TXT: Toño Quintanar

A diferencia de lo que se piensa comúnmente, el fenómeno fílmico es más una plataforma sensorial que un narrador de historias.

Mucho antes de que las capacidades del lenguaje cinematográfico se ensancharan lo suficiente como para permitir la incorporación de procesos literarios de carácter ilativo, sus capacidades semánticas –aquellas que son capaces de infiltrar profundos significados en la mente del receptor a partir de pequeñas unidades significativas- yacían arraigadas a las propias codificaciones inconscientes y evocativas de la motricidad gráfica.

Un notable recordatorio de dicho poderío subliminal es The Green Fog (Guy Maddin, 2017), cinta la cual podría definirse como un auténtico ensayo acerca de los prodigios cognitivos que se esconden detrás del cine.

Mediante un collage de secuencias pertenecientes a distintas cintas, este auténtico experimento plástico nos ofrece un conceptualismo dadaísta el cual, en palabras de su autor, se trata ni más ni menos que de una interpretación personal del clásico de Alfred Hitchcock, Vértigo.

El resultado es un pastiche plenamente abrumador el cual se da a la tarea de deconstruir los cánones hegemónicos del cine tradicional mediante una serie de procesos insólitos que sacan al espectador de su zona de confort para ponerlo en contacto con un amplio conjunto de aprehensiones psíquicas.

En una era fílmica en la que el cine de talante experimental ha quedado relegado a las zonas más obscuras de la escena, resulta más que reconfortante toparse de bruces con una cinta del talante anárquico y subversivo de The Green Fog. Un potente recordatorio de que el formato audiovisual aún es capaz de proponer nuevas escapatorias frente a los modelos de representación propios de la lógica cartesiana.