Hay un formato de meme que circula en la red que captura una escena en el centro de la Ciudad de México que muchos usuarios describen como “surrealista” ya que reúne varios elementos inconexos en un mismo espacio y tiempo — una banda de rock callejera, un disfraz de Buzz Lightyear, otra persona cargando una figura de la Virgen de Guadalupe, musica regional— que se acompaña con la frase: “A veces la CDMX es como los sueños que tienes cuando te da fiebre”. Pero más allá de la broma digital, hay algo profundamente real en ese desorden; aun en esta era de fatiga del asombro, el impacto de lo auténtico prevalece con una permanencia reconfortante.
TXT: Carlos Priego
Y hasta la noche del 18 de abril pasado, seguramente nadie pensó que contemplaría una gran presentación de la neo-psicodelia mientras un cantante cruza el escenario enfundado en un disfraz inflable de abducción alienígena y otras bailarinas se plantan en el entablado vestidas como un ¡OJO GIGANTE!, agitando los brazos y sacudiendo el cuerpo mientras animan al publicor a gritar: “¡Yeah yeah yeah yeah, yeah yeah yeah yeah!”.
Esa es apenas una muestra del universo sublime y grotesco que The Flaming Lips desplegó en Ciudad de México, apenas la segunda parada de su selecta gira mundial de 26 fechas. Fue una fusión caleidoscópica de indie pop, psicodelia y space rock, salpimentada con destellos electrónicos e imágenes diseñadas para la era de TikTok. Su set, compacto pero sustancioso —estratégicamente armado con sus grandes éxitos para no ceder ni un segundo de intensidad—, fue precedido por una atmósfera de ceremonia intergaláctica: sonidos espaciales y luces cegadoras que anunciaron la entrada de Wayne Coyne como el maestro de ceremonias definitivo.
Vistió perfecto con su traje formal oscuro de corte clásico y su incónico cabello alborotado, el músico originario de Oklahoma, Estados Unidos, es mitad profeta psicodélico, mitad científico loco. El show, comenzó con un momento de conexión emocional profunda: It overtakes me, el septimo track de “At War with the Mystics”, undécimo álbum de estudio que la banda lanzó hace 20 años, “It overtakes me, oh / And I’m there / Looking up at the sky”, cantó él.
Yoshimi Battles the Pink Robots, Pt. 1 & 2 fueron el segundo y tercer tema de la noche, transportándo de inmediato a ese sonido de The Flaming Lips que navega entre un cinturón de asteroides y una nebulosa eléctrica. Con ese álbum en 2002, la banda logró un éxito inesperado: una obra de rock moderno que utiliza una fachada de ciencia ficción infantil para diseccionar la pregunta más cruda de la existencia: ¿por qué vivir? La respuesta del mundo fue un puñado de Grammys, la etiqueta de “lo mejor de la década” y colaboraciones con la crema y nata del pop y el rock, desde Miley Cyrus y Tame Impala hasta Nick Cave o The Chemical Brothers. Sin embargo, ellos se mantienen como la eterna banda de culto; tras dar el salto al éxito comercial, regresaron a su hábitat natural —el underground— convocando a un grupo reducido de seguidores para convertir la velada del pasado sábado en una sesión de carácter íntimo.
El escenario del Pabellón Oeste del Palacio de los Deportes —cuya escala resultó un tanto reducida quizá por el cambio de sede— se transformó en un parque de diversiones existencial. Fue un portal psicodélico inundado por ráfagas de luz azul, púrpura y blanca, logrando una amalgama perfecta entre la alegría infantil y la profundidad reflexiva.
A lo largo de la hora y media de concierto, la pantalla de fondo proyectó patrones líquidos vibrantes y las letras de cada tema, sirviendo como lienzo para que Wayne Coyne desplegara su magia: guiando a sus amigos inflables por el escenario, disparando cañones de confeti —que provocó una lluvia de diminutos robots rosas sobre la multitud—o haciendo girar una luz estroboscópica sobre su cabeza durante los densos pasajes instrumentales de Pompeii Am Götterdämmerung.
Entre cambios de vestuario y movimientos tras bambalinas, Wayne Coyne recurrió a la gratitud para mantener el pulso del show; sus constantes “¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!” no eran solo un gesto amable, sino el pegamento emocional que sostenía la expectativa. Así, lo que en otras de sus presentaciones ha sido criticado por generar baches innecesarios, aquí funcionó con la precisión de los pits en una carrera de Fórmula 1: un equipo operando a máxima velocidad para que el vacío entre canciones fuera mínimo, blindando el espectáculo contra esos tiempos muertos donde suele romperse el hechizo.
Si una configuración no convencía al público, Coyne ya tenía otra en camino. Así apareció una botarga de sol para The golden path, la mítica colaboración con The Chemical Brothers que explora el autodescubrimiento y la redención ante la muerte. Wayne interpretó el tema entregándose físicamente a la experiencia; al dejarse abrazar por el sol inflable, la atmósfera estalló en una mezcla de éxtasis, asombro y el deseo absoluto del público por capturar esa magia.
Poco después se ausenta del escenario para regresar abducido por un alienígena; es el preámbulo para True love will find you in the end, el cover de Daniel Johnston que la banda ha incluido en sus directos casi medio centenar de veces desde 2019. Momentos como este dejan claro que son la banda que más riesgo corre al apropiarse de material ajeno. No se limitan a tocar una canción; recrean álbumes enteros bajo su propia estética. Lo hicieron con “The Dark Side of the Moon”, el primer disco de The Stone Roses y, por supuesto, su versión ultra-psicodélica del “Sgt. Pepper´s” de los Beatles (With a Little Help from My Fwends). En sus giras actuales, incluyendo lo que vimos el sábado, canciones como War Pigs (Black Sabbath) se sienten tan propias que para las nuevas generaciones son parte del canon de los Lips. Wayne Coyne tiene la capacidad de inyectar esa melancolía espacial incluso en el heavy metal más crudo.
Sin embargo, no hay tiempo para profundizar en el concepto de cover propuesto por la agrupación de Oklahoma. La banda exprimió el repertorio de álbumes como “Yoshimi Battles the Pink Robots”, “At War with the Mystics”, “The Soft Bulletin” y “Transmissions from the Satellite Heart”, para finalmente deleitar al público mexicano con Every Teardrop Cried, un tema inédito en sus presentaciones. Los asistebntes bailaron, lloraron, muchas personas saltaron. El ápice de la psicodelia de los Lips es su capacidad de ser todo para todos: proporcionar un espectáculo de gratificación sensorial inmediata y, al mismo tiempo, una disección existencial de complejidad infinita. Las mejores comparaciones parecen requerir matices: ¿Son los herederos espirituales de la era delirante de Pink Floyd? ¿No es esta la misma catarsis de Arcade Fire, pero sustituyendo la nostalgia por el delirio del surrealismo? ¿Es este show un concierto de rock o una pieza de teatro físico con la precisión técnica del Cirque du Soleil?
A esas alturas, la audiencia ya había sido embestida por ráfagas de confeti y globos colosales de “Fuck Yeah México”. Interpretaron She Don’t Use Jelly y la infaltable Do You Realize??. The Flaming Lips juegan en su propia liga. Una cosa es componer álbumes sobre robots rosas; otra muy distinta es tomar la muerte y el cáncer para alquimizarlos en una experiencia de surrealismo optimista. ¡Y hacerlo todo desde el interior de una bola de hámster humana!
La banda juega en su propia liga. Una cosa es componer álbumes surrealistas sobre robots rosas y karate; otra muy distinta es tomar la muerte, el cáncer y la pérdida para alquimizarlos en una experiencia de surrealismo optimista. ¡Y hacerlo todo desde el interior de bola de hámster humana!
¿Cuánto oxígeno cabe en una burbuja de plástico de tres metros de diámetro? No pude evitar preguntármelo a mitad de Race for the Prize, pieza que cerró la velada. En esta ocasión Coyne no caminó sobre los asistentes —el escenario se percibió algo estrecho— y los temas sonaron con una cadencia más lenta de lo habitual. Pero la audiencia —claramente menos neurótica que yo respecto al suministro de aire del cantante— tuvo motivos de sobra para estar feliz.
Sus dos obras maestras estuvieron bien representadas y, aunque piezas como Ego Tripping at the Gates of Hell y The W.A.N.D. quedaron fuera, la ejecución fue impecable. La única queja real es que 15 temas parecen poco para saciar una sed de diez años sin verlos en un concierto en solitario. Con todo, resultaría casi ingrato protestar por el setlist cuando un hombre arriesgó su propia reserva de oxígeno con tal de entretenernos.











