985). La combinación de rock & roll clásico, las melodías infecciosas de los Beach Boys, la vanguardia de los Velvet y la crudeza del punk fueron las bases para el novedoso sonido de aquel primer disco. Nunca mejor escogida la imagen del LP, on Jim al frente y William acostado debajo de aquellas letras que repetían el título dos veces, a manera de eco, reforzando la idea de un caramelo envenenado, ingenuidad y maldad, distorsión y dulzura pop al mismo tiempo. Todo aquello complementado con un vestuario rigurosamente negro y aquellos peinados a lo Cocteau Twins que los colocaban en su tiempo.
La impronta del álbum queda registrada inmediatamente desde la primera canción, la ahora legendaria “Just like honey”, con esas baterías a lo Ronettes y, por supuesto, el fuzz validando un sonido que resaltaba ante la hegemonía de sintetizadores y cajas de ritmo (no olvidemos que 1985 es el año de canciones como “Take on me”, de A-Ha, por ejemplo). Los catorce temas que compendia el álbum ondean la bandera del noise con melodía, combinación que a primera escucha puede descolocar, pero que recompensa con creces cuando uno entra en el mundo de los hermanos Reid.
“The living end”, “In a hole” o “Inside me” exigen tanto ahora como en el ya lejano 1985. No es gratuito que John Hughes haya incluido “The hardest walk” en el soundtrack de su película Some kind of wonderful (1987), pero en una versión clasificación A, es decir, con mucha menos distorsión, pensando en un público norteamericano que todavía no estaba preparado para ese nivel de decibelios.
En Psychocandy está el ADN de Black Rebel Motorcycle Club, My Bloody Valentine y Oasis. Sin olvidar, claro está, a los Primal Scream de Bobby Gilliespie, quien fuera el baterista del álbum debut de los Jesus & Mary Chain. Los hermanos Reid quemarían sus naves en trabajos posteriores, yendo de lo acústico (Darklands, 1987) a lo electrónico (Automatic, 1989) hasta llegar a la psicodelia (Honey’s dead, 1992), acertando en nunca emular o repetir lo hecho con su obra maestra de 1985.
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